29-10-2020 02:33:34 PM

La prueba de fuego que viene

Por Valentín Varillas

 

Urgente en lo económico, deseable en lo psicológico, pero sumamente peligroso en lo sanitario, el regreso a la “nueva normalidad” es un hecho para Puebla.

No podía postergarse más el reinicio de las actividades productivas.

Como fuera.

Aquel punto ideal, en donde románticamente convergían el menor daño posible a empresas, negocios, comercios y demás, con una tendencia sostenida a la baja en el número de contagiados y fallecidos, acabó siendo una quimera.

De plano no fue posible controlar ambos aspectos de manera simultánea.

Alguno tenía que acabar imponiéndose y ya de antemano se adelantaba que sería la economía.

Y el pronóstico se cumplió.

Normal si tomamos en cuenta la complicada realidad que se vive en el país.

Con la abrumadora mayoría de mexicanos viviendo al día, muchos de ellos dedicados a la economía informal, apenas con lo suficiente para sus más elementales necesidades.

Con micro, pequeñas y medianas empresas imposibilitadas para acceder a créditos bancarios y con profesionistas independientes sosteniendo sus proyectos con recursos propios.

Con un sector comercio condenado a subsistir de la venta diaria, compitiendo por clientes en condiciones muy desfavorables ante el embate del ambulantaje.

Por eso, la vuelta a esta acotada cotidianidad, tiene que darse en un contexto complicado, con los indicadores al tope y con una población ya con preocupaciones mucho más grandes que contagiarse.

La apertura será gradual, pero irreversible.

Volver al cierre definitivo de la industria, el comercio y demás sectores, sería la sentencia de muerte para quienes, a pesar de todo, sobrevivieron a la pandemia.

Por eso, nuevamente el balón está en la cancha de los ciudadanos.

El que no se disparen contagios y muertes, evitando el colapso del sistema hospitalario poblano, va a depender de nosotros.

Y el antecedente no es muy halagüeño.

Puebla se caracterizó por el pésimo comportamiento social durante los primeros meses de la crisis sanitaria.

Altísimos niveles de movilidad social se registraron constantemente, cuando la recomendación de los gobiernos era confinarse.

Cientos de miles prefirieron sus actividades sociales, antes del cuidado de la salud.

De la propia y de la de terceros.

Una irresponsabilidad que raya en lo criminal, ante el alto potencial infeccioso del virus.

Por eso, el panorama no luce nada bien.

Si con mucho más limitaciones fuimos omisos, ahora que existen más libertades, el riesgo de un comportamiento similar, o peor, es mucho mayor.

En el mundo ideal, la experiencia vivida hasta ahora tendría que habernos vuelto mucho más conscientes, mucho más responsables.

Como párvulos desconcertados esperamos, pedimos, exigimos, que todo lo resuelva el gobierno, cuando somos nosotros como sociedad los únicos capaces de superar esto.

Llegó el momento de crecer, de alcanzar la mayoría de edad.

Millones de vidas dependen de ello.

Si no es ahora ¿cuándo?

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