28-05-2026 11:32:22 AM

Aún con miedo

Por Yasmin Flores Hernández

Esta columna es diferente.

No pretende analizar la realidad ajena, sino desnudar la propia; no busca teorizar sobre el mundo, sino conmover los cimientos de nuestra propia existencia.

Y quiero empezar haciéndole una pregunta directa a usted, que en este preciso instante me escucha, me lee y me regala un fragmento de su tiempo en la intimidad de su día:

¿Qué es, verdaderamente, la vida?  

Quizá la vida sea eso que ocurre en automático mientras intentamos con desesperación sostenerlo todo.

Una sucesión vertiginosa de días rápidos, de responsabilidades interminables que se acumulan en los hombros, de silencios densos que nadie nota y de batallas cruentas que casi siempre se libran a puerta cerrada, por dentro, en el absoluto desamparo de la mente.

Tal vez, vivir se ha convertido en el arte de aprender a sonreír aun con el corazón roto y cansado; de aprender a seguir caminando en línea recta incluso cuando las piernas tiemblan, el cuerpo de rodillas pide una pausa y el alma, exhausta, suplica un respiro que nunca llega.

Nos hemos vuelto expertas en caminar con pequeñas grietas invisibles en la estructura, remendando los pedazos sobre la marcha, mientras el mundo exterior sigue creyendo, de manera egoísta, que somos de piedra, que somos completamente irrompibles.  

Porque hay personas en este mundo que jamás tuvieron el lujo de aprender a descansar.

Personas que crecieron con la férrea creencia de que amar era sinónimo de sacrificarse, de anularse, de sostener el peso del mundo, de resolver incendios ajenos y cuidar a los demás a costa de la propia salud.

Y entre todas ellas, existimos mujeres que hicimos de la resistencia nuestra única trinchera y nuestra forma de sobrevivir.  

Nos pasamos la vida entera aprendiendo a resistir.

Y no nos equivoquemos: no es porque elijamos ser fuertes por orgullo o por soberbia, sino porque la vida, con sus golpes silenciosos, sus ausencias y sus exigencias constantes, nos enseñó desde muy temprano que detenerse nunca fue una opción real, que bajarse del tren era dejar que todo se derrumbara.

Somos las que cargamos con el peso invisible de sostener el hogar, la familia, el trabajo, las expectativas, día tras día, como si el universo entero dependiera de nuestra fortaleza inquebrantable.

Levantamos templos enteros aunque por dentro nos sintamos vacías y agotadas hasta el tuétano; seguimos trabajando y sonriendo cuando cada hueso, cada músculo y cada latido del corazón nos ruega un segundo de paz.

Recogemos los escombros y los problemas de otros como si fueran propios, mientras nuestras propias heridas permanecen calladas, sangrando en secreto, guardadas con un cuidado casi quirúrgico en el fondo más oscuro del pecho.  

Nos ven todos los días.

Nos cruzan en la fila del supermercado con el carrito lleno, en la prisa de la oficina, en la puerta del colegio cargando mochilas, en la cocina a medianoche ordenando lo que el día desordenó.

Y ante los ojos de los demás, casi siempre parecemos invencibles.

Sonreímos con esa calidez que ilumina y pacifica la habitación, trabajamos con manos incansables que parecen no conocer el reposo, damos consejos sabios nacidos de las cicatrices de la experiencia, resolvemos lo irresoluble y cuidamos con un amor maternal y feroz que parece no tener fin.

Pero en medio de ese dar constante, desinteresado, casi patológico y generoso, nos vamos desvaneciendo.

Nos vamos olvidando, capa por capa, de nosotras mismas.

Nos convertimos, sin darnos cuenta, en flores marchitas que riegan con esmero todos los jardines ajenos, menos el propio.

¿Por qué lo hacemos?

Porque muchas aprendimos, desde que éramos unas niñas indefensas, a sobrevivir poniéndonos siempre al final de una lista interminable.

Primero están los hijos, con sus necesidades urgentes, sus fiebres nocturnas y sus sueños por cumplir; primero el trabajo, que exige una excelencia implacable y no perdona debilidades; primero la pareja, que busca un refugio y un apoyo incondicional; primero las facturas, las obligaciones sociales, las comidas listas, las emociones y las crisis de todos los que nos rodean.

Y solo cuando la jornada termina y ya no queda casi nada de nosotras un despojo pequeño, cansado, frágil, un hilo de voz, entonces, y solo a veces, volteamos a mirarnos al espejo con una dolorosa mezcla de culpa, extrañeza y nostalgia.

Ya no recordamos quiénes somos detrás de tantos roles.  

Pero el cuerpo, ese fiel y sabio compañero de viaje que no sabe mentir, lleva mucho tiempo intentando hablar.

No grita al principio; es un caballero que susurra con una ternura dolorosa.

Se siente más pesado al despertar, las articulaciones duelen, los ojos arden.

Se vuelve frágil, como una tela fina y amada que ha sido lavada demasiadas veces y empieza a deshilacharse ante la menor tensión.

Y una, terca en su papel de pilar indestructible, aprende a ignorarlo con maestría.

 Lo llamamos “solo estrés”, “un dolor de cabeza por el clima”, “cosas de la edad”, “el cansancio normal de ser mujer y madre”.

Normalizamos el dolor físico y emocional hasta que se vuelve parte del paisaje cotidiano, hasta que el síntoma se vuelve nuestro huésped.  

Hasta que un buen día, de la manera más inesperada, el mundo se detiene en seco.  

El quiebre absoluto no siempre llega con el estruendo de un relámpago ni con un diagnóstico brutal y ruidoso desde el primer segundo.

A veces es solo una sensación extraña que se instala como un nudo frío en el pecho, un miedo silencioso, denso y helado que se sienta a tu lado en la orilla de la bed sin pedir permiso y te roba el aire.

Entonces, la rutina se rompe.

Llegan las citas médicas de urgencia, las salas de espera de paredes blancas e impersonales donde el tiempo ya no avanza, sino que se estira como goma rancia.

Llega ese silencio incómodo, espeso y eterno antes de que el médico suspire y elija sus palabras con cuidado milimétrico.

Y, sobre todo, llegan las miradas de quienes te aman; esos ojos que intentan sostenerte, fingiendo una fortaleza que no tienen, aunque el temblor de sus manos y el brillo de sus lágrimas contenidas los delaten por completo.  

En ese instante supremo, tan crudo y profundamente humano, el alma se parte a la mitad y entiendes una verdad que te quema por dentro: la vida, tu vida, acaba de dividirse en dos mitades exactas e irreconciliables.

Un antes, lleno de prisa, de egoísmo ciego, de soberbia y de certezas absurdas; y un después, repleto de preguntas desgarradoras, de una fragilidad latente y de una nueva, dolorosa y deslumbrante forma de mirar el universo.  

Después de ese impacto en la sala de espera, ya nada se vuelve a mirar igual.

Tu cuerpo deja de ser un simple instrumento esclavo del trabajo y de los demás, y se convierte en un misterio sagrado y vulnerable al que hay que pedirle perdón.

El tiempo deja de ser un recurso infinito que se puede desperdiciar en compromisos vacíos y se vuelve lo que siempre fue: un regalo precioso, escaso, divino y medido.

Las personas que verdaderamente amas adquieren una luz distinta, una urgencia tierna y desgarradora.  

Empiezas a notar, con el corazón abierto, desollado y expuesto, lo que antes la bendita prisa te robaba del día a día: la forma milagrosa en que tu hijo se duerme confiado, respirando despacio en tus brazos; la risa genuina y compartida con un amigo que te quiere de verdad, sin máscaras; la paz bendita de una tarde ordinaria de lluvia en la que no pasa absolutamente nada extraordinario.

Esas cosas pequeñas que antes ignorábamos y que, de pronto, se revelan ante nosotros como inmensas, eternas y sagradas.  

Descubres entonces, con una mezcla de melancolía y claridad absoluta, que vivíamos profundamente engañadas.

Creíamos que el tiempo era nuestro esclavo, que siempre habría un “mañana” listo en el aparador.

Tiempo para descansar de verdad, tiempo para abrazar sin mirar el reloj, tiempo para decir las palabras que queman la garganta.

Tiempo para vivir la vida, y no solo para arrastrarnos sobreviviendo en ella.

Hasta que el miedo a perderlo todo aparece y te obliga, con una mano suave pero implacable, a mirar de frente tu propia finitud, tu propia muerte.  

Porque nadie, absolutamente nadie, prepara a una mujer para tenerle miedo a su propio cuerpo.

De ese mismo cuerpo sagrado que fue templo y dio vida, que ofreció refugio en las tormentas, que abrazó con la fuerza de un huracán, que cocinó sueños y sostuvo los cimientos de familias enteras… y que ahora, de repente, también puede cansarse, también puede enfermar, puede quebrarse y tiene todo el sagrado derecho de gritar por ayuda.

Lo más difícil en este proceso no es el dolor físico, ni las agujas, ni las medicinas; lo verdaderamente devastador es la vulnerabilidad.

Es tener que aceptar que tú, la mujer alfa, la columna del hogar, también puedes romperte en mil pedazos.

Que tú también mereces y necesitas ser cuidada, mimada y sostenida.

Que ser fuerte no significa ser una máquina inmune al miedo, sino tener el coraje de seguir caminando aunque el terror te lleve firmemente de la mano.  

Las mujeres fuertes también se derrumban, claro que sí.

Solo que aprendimos a hacerlo con una discreción casi religiosa, en una soledad sagrada: llorando bajito en la ducha para que el ruido del agua ahogue los sollozos, respirando profundo frente al espejo empañado mientras nos miramos a los ojos, secándonos las lágrimas con rapidez con la toalla y saliendo nuevamente al pasillo con la máscara perfecta de que “aquí no pasa nada”.  

Hay noches especialmente crueles en este desierto, noches eternas en las que el miedo te roba el sueño por completo.

Y no es por el dolor físico del cuerpo, sino por los pensamientos oscuros que llegan como olas negras y gigantescas a la mente desarmada:

¿Qué sería de ellos si un día mi lugar se queda vacío?

¿Quién va a abrazar a mis hijos cuando tengan miedo?

¿Quién va a ocupar este espacio invisible, este engranaje que he sostenido durante tantos años en silencio, casi sin que nadie se diera cuenta de que existía?  

Pero es justo ahí, en la madrugada más densa, donde entiendes que el miedo, aunque desgarre, también es un fuego que transforma.

Te limpia la mirada de la vanidad.

Te vuelve más sensible a la belleza de un amanecer, más humana en tu hermosa e imperfecta condición, más consciente de lo efímero, rápido y precioso que es este parpadeo llamado existencia.

Las discusiones tontas pierden todo su peso, el orgullo se revela como una soberana estupidez, las apariencias se desvanecen como el humo.

Y al final de la tormenta, cuando te quitan todo lo accesorio, solo permanece, flotando claro, brillante e indestructible: el amor.  

Quien escribe estas líneas, conoce bien ese camino empedrado.

Sabe perfectamente lo que es continuar con la rutina diaria, sonreír a los compañeros e ir a trabajar mientras por dentro el alma tiembla como un terremoto de alta intensidad.

Sabe lo que significa entender, quizá un poco más tarde de lo deseado, que la vida es demasiado hermosa y corta para ser vivida con tanta prisa y con tanto silencio guardado en las entrañas.  

Si algo quisiera susurrarle hoy al oído y al corazón de quien me lee y me escucha en este momento, es una súplica:

Abracen más.

Con fuerza, con ganas, de esos abrazos que reacomodan las costillas.

Amen con todo el corazón expuesto y sin guardar los te quiero para una “ocasión especial”, porque estar vivos hoy ya es la mayor ocasión especial.

Sean más gentiles con ustedes mismas, dejen de juzgarse tanto, y sean más compasivas con los que las rodean.

Sean más presentes, dejen el maldito teléfono a un lado.

No se guarden los “te amo”, los “te necesito”, los “gracias” y los “perdóname por favor”.

Digan todo hoy, grítenlo si es necesario, mientras sus palabras aún puedan ser escuchadas por el oído correcto y sus abrazos puedan ser sentidos en la piel.  

No esperen a que un susto en el pecho, una sala de espera fría con olor a hospital o un diagnóstico médico les recuerde lo frágil, volátil y hermosa que es la vida.

No dejen que el miedo a la muerte sea el único maestro que les enseñe a valorar cada amanecer, cada beso en la frente, cada café humeante por la mañana; esos momentos ordinarios que, si miramos bien, son profundamente extraordinarios.

Vivan cada puesta de sol como si el mañana fuera un mito no garantizado… porque, en cruda realidad, nunca lo ha sido.  

Y si algún día la vida, en sus misteriosos designios, decide apagar mi voz antes de tiempo, solo les pido un favor: recuérdenme así.

Como una mujer que, aun temblando de miedo en la oscuridad, aun con el alma cansada, herida y hecha pedazos, jamás dejó de amar.

Jamás dejó de cuidar a los suyos.

Jamás dejó de intentarlo con todo el corazón, de enseñar con el ejemplo y de aprender de sus propios errores.  

Porque esa, y no otra, es la verdadera e invencible fuerza de una mujer: seguir amando aunque el pecho duela.

Seguir viviendo aunque el futuro asuste.

Y tener la valentía de seguir siendo luz y refugio para los demás, incluso cuando sientes que una parte de ti, allá adentro, se está apagando lentamente en el silencio.  

Al final del camino, cuando miremos hacia atrás, la vida no se va a medir por los días que tachamos en el calendario, ni por el dinero en la cuenta, ni por los éxitos profesionales.

Se va a medir, única y exclusivamente, por los momentos que realmente nos cortaron la respiración y nos hicieron sentir vivos.

Por los abrazos que nos salvaron del abismo, por las personas que amamos con locura y por las benditas veces que tuvimos el enorme, sagrado y valiente coraje de vivir con el corazón abierto de par en par… aun sabiendo perfectamente que nos iba a doler hacerlo.

Vivan hoy.

Se los pido de corazón…

A mis tres hijos: el motor de mis días

A ustedes, mis tres grandes amores, quiero pedirles perdón si alguna vez mi prisa les pareció desapego, o si mi obsesión por sostener el mundo me hizo olvidar disfrutarlo con ustedes.

Todo lo que he resistido ha sido por el deseo feroz de ser su escudo, pero hoy entiendo que el mejor regalo que puedo darles no es una madre perfecta e invencible, sino una madre feliz, presente y humana.

Gracias por enseñarme el milagro de la vida a través de sus ojos.

Si algún día mi voz se apaga, miren al cielo y recuerden que cada latido de mi corazón llevó sus nombres impresos.

Los amo más allá de lo que las palabras pueden abarcar; nunca olviden vivir con el corazón abierto.

Al amor de mi vida:

Gracias por sostenerme incluso en mis dias mas difíciles, por ser calma cuando todo dentro de mi parecia romperse y por enseñarme que tambien puedo descansar en alguien.

Contigo aprendi que amar no siempre es salvar, a veces simplemente es quedarse…y tu te has quedado.

Eres mi lugar seguro, mi paz y una de las cosas más bonitas que me ha dado la vida.

Te amo.

A mi querido auditorio: mi eco y mi motor

A cada uno de ustedes, que semana a semana me sintonizan, me leen, me escuchan y me abren las puertas de sus hogares, de sus autos y de sus vidas: gracias.

Gracias por el regalo más valioso y escaso que un ser humano puede entregarle a otro: su tiempo y su atención.

Detrás de este micrófono y de estas letras hay un corazón que vibra, pero es gracias a sus oídos y a su fidelidad que mis palabras cobran vida y se convierten en un eco con sentido.

En este viaje tan efímero que es la existencia, saber que camino acompañada por ustedes es un honor inmenso.

Gracias por escuchar mis alegrías, por abrazar mis batallas silenciosas y por ser el motor que me impulsa a seguir levantando la voz.

Nunca olviden que existo porque ustedes me escuchan; gracias por estar al otro lado de la línea, hoy y siempre.

A mis amigos: la familia que elegí

A mis amigos, esos cómplices del camino que la vida me regaló para hacer el viaje más ligero.

Gracias por los abrazos a tiempo, por las risas terapéuticas y por estar ahí, al pie del cañón, sin juzgar mis ausencias ni mis silencios.

En este abrir y cerrar de ojos que es la existencia, su amistad ha sido el bálsamo que ha curado mis heridas más secretas.

Gracias por recordarme quién soy cuando yo misma me olvidaba.

A mis alumnos: mis eternos maestros

A ustedes, que llenan mis días de juventud, de preguntas y de futuro.

Ser su guía ha sido uno de los honores más grandes de mi vida.

Pero hoy no quiero darles una lección académica; hoy quiero heredarles una lección de vida: no corran tanto.

No se desgasten intentando cumplir con las expectativas de un mundo que nunca se sacia.

Estudien, crezcan, devórense el mundo, pero jamás se olviden de respirar, de abrazar a quienes aman y de valorar el presente.

Gracias por mantener encendida mi propia chispa y por enseñarme algo nuevo en cada sesión.

Los veo pronto…

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