14-11-2019 11:27:22 AM

El repliegue del “general” Cortázar

Por Valentín Varillas

 

A las pocas horas del mortal accidente que terminó con la vida de Martha Érika Alonso y Rafael Moreno Valle, Max Cortázar, personaje cercanísimo a ambos, se erigió como el estratega para operar el control de daños que su grupo político iba a llevar a cabo para paliar semejante crisis.

A la par, fungiría también como factor que garantizaría la unidad entre “morenovallistas”, “galistas” y otros personajes sin pertenencia de grupo, que tenían un enorme apetito político y que en ese momento se movían por la libre.

La ausencia física de algunos miembros del círculo cercano del ex gobernador y el estado de auténtico shock en el que se encontraban otros de ellos, lo puso en la palestra.

De entrada y de la mano de lo más íntimo de los deudos, definió y operó la logística del sepelio, el cual estuvo plagado de mensajes de tipo político.

El encendido discurso de Luis Bank, por ejemplo.

Aquel en donde suponía entre líneas que había existido un complot para terminar con la vida de los dos políticos poblanos, en el contexto del enfrentamiento que en ese entonces había con el gobierno federal, por el controvertido fallo del Tribunal Electoral Federal en torno al caso Puebla.

No gustó nada, en lo más alto del poder político nacional, aquella petición de “justicia”,  que reforzaba implícitamente la teoría del atentado, en un momento en donde ni siquiera iniciaban formalmente las investigaciones sobre las causas del accidente.

Tampoco fue bien visto el trato que se le dio a la Secretaria de Gobernación federal, Olga Sánchez Cordero, quien montó guardia frente a las urnas de los fallecidos, entre gritos de “asesinos” proferidos por un selecto grupo de los asistentes.

La mano de Cortázar, supuestamente se vería en el proceso de cabildeo para elegir al gobernador interino.

Iba a ser, en el papel, uno de los principales operadores para defender los intereses políticos de quienes eran sus jefes y amigos.

Treinta días duraría el encargado de despacho, Jesús Rodríguez Almeida, tiempo suficiente para mover los hilos de las grandes ligas de la política –a las que supuestamente tenía acceso Cortázar- y poder alargar su período al frente del ejecutivo estatal seis meses más.

No pasó nada.

No hizo nada.

Su inexplicable ausencia en el momento de las definiciones, acabó por dejar en la orfandad a sus representantes en el congreso estatal.

El día de la votación, nadie supo de él.

Decidió aislarse, incomunicarse, en el día más importante para garantizar la existencia del morenovallismo como grupo político en la entidad.

Sin línea y con presiones políticas, que llegaban desde todos los frentes, los legisladores afines a Rafael y Martha Erika, rindieron la plaza.

Juran que, ante el abandono, no tuvieron de otra.

Acostumbrados a operar en la lógica de la rígida línea que invariablemente les llegaba, nunca tuvieron claro qué hacer.

Y entonces …¿Qué pasó con Max?

¿Se bajó o lo bajaron del tema?

¿O no será, más bien, que de plano no pudo con la encomienda y se bajó del barco antes de que se hundiera?

Hasta la fecha, hay muchos que se lo reclaman.

Este escenario no es para nada descabellado, es más, puede ser el más probable.

Hay que recordar que, a pesar del apoyo incondicional y los cientos de millones con los que contó, no pudo volver ni siquiera medianamente competitivo a Rafael Moreno Valle al interior del PAN, en su búsqueda por la candidatura presidencial.

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