14-08-2020 08:16:34 AM

Desastre y reparto de culpas

Por Valentín Varillas

 

No, esto no empezó bien, nada bien.

De entrada, desde el discurso oficial.

En nada ayudó a crear la conciencia necesaria para asimilar en su justa dimensión la pandemia, la obsesión por minimizar la realidad que inminentemente viviríamos como país.

Otros ya la estaban experimentando en carne propia.

El espejo era doloroso pero había que verse en él, para diseñar, desde lo público y lo privado, estrategias efectivas para la prevención y el combate.

No, no era una “crisis pasajera”, mucho menos nos venía “como anillo al dedo”.

A lo largo y ancho del planeta, líderes mundiales calificaban la pandemia como el peor reto de sus gobiernos y el más demandante para sus naciones, en las últimas siete décadas.

Mientras, aquí, se hacía una abierta invitación a salir a la calle, a ir a lugares públicos, a abrazarse.

Íbamos a derrotar al coronavirus con frases huecas y ambiguas como “fuerza moral”, la “riqueza cultural” y el “espíritu del pueblo”.

Todas ellas muy buenas para sembrar y diseminar la semilla del nacionalismo y los valores patrios, pero muy poco efectivas para el análisis, diagnóstico y combate de una emergencia sanitaria.

Nuestros líderes políticos se rehusaron a poner el ejemplo, cuando todavía se podía avanzar mucho en términos de prevención.

Giras masivas por territorio nacional, convocando a miles de asistentes sin la menor prevención.

La negativa sistemática a predicar con el ejemplo, la importancia del uso del cubrebocas, extrañamente vilipendiado y minimizado como medida de prevención de contagios masivos.

Esto relajó la conducta social de la mayoría, sobre todo en zonas urbanas de alta densidad de población.

Sin dejar a un lado la enorme responsabilidad que como sociedad existe al momento de explicar el desastre actual, otro hubiera sido el comportamiento si, desde el principio, el presidente más votado y legítimo de la historia, por lo mismo, el de mayor influencia, se hubiera dedicado más a concientizar que a polarizar.

Y además, por si todo esto fuera poco, la negativa del gobierno federal a comprar y aplicar el mayor número de pruebas de diagnóstico posibles.

México es uno de los países que menos pruebas lleva a cabo por número de habitantes, lo que vuelve imposible tener un panorama real del número de infectados y muertos, fundamental para la toma de decisiones y la determinación de políticas públicas.

No, palos de ciego, únicamente.

Si las cifras oficiales, las reconocidas públicamente, espantan, imagine la dimensión que deben de tener los casos reales, los auténticos.

En entrevistas a medios extranjeros, Hugo López Gatell ha reconocido que los muertos en México, los auténticos pueden ser tres veces más que los que señalan las cifras.

Por eso se entiende ahora la cancelación del semáforo epidemiológico.

Y es que, mientras operó, estuvo alimentado de quimeras, no de números siquiera cercanos a la realidad.

Esa realidad que los ha superado; que nos ha superado a todos.

Es entendible que ahora, como se lo adelanté hace algunos meses, se intente repartir el costo político y moral de la pandemia.

Gobernadores y presidentes municipales serán exhibidos en la plaza pública, cuando muchos de ellos se negaron a seguir los lineamientos del gobierno federal y , a contracorriente, lejos de relajarse, endurecieron las medidas de confinamiento dilatando lo más posible el regreso a la mal llamada “nueva normalidad”.

No todos pueden ser evaluados  y medidos con la misma vara.

La pesadilla parece larga todavía y aquel peor escenario que nadie quería, ese que generaba auténtico terror, se nos reveló con toda crudeza y nos estrelló en la cara: ni bajaron los contagios, ni existen menos muertos y de paso, aniquilaron la economía nacional.

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