07-05-2026 10:58:17 AM

Laberinto del Poder: once y la fractura del Estado

Por Yasmin Flores Hernández

 

En la política mexicana, las casualidades no existen.

 

Existen los tiempos, los silencios y, sobre todo, las señales que nadie quiere interpretar en voz alta.

 

Lo que ocurre en México en este 2026 no es una crisis más.

 

No es un escándalo que se consumirá en el ciclo mediático de unos días.

 

Es una grieta, una fisura que empieza a recorrer una estructura de poder que durante años operó con una certeza peligrosa: que nunca sería tocada.

 

Hoy, esa certeza está bajo presión.

 

El tablero se mueve con violencia contenida, desde las sierras de Sinaloa hasta los despachos de Chihuahua, desde oficinas estatales hasta tribunales federales en Nueva York.

 

Pero esto no es una historia lineal.

 

No hay un inicio claro ni un final visible.

 

Esto es un laberinto: un sistema donde el crimen organizado, el poder político y la presión internacional ya no se enfrentan como bloques opuestos, sino que, en ciertos puntos, parecen tocarse, cruzarse e incluso coexistir.

 

Y cuando eso ocurre, la pregunta deja de ser quién es culpable.

 

La interrogante se vuelve más incómoda:

¿quién está realmente en control?

 

El detonante: cuando el problema deja de ser mexicano.

 

Para entender por qué este momento es distinto, hay que salir de México.

La presión no nace aquí; nace en Estados Unidos.

 

El detonante tiene nombre: fentanilo.

 

La crisis de opioides en ese país ha escalado a niveles históricos y se ha convertido en un tema electoral, económico y de seguridad nacional.

 

Miles de muertes anuales han transformado el tráfico de esta sustancia en una prioridad absoluta para Washington.

 

Antes, la estrategia era perseguir cargamentos, capturar capos y desmantelar células.

 

Hoy, el enfoque es seguir la estructura completa: no sólo quién vende o transporta, sino quién permite que todo eso ocurra.

 

Y ahí es donde México entra en el centro del tablero.

 

Porque si el flujo de drogas no se detiene, la pregunta lógica para Estados Unidos ya no es sólo quién trafica, sino quién protege.

 

Los once y las acusaciones

 

Las acusaciones que emergen desde el Distrito Sur de Nueva York no apuntan a una figura aislada, sino a una red, a una estructura, a una posible cadena de responsabilidades.

 

Entre los nombres señalados están:

Rubén Rocha Moya, Juan de Dios Gámez Mendívil, Enrique Inzunza Cázarez, Enrique Díaz Vega, Dámaso Castro Zaavedra, Marco Antonio Almanza Avilés, Alberto Jorge Contreras Núñez, Gerardo Mérida Sánchez, José Antonio Dionisio Hipólito y Juan Valenzuela Millán.

 

No son nombres al azar.

 

Son posiciones y niveles dentro de un aparato estatal que abarca desde la operación territorial hasta la toma de decisiones políticas.

 

Si estas acusaciones se sostuvieran en tribunales, no estaríamos hablando de corrupción aislada, sino de un sistema donde las decisiones de gobierno y las rutas del narcotráfico pudieron haber compartido el mismo mapa.

 

Las acusaciones incluyen conspiración para el tráfico internacional de narcóticos, protección institucional a redes criminales, recepción de sobornos millonarios, uso de estructuras de gobierno para facilitar operaciones ilícitas y presunta intervención en procesos políticos mediante presión o intimidación.

 

Esto no describe errores administrativos; describe, en el peor escenario, una posible integración entre poder político y operación criminal.

 

Estos casos suelen construirse con testimonios de testigos protegidos, interceptaciones, rastreo financiero y declaraciones de operadores criminales.

 

El detalle completo no siempre es público, lo que genera una tensión natural: México exige pruebas completas mientras Estados Unidos avanza con sus procesos.

 

Entre ambos, el vacío.

 

Reacciones y riesgos

 

Las reacciones políticas no tardaron.

Rubén Rocha Moya solicitó licencia y Juan de Dios Gámez Mendívil siguió el mismo camino.

 

En el discurso oficial es un acto de responsabilidad; en la lectura política, es una estrategia de contención para aislar el daño antes de que se expanda.

 

Hay algo más peligroso que una acusación: la posibilidad de que alguien hable.

 

Néstor Isidro Pérez Salas  alias el Nini, representa ese riesgo.

 

Como pieza clave dentro de la estructura de seguridad de “Los Chapitos”, su extradición lo coloca en una posición estratégica en el sistema judicial estadounidense.

 

Aunque no ha declarado públicamente contra funcionarios, el hecho de que pueda hacerlo genera una sombra profunda sobre conexiones, rutas, nombres y protección.

 

Hasta ahora no hay confirmación pública de que “Los Chapitos” hayan declarado directamente contra funcionarios específicos, ni evidencia pública completa de los expedientes, ni sentencias.

 

Pero las acusaciones existen, los movimientos políticos ocurrieron y la presión internacional es real.

 

La ironía política resulta imposible de ignorar: fue el propio gobierno de Andrés Manuel López Obrador quien extraditó a Néstor Isidro Pérez Salas, “El Nini”, exjefe de seguridad de Los Chapitos, así como a Ovidio Guzmán, hacia Estados Unidos para enfrentar cargos por narcotráfico, tráfico de fentanilo, armas y crimen organizado.

 

Hoy, esos mismos personajes que durante años formaron parte de las estructuras criminales más poderosas del país podrían convertirse en piezas clave dentro de investigaciones que potencialmente comprometan a actores políticos, operadores y figuras vinculadas al poder en México, incluidos perfiles cercanos a Morena.

 

La paradoja es contundente: las extradiciones ejecutadas por la administración obradorista podrían terminar aportando elementos probatorios que incomoden, exhiban o incluso pongan en jaque a sectores del mismo sistema político que permitió, toleró o minimizó durante años la expansión del crimen organizado.

 

Así, lo que alguna vez fue presentado como una acción de cooperación internacional y combate al narco, podría transformarse en una fuente de presión judicial y política con consecuencias impredecibles para el oficialismo.

 

Qué ironía: las decisiones del propio régimen podrían abrir la puerta a testimonios capaces de fracturar sus propias narrativas.

 

Esto coloca al país entre la presunción de inocencia y la sospecha estructural.

 

El precedente y el impacto

 

El caso de Genaro García Luna sigue siendo el punto de referencia.

 

Antes de su condena todo era especulación; después, todo cambió.

 

Demostró que la infiltración del crimen en el poder no era una teoría, sino una realidad comprobada.

 

Desde entonces, cualquier acusación similar dejó de ser imposible.

 

Esto no es solo un caso judicial.

 

Es una prueba política.

 

Para el partido en el poder, representa un desafío directo a su narrativa central de lucha contra la corrupción.

 

Para el gobierno federal, implica un equilibrio delicado: defender soberanía, mantener la relación con Estados Unidos y contener el daño interno.

 

Para el sistema político en general, es un recordatorio incómodo: las estructuras pueden resistir, pero no son invulnerables.

 

El verdadero problema.

 

Si estas acusaciones no se sostienen, el costo será diplomático.

 

Pero si se sostienen, el costo será histórico.

 

Porque entonces la pregunta cambiaría por completo: ya no sería si el crimen infiltró al Estado, sino si el Estado aprendió a convivir con él.

 

Esto no es el final.

 

Es el inicio.

 

Un punto donde convergen la presión internacional, la política interna y el crimen organizado en un mismo espacio.

 

México enfrenta una prueba real, no de discurso ni de narrativa, sino de estructura.

 

Porque mientras no exista claridad, mientras no haya respuestas firmes, el laberinto seguirá creciendo.

 

Y dentro de él, el poder no desaparece.

Se adapta, se mueve, se esconde y, a veces, sobrevive.

 

En este punto, el problema ya no es si el crimen se infiltró en el Estado.

 

El problema es si el Estado encontró la forma de coexistir con él sin romperse.

 

Y si eso es cierto, entonces el laberinto no tiene salida.

 

Sólo tiene niveles más profundos.

 

Y en alguno de ellos, inevitablemente, está la verdad.

 

 

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