Por Jesús Manuel Hernández
El anuncio de Jorge Romero sobre el uso de encuestas para elegir candidato en Acción Nacional, no ha caído del todo bien a la militancia activa, menos a la parte ciudadana, simpatizante con esas siglas.
Y es que muchos recuerdan cómo los métodos de las “encuestas” no han sido precisamente transparentes. Por ejemplo, el caso hace años de Morena cuando por encuesta eligió al aspirante a gobernador de Puebla, competían Miguel Barbosa y Enrique Cárdenas Sánchez.
La encuesta fue dirigida para favorecer a Barbosa y en consecuencia vino el rompimiento con Cárdenas que fue llamado a colaborar por AMLO, a manera de compensar la trampa practicada.
Muchas historias pueden contarse sobre el método de encuestar para sacar la mejor opción. Siempre existe una constante sobre las fallas, las manipulaciones en las preguntas, la segmentación de los encuestados, etcétera.
A Morena le ha resultado contradictorio el método y no siempre deja satisfechos a los militantes cuando se descubre que la elección de candidatos fue resultado de las negociaciones de los grupos de poder al interior del partido.
Un buen ejemplo se está viviendo en la capital de Puebla donde los grupos de poder van alineando sus apuestas y con ellas los nombres de sus protegidos.
Hay una constante entre la militancia morenista de la capital que busca privilegiar la llegada de un militante auténtico del movimiento y no alguien que no los represente.
Evidentemente el tema es derivado del desempeño de Pepe Chedraui a quien muchos no ven como un militante auténtico sino como el resultado de una buena negociación de los grupos de poder al interior de Morena en el ánimo de impedir la reelección de la derecha poblana. “Uno como ellos” fue la premisa para coincidir en que él sería el candidato ideal. Y lo fue, ganó, pero a un costo muy alto en el escenario del desempeño de sus funciones.
Hay informaciones sobre el riesgo que se corre en el caso de que Morena opte por reelegir a Pepe Chedraui. Muestras de ello son las “balconeadas” a otros personajes de la vida política de la capital a quienes se les va “sembrando” en varios escenarios y con diferentes métodos a fin de calentar el ambiente y tener salidas convenientes de acuerdo a las condiciones principales que van cobrando fuerza.
El candidato debe ganar, debe representar a la 4T poblana, debe estar identificado con el movimiento originario y no ser calificado como “arribista”; además otras condiciones radican en el asunto de género, la tendencia es “que sea mujer”.
Es así como la figura de Alejandro Carvajal Hidalgo viene tomando fuerza al margen de los grupos en el poder actual. Muchos lo ven como el candidato más congruente con las tesis de la 4T.
Pero si el escenario demanda a una mujer, reaparece la figura de Claudia Rivera Vivanco, quien ya no tendría la presión de Miguel Barbosa, solo le faltaría contar con el voto moral del primer morenista de la entidad.
Y en ambos casos sería necesaria más que la encuesta la capacidad negociadora con las tribus, con los grupos de poder internos, de Puebla y de la capital del país.
En este escenario, también estaría la oferta de la oposición. ¿Qué panista puede ganarle a Pepe Chedraui, a Alejandro Carvajal o a Claudia Rivera?
En evidencia queda que el grupo en el poder busca posicionar a Laura Artemisa y otros personajes más, pero no acaban de despegar y hay escepticismo sobre si el tiempo restante les alcanzaría para lograr al menos el empate técnico.
Y es que entre los panistas cada vez es más sostenida la versión de que Blanca Alcalá podría encabezar una planilla mixta, mezcla de tricolores y blanquiazules con miras a darle a la “sociedad poblana” la posibilidad de recuperar el Palacio Municipal y lo que ello significa.
Para el gobernador es un asunto de vital importancia, no perder la capital y para ello solo basta recordar lo que le pasó a Manuel Bartlett cuando Germán Sierra no pudo ganarle a Gabriel Hinojosa, se desmoronó el grupo de poder gobernante y emergió el grupo local para colocar a Melquíades Morales Flores. Valdría la pena recordar la experiencia.
O por lo menos, así me lo parece.

