08-07-2026 07:16:11 PM

El Mundial que nos devolvió la esperanza

Por Yasmin Flores Hernández

 

“Hay derrotas que duelen. Pero hay derrotas que también siembran esperanza. Y la del pasado domingo, aunque lastima, pertenece a la segunda categoría.”

 

A usted que me escucha y me lee déjeme decirle lo siguiente:

 

México perdió un partido de futbol.

 

El marcador dirá que Inglaterra fue mejor por un gol.

 

Las estadísticas hablarán de posesión, disparos, cambios tácticos y oportunidades desaprovechadas.

 

Los analistas debatirán durante días si el planteamiento fue el correcto, si hubo errores defensivos o si el resultado pudo haber sido distinto.

 

Todo eso forma parte del futbol.

 

Pero, por primera vez en muchos años, creo que el marcador no cuenta toda la historia.

 

Porque esta Selección nos dejó algo que no aparece en ninguna hoja de estadísticas.

 

Nos devolvió la ilusión.

 

Y eso, para un país que durante tanto tiempo se acostumbró a desconfiar de su propio equipo, vale muchísimo más de lo que cualquiera podría imaginar.

 

No hace tanto tiempo, hablar de la Selección Mexicana era hablar de frustración.

 

Cada convocatoria generaba polémica, cada torneo comenzaba acompañado de dudas, cada derrota parecía confirmar que seguíamos atrapados en el mismo lugar de siempre.

 

Nos acostumbramos a escuchar que “jugamos como nunca y perdimos como siempre”.

 

Dejamos de emocionarnos.

 

Dejamos de creer.

 

El futbol dejó de unirnos como antes y comenzó a dividirnos entre quienes todavía conservaban la esperanza y quienes ya habían renunciado a ella.

 

La camiseta seguía siendo la misma.

 

El escudo también.

 

Pero algo se había perdido en el camino.

 

La conexión entre el equipo y la afición.

 

Y recuperar esa conexión era, quizá, el reto más complicado de todos.

 

Porque reconstruir un vestidor puede tomar algunos meses.

 

Reconstruir la confianza de millones de personas toma mucho más tiempo.

 

Cuando Javier Aguirre asumió nuevamente la dirección técnica, muchos pensaron que su experiencia serviría únicamente para estabilizar el barco.

 

Pocos imaginaban que terminaría devolviéndole una identidad a una selección que llevaba demasiado tiempo buscando quién era.

 

Aguirre nunca prometió milagros.

 

No habló de ser campeones del mundo.

 

No vendió humo.

 

Hizo algo mucho más difícil.

 

Consiguió que sus jugadores entendieran que representar a México implicaba competir sin complejos.

 

Volvimos a ver un equipo que corría hasta el último minuto.

 

Que no se rendía cuando el marcador era adverso, que discutía cada balón como si fuera el último, que jugaba con carácter.

 

Y eso cambió por completo la manera en que millones de mexicanos volvimos a mirar a nuestra Selección.

 

La derrota de hoy frente a Inglaterra duele, claro que duele.

 

Nadie entra a una cancha para perder, pero también deja una sensación distinta.

 

No vimos a un equipo resignado, no vimos a un grupo que bajara los brazos.

 

Vimos a futbolistas convencidos de que podían competir contra una de las mejores selecciones del mundo.

 

Y esa diferencia es enorme.

 

Porque el respeto se gana cuando el rival entiende que enfrente tiene un equipo capaz de exigirle hasta el último minuto.

 

Durante muchos años aceptamos que ciertos partidos parecían perdidos antes de comenzar.

 

Hoy esa sensación desapareció.

 

México ya no salió a sobrevivir.

 

Salió a jugar.

 

Salió a competir.

 

Y eso habla del trabajo silencioso que se construyó durante meses.

 

A veces olvidamos que los grandes proyectos deportivos no nacen de la noche a la mañana.

 

Se construyen en entrenamientos donde no hay cámaras.

 

En conversaciones privadas, en decisiones impopulares, en jugadores que aceptan un rol distinto por el bien del equipo, en entrenadores que privilegian el grupo por encima de los nombres.

 

Eso fue, precisamente, lo que consiguió Javier Aguirre.

 

No armó un equipo de estrellas, sino una selección.

 

Y quizá ahí estuvo la mayor diferencia con procesos anteriores.

 

Porque el futbol moderno ya no se gana únicamente con talento.

 

Se gana con identidad, con disciplina, con convencimiento, con la certeza de que cada jugador entiende exactamente cuál es su papel dentro de la cancha.

 

Hoy México perdió un partido.

 

Pero también ganó algo mucho más importante.

 

Volvió a despertar conversaciones que hacía tiempo no existían.

 

Volvimos a reunirnos frente al televisor con nervios.

 

Volvimos a discutir alineaciones.

 

Volvimos a celebrar un gol abrazándonos.

 

Volvimos a creer que era posible competir.

 

Y cuando un equipo consigue devolverle esa emoción a su gente, ya comenzó a construir algo que trasciende cualquier marcador.

 

Porque el futbol tiene una enorme capacidad para reflejar el estado de ánimo de un país.

 

Hay selecciones que representan resignación.

 

Otras representan rebeldía, algunas representan talento y Las selecciones nacionales siempre terminan siendo recordadas por una generación.

 

No por un uniforme.

 

No por una táctica.

 

Mucho menos por un resultado aislado.

 

Las recordamos por las personas que las hicieron diferentes.

 

México ha tenido generaciones extraordinarias.

 

La de Hugo Sánchez nos enseñó que un mexicano podía conquistar Europa.

 

La de Jorge Campos cambió la forma de entender la personalidad dentro de una cancha.

 

Después llegaron Rafa Márquez, Cuauhtémoc Blanco, Pavel Pardo, Jared Borgetti, Claudio Suárez y tantos otros futbolistas que escribieron capítulos inolvidables en la historia de nuestra selección.

 

Cada generación dejó algo.

 

Pero también cargó con una enorme frustración, siempre parecía faltar ese último paso.

 

Ese partido que cambiara definitivamente la historia.

 

Por eso esta selección tenía una responsabilidad enorme.

 

No solamente debía competir.

 

Tenía que reconciliarse con una afición que había aprendido a protegerse de la decepción.

 

Y lo consiguió.

 

Uno de los grandes símbolos de este Mundial fue, sin duda, Raúl Jiménez.

 

Pocas historias en el futbol moderno representan mejor la resiliencia que la suya.

 

Hubo un momento en que el mundo entero temió por su vida.

 

Aquella fractura de cráneo no sólo puso en riesgo su carrera; puso en duda si volvería a jugar al máximo nivel.

 

Muchos pensaron que jamás volvería a ser el mismo. Él decidió demostrar lo contrario.

 

Regresó.

 

Volvió a competir, volvió a marcar goles.

 

Y, sobre todo, volvió a convertirse en el líder silencioso de una selección que necesitaba experiencia en los momentos más difíciles.

 

Cada gol suyo en este Mundial tuvo un significado especial.

 

No fue únicamente el festejo de un delantero. Fue la confirmación de que la perseverancia también puede ganar partidos.

 

Julián Quiñones merece un capítulo aparte.

 

Durante mucho tiempo fue uno de los futbolistas más cuestionados del país, hubo quienes nunca aceptaron su naturalización.

 

Quienes pensaban que no debía vestir la camiseta nacional, quienes dudaban de su compromiso.

 

Él eligió responder donde mejor saben hacerlo los grandes jugadores.

 

En la cancha, con esfuerzo, con sacrificio y por supuesto con goles.

 

Terminó demostrando que el sentido de pertenencia no siempre depende del lugar donde uno nace, sino del orgullo con el que representa un escudo.

 

También apareció el liderazgo de Edson Álvarez.

 

El capitán que entendió que portar el gafete significa mucho más que encabezar la fotografía antes del partido.

 

Fue el equilibrio del equipo; la voz cuando había que ordenar, a serenidad cuando el encuentro exigía cabeza fría.

 

Y el carácter cuando el rival pretendía imponer condiciones.

 

Santiago Giménez también dejó señales importantes.

 

Aunque los goles no siempre llegaron con la frecuencia que él mismo hubiera deseado, mostró algo indispensable para cualquier delantero de élite: jamás dejó de pelear una sola pelota.

 

Porque los equipos también se construyen con futbolistas que entienden que el esfuerzo colectivo vale tanto como el brillo individual.

 

Sin embargo, si hubo un nombre que cambió por completo la conversación alrededor del futbol mexicano, ése fue Gilberto Mora.

 

Con apenas diecisiete años cargó sobre sus hombros una responsabilidad que habría intimidado a cualquier futbolista experimentado.

 

Y nunca pareció sentir el peso del escenario.

 

Pidió la pelota y encaró.

 

Se equivocó, como se equivoca cualquier joven que intenta cosas distintas.

 

Pero jamás se escondió.

 

Eso fue lo verdaderamente extraordinario.

 

En una época donde muchos jugadores prefieren no arriesgar para evitar la crítica, Gilberto Mora decidió jugar con valentía.

 

Con personalidad.

 

Con esa mezcla de inconsciencia y talento que sólo tienen quienes todavía no conocen el miedo.

 

Mientras millones de mexicanos observábamos aquel partido, quizá no todos fuimos conscientes de lo que estaba ocurriendo.

 

No solamente veíamos a un muchacho debutando en el escenario más importante del futbol mundial. Veíamos el nacimiento de una nueva esperanza.

 

Porque las grandes generaciones comienzan exactamente así.

 

Cuando un joven deja de pedir permiso para convertirse en protagonista.

 

Gilberto Mora representa mucho más que una promesa.

 

Representa el mensaje de que el futbol mexicano sigue produciendo talento capaz de competir al máximo nivel.

 

Y eso cambia por completo la conversación.

 

Durante años discutimos qué nos hacía falta.

 

Hoy, por primera vez en mucho tiempo, comenzamos a preguntarnos hasta dónde puede llegar esta generación.

 

Ésa, quizá, sea la victoria más importante que dejó este Mundial.

 

La derrota frente a Inglaterra dolerá unos días.

 

La ilusión que sembraron estos futbolistas puede durar muchos años, muy pocas logran representar esperanza.

 

Tengo la impresión de que ésta pertenece a ese último grupo, no porque haya ganado todos sus partidos, sino porque consiguió algo mucho más difícil.

 

Volver a ilusionar a millones de mexicanos que, durante demasiado tiempo, habían dejado de creer.

 

El futbol tiene una extraña manera de parecerse a la vida, hay veces en las que el resultado no alcanza para explicar lo que realmente ocurrió.

 

Porque no todas las derrotas significan un fracaso y no todas las victorias representan un verdadero éxito.

 

La de hoy fue una derrota, de eso no hay duda.

 

México se quedó a las puertas de seguir avanzando y el sueño mundialista terminó antes de lo que todos hubiéramos querido.

 

Pero sería profundamente injusto reducir este Mundial a un marcador.

 

Si algo dejó esta Selección fue una certeza: el futbol mexicano todavía tiene futuro.

 

Durante años nos acostumbramos a escuchar que nuestro futbol estaba estancado.

 

Que no había relevo generacional, que los jóvenes no aparecían, que los futbolistas mexicanos llegaban tarde a Europa, que la Selección había perdido identidad.

 

Este Mundial comenzó a desmontar muchas de esas ideas.

 

No porque todos los problemas hayan desaparecido, sería ingenuo afirmarlo.

 

Todavía hay mucho por corregir.

 

Hace falta seguir formando jugadores, hace falta apostar más por los jóvenes, hace falta fortalecer las fuerzas básicas, hace falta que más futbolistas compitan en las mejores ligas del mundo.

 

Y también hace falta que nuestros clubes entiendan que el desarrollo del talento nacional no puede quedar en segundo plano.

 

Pero, por primera vez en mucho tiempo, la conversación dejó de centrarse únicamente en lo que nos falta.

 

Empezó a hablar de lo que ya tenemos.

Tenemos liderazgo, tenemos carácter, tenemos una generación que perdió el miedo a competir. Y tenemos jóvenes que entienden que ponerse la camiseta de México no representa una carga, sino un privilegio.

 

Mucho de eso tiene nombre y apellido.

Javier Aguirre.

 

Hay entrenadores que son recordados por los títulos, otros por las estadísticas y algunos por la huella que dejan.

 

Creo que Javier Aguirre pertenece a este último grupo.

 

Recibió una Selección rodeada de dudas, cuestionamientos y escepticismo.

 

Había una fractura evidente entre el equipo y la afición.

 

Muchos veían los partidos por costumbre, pero pocos lo hacían con verdadera ilusión.

 

Eso fue lo primero que cambió.

 

No prometió ser campeón del mundo, no vendió discursos grandilocuentes, no buscó convertirse en protagonista.

 

Se dedicó a trabajar. A construir un grupo, a convencer a sus futbolistas de que podían competir de igual a igual contra cualquier rival.

 

Y cuando un entrenador consigue que un equipo vuelva a creer en sí mismo, ya ganó una batalla que no aparece en las estadísticas.

 

Porque los proyectos deportivos verdaderamente importantes no se construyen únicamente alrededor de un torneo.

 

Se construyen alrededor de una idea.

 

Y Javier Aguirre deja una idea muy clara: México puede competir cuando privilegia el colectivo por encima de los nombres, cuando apuesta por el trabajo antes que por la improvisación y cuando entiende que el escudo pesa más que cualquier individualidad.

 

Ahora llegará un nuevo capítulo.

 

Rafa Márquez tomará la estafeta.

 

Y no podría existir una figura más representativa para darle continuidad a este proyecto.

 

Pocos futbolistas conocen tan bien lo que significa defender la camiseta nacional.

 

Cinco Copas del Mundo como jugador no sólo le dieron experiencia; le dieron autoridad.

 

Vivió los momentos de gloria, también las frustraciones.

 

Conoce la presión que implica representar a millones de mexicanos y ahora tendrá el desafío de trasladar todo ese aprendizaje al banquillo.

 

No recibirá una selección destruida, recibirá algo mucho más valioso, recibirá una base.

 

Un grupo que ya entendió cómo competir.

 

Un vestidor que recuperó la confianza.

 

Y una generación de jóvenes que demostró que el futuro ya empezó.

 

Entre ellos, un nombre seguirá ocupando nuestra conversación durante muchos años: Gilberto Mora.

 

Porque los grandes futbolistas no sólo aparecen por su talento.

 

También aparecen por el momento en el que llegan.

 

Y Gilberto apareció cuando México más necesitaba volver a creer que el relevo generacional era posible.

 

Quizá dentro de algunos años recordemos este Mundial no por la eliminación frente a Inglaterra, sino porque fue el torneo en el que vimos por primera vez a una generación que estaba lista para asumir el protagonismo.

 

Las Copas del Mundo terminan.

 

Los marcadores cambian, las estadísticas se olvidan.

 

Pero los proyectos permanecen.

 

Y eso es justamente lo que hoy deja esta Selección. Un proyecto, una identidad, un camino.

 

A usted que me escucha y me lee, le confieso algo.

 

Hoy me dolió la derrota y eso que no soy fan del futbol.

 

Como seguramente les dolió a millones de mexicanos.

 

Pero al mismo tiempo terminé el partido con una sensación que hacía muchos años no experimentaba.

 

Esperanza.

 

La esperanza de volver a mirar un Mundial sin resignación.

 

La esperanza de saber que hay jóvenes preparados para tomar la estafeta, la esperanza de que el trabajo serio termina dando resultados. Y la esperanza de que, algún día, ese último paso que tanto se nos ha negado finalmente llegue.

 

Porque las grandes historias del deporte no comienzan levantando una copa.

 

Comienzan cuando alguien se atreve a construir un proyecto capaz de cambiar la mentalidad de todo un país.

 

Javier Aguirre cierra un ciclo dejando mucho más que partidos ganados o perdidos.

 

Deja una Selección que volvió a sentirse cercana.

 

Que volvió a emocionar. Que volvió a hacer que millones de mexicanos nos reuniéramos frente a un televisor para creer que era posible.

 

Ahora será Rafa Márquez quien tenga la responsabilidad de continuar ese camino.

 

No parte de cero.

 

Parte de una base sólida, de un grupo comprometido y de una afición que volvió a ilusionarse.

 

Y eso, en el futbol, vale tanto como cualquier trofeo.

 

Porque los Mundiales duran apenas unas semanas. La ilusión de un país puede durar toda una generación…

 

Gracias a esos once que defendieron nuestra camiseta con orgullo.

 

Hoy el marcador quedó del lado de Inglaterra, pero el corazón de millones de mexicanos volvió a latir con su Selección.

 

Y eso también es una victoria.

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