Por Rosa María Lechuga
Hay que abrazar el caos que se vive en estos momentos en Francia. La revolución francesa ha dejado una herencia invaluable entre la sociedad francesa. El espíritu de Olympia de Gouges vive entre los adolescentes y jóvenes cursando la preparatoria y la universidad. Como se sabe, desde hace unos días se viven manifestaciones por el desacuerdo entre los estudiantes de nivel bachillerato y el gobierno, por las condiciones de estudio que prevalecen en Francia. A este movimiento, se han sumado varios sindicatos franceses, movimientos sociales como los “gilets jeunes”, el magisterio francés, empleados del sector salud (enfermeras, doctores, internistas), los bomberos que en los pasados incendios reclamaron apoyo ante la precariedad que viven, y los estudiantes de las universidades de alto nivel como Sciences Po, HEC, EHESS, Paris School London, la Sorbonne, la escuela de arte del Louvre y otras instituciones educativas.
Siamo Tutti antifascisti, se escuchan en las manifestaciones. Desde hace días, se han llevado a cabo, marchas a lo largo y ancho de Francia y se dio un especial énfasis al pasado 17 de octubre donde se anticipaba un sábado negro para el país, pero las protestas han seguido y se anuncian más para el 24 y 31 de este mes y el 5 de noviembre. Lo que los medios franceses no quieren exhibir, es el grado de consciencia que la sociedad posee, su capacidad de organización (a pesar de la desestabilización que hay en todos los movimientos), la continuidad y presencia del movimiento “Gilets Jeunes” [que nunca se ha ido], sobre todo, de los más jóvenes que han utilizado las redes sociales para hacer visible sus denuncias.. El alza en los precios de la comida, en la gasolina, en los alquileres, en la degradación de las instituciones educativas, los impuestos del gobierno francés a los pequeños y medianos empresarios, los recortes presupuestales a la educación, a la salud, al transporte, al deporte, a la investigación, al sector agrícola, son tan “solo”, algunos de los factores que han provocado la crisis. La sociedad sufre una catarsis colectiva de hartazgo, de un sentimiento de abandono, de ver que sus impuestos son altos y desiguales, de sentir que su capacidad de compra ya no es lo mismo que hace 5 años, de trabajar para “los ricos y ganar poco”, de tener dificultad para llegar a fin de mes, de sufrir recortes presupuestales, de no contar con las condiciones para trabajar.

Un “déjà vu” para la sociedad francesa que no quiere más reyes con privilegios a costa del trabajo de toda una población que lucha por salir adelante.
Ese es el espíritu revolucionario francés que recuerda “Marianne” en cada manifestación en Place de République, y que se ha extendido a Bélgica, España, Portugal, Alemania pero que inició en julio en la India, el movimiento de jóvenes.
Personalmente, he visto los 2 lados de las manifestaciones: aquellos lugares que han sido saqueados y destruidos por las marchas y los famosos “black blocks” y, los lugares donde la vida continua.
La vida cotidiana sigue y se refleja en la apertura de comercios, personas acudiendo al trabajo, estaciones de metro funcionando, centros comerciales con horarios de apertura normal, salas de cine abiertas, bares y restaurantes ofreciendo sus servicios de manera normal, iglesias, museos y aeropuertos con actividad normal.
Hay que abrazar el caos que se vive en Francia, porque aquellos que se manifiestan tienen el derecho de hacerlo y continuarán haciéndolo hasta que sus demandas sean cumplidas, pero de manera pacífica.
Esa es la sociedad francesa, no van a dejar de exigir a lo que saben que tienen derecho.
Y aquellos que a pesar del caos, siguen trabajando [seguimos], estudiando, viviendo la cotidianeidad, sin dejar de estar atentos a la actualidad del país.
Lo cierto, es que en ambos lados, se vive el mismo espíritu: una injusticia generalizada por el alza de precios, los salarios precarios que no aumentan y las condiciones de la educación (y por lo tanto, de maestros, alumnos e infraestructura).
Sólo basta ver los últimos resultados de PISA y el caso de Francia.