¿Y la lista poblana?

Por Valentín Varillas

 

Como presidente electo, Andrés Manuel López Obrador confeccionó una lista de perfiles, a través de los cuales podía llevar a cabo un ajuste de cuentas con quienes cometieron actos de corrupción en el anterior sexenio.

El primer borrador del documento, llegó a incluir hasta cincuenta nombres de quienes cumplían con los requisitos básicos para ser exhibidos en la plaza pública como ejemplo de lo que ya no tiene cabida en los nuevos tiempos que llegarían con el gobierno del cambio.

Ahí, figuraban auténticos prototipos del mal gobierno y la malversación descarada de recursos públicos para el enriquecimiento personal.

Videgaray, Robles, Ruiz Esparza, Nuño y Lozoya, aparecían en los primeros lugares.

Las auténticas joyas de la corona.

Más abajo, figuraban personajes de medio pelo que se vieron involucrados en la corrupción oficial, al seguir al pie de la letra las órdenes que en su momento les fueron giradas por sus superiores.

Magníficos chivos expiatorios en caso de ser necesario.

Para proceder de manera concreta en contra de ellos, peces gordos o no, había que empatar lo deseable con lo posible y medir con precisión de cirujano el pulso diario de la opinión pública y publicada.

Nunca se sabe cuándo va a ser necesario echar a andar distractores, que sirvan para desviar la atención social de temas polémicos que le resten bonos a la popularidad e imagen oficiales.

Y bajo esa lógica se ha procedido.

 

El caso Rosario Robles es una prueba clara de que el tema iba en serio.

Como parece que va en serio también, un proceso similar en el caso de Puebla.

Existe una lista de perfiles que ocuparon cargos importantes en las dos administraciones panistas, de sus operadores y testaferros, que muy pronto podrían enfrentar a la justicia.

Algunos casos son de tal gravedad, que serán tratados con especial interés en el ámbito del gobierno federal.

Muy, muy arriba.

La contundencia de las pruebas es tal, que algunas acciones fácilmente pueden ser cuadradas como conductas delictivas que competen a ese nivel de gobierno.

Otros, por su propia naturaleza, se operarán en instancias locales.

También aquí, será necesario empatar lo deseable con lo posible, con una ventaja para el gobierno estatal: en muchos de estos actos de corrupción, los responsables fueron por demás descuidados.

Dejaron huellas indelebles.

Tal vez con la confianza de que permanecerían como grupo político hegemónico, por los siglos de los siglos, dejaron cadáveres por todos lados.

No se prepararon para un escenario diferente y ahora tendrán que pagar las consecuencias.

Mucho morbo se ha desatado en torno a quiénes serán exhibidos en la plaza pública poblana como ejemplo de lo aberrante y corrupto de la política y el servicio público.

Algunos de los nombres se han manejado ya en círculos políticos y sociales con mucha certeza y precisión.

Otros, en cambio, serán una auténtica sorpresa.

El reto, en estos tiempos, es que la cruzada en contra de la corrupción oficial sea real y no -como ha sido históricamente en Puebla- una burda puesta en escena para ocultar aquellos tradicionales e inconfesables pactos de impunidad.

De ese tamaño.

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