08-03-2021 03:06:18 AM

Elba Esther y la transición poblana

Por Valentín Varillas

Hoy que regresaron los fantasmas del pasado al ambiente político poblano, resultan simbólicos algunos detalles de la forma en la cual se llegaron a “acuerdos” entre Mario Marín y Rafael Moreno Valle.

La famosa transición poblana.

Y en esa coyuntura, Elba Esther Gordillo resultó fundamental.

Por lo menos durante un espacio determinado de tiempo.

Su intervención directa fue solicitada tanto por el ahijado político, como por el propio gobernador priista.

Ambos quisieron una audiencia con ella.

Los dos recibieron la venia de ser recibidos.

Nunca juntos, claro está.

El escenario de las reuniones fue la residencia de Elba Esther en San Diego, California.

El primero en acudir, Rafael Moreno Valle; el ganador de la elección, el gobernador electo, el consentido, el consentido verdugo del marinismo.

El encuentro tuvo lugar diez días después del triunfo de la alianza opositora, poco antes de que el entonces gobernador electo saliera de vacaciones.

El ambiente que reinaba era de camaradería absoluta y cariño incondicional.

Ahí, Rafael compartió inquietudes y planteó escenarios que potencialmente pudieran complicar su arribo a lo más alto del poder político local.

Elba Esther, eterna sobreviviente de vaivenes políticos y beneficiara absoluta de la transición política que se vivió en el país en el año 2000, además de aconsejar a su pupilo, ayudo en la definición de perfiles, de quiénes ocuparían las posiciones que le serían entregadas como pago de facturas por la exitosa operación electoral que realizó a favor de Rafael.

Uno de los temas centrales del encuentro tuvo que ver con la pertinencia de llevar a cabo o no la tan cacareada cacería de brujas en contra del gobernador Marín y sus principales colaboradores.

¿Romper o conciliar?

El fantasma de Vicente Fox y su estrategia de pactar con el priismo, en lugar de optar por el tan anhelado ajuste de cuentas, rondó la reunión.

¿Conclusiones?

El apoyo incondicional de Elba Esther a Rafael, acompañado de la promesa de poner a su servicio toda su capacidad de operación e interlocución con actores importantes de la vida política y empresarial

La otra cara de la moneda se vivió cinco días después, cuando le tocó el turno a Mario Marín.

En un ambiente de franca rispidez, el gobernador solicitó formalmente la intermediación de Elba Esther para lograr acuerdos concretos con el que sería su sucesor.

Acuerdos que, sobra decirlo, serían de beneficio común.

“La maestra” sería, bajo esta lógica, una especie de testigo de calidad que garantizaría el cumplimiento escrupuloso de los mismos.

Marín quería un pacto de no agresión con alcances posteriores a la toma de protesta de Moreno Valle como gobernador.

Impunidad absoluta.

Al parecer, Elba Esther habría obtenido a cambio la promesa de Marín de no ponerle trabas de ningún tipo al próximo gobernador y así facilitar el inicio del sexenio “panista”.

Y así fue.

Aquel congreso, controlado absolutamente por el gobernador, hizo todo lo que Rafael le ordenó.

Inclusive, cuestiones que afectaban políticamente al PRI como la redistritación poblana y las reformas a la ley electoral local que -en teoría- sentarían las bases del maximato morenovallista.

Todo lo anterior resulta hoy anecdótico, ante los radicales cambios que se han dado en la política y la vida pública, en Puebla y el país, en los años siguientes.

Pero se trata de un reflejo fiel del reacomodo de grupos y la redefinición y reagrupamiento de las élites del poder.

Moreno Valle hoy está muerto, Marín en la cárcel y Elba Esther, después de haber sobrevivido el sexenio de Peña, tiene otra vez partido político y va con todo por el control del SNTE, sindicato del que por décadas fue su auténtica ama y señora.

¿Quién lo hubiera imaginado?

Sí, otra vez, la realidad superó a la más bizarra de las ficciones.

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