Apetitos políticos, en presente y en futuro

Por Valentín Varillas

 

“No busco una carrera política”- asegura contundente en su más reciente spot de campaña, el candidato a la gubernatura por la alianza PAN- PRD- MC, Enrique Cárdenas.

De esta manera, infiere implícitamente que, de ganar la extraordinaria de junio próximo, no utilizará el cargo para aspirar a otra posición en el servicio público en cualquier nivel de gobierno o poder del Estado mexicano.

La frase también pretende vender que, si obtiene la gubernatura del estado, ésta no será manejada bajo la lógica del cálculo político, es decir, cuidando que sea heredada a alguno de los consentidos de su grupo más cercano.

Al no haber tal, en teoría se trata de una potencial “aventura” de seis años, sin la menor oportunidad para el continuismo, ni el nacimiento de una nueva corriente hegemónica que pretenda eternizarse en lo más alto del poder público poblano.

El candidato, de esta forma, elimina apetitos políticos a futuro, situación que a todas luces contrasta con la obsesión mostrada por Cárdenas en las coyunturas de este y el año pasado por convertirse en gobernador del estado.

El académico se acercó mucho a Morena en el período de análisis de perfiles para seleccionar al candidato.

Ahí están las fotos con los principales liderazgos del partido y con otros aspirantes al mismo cargo.

Inclusive, llegó a realizar pequeñas giras organizadas por algunos operadores, para medir la respuesta de los votantes potenciales ante su presencia, imagen y proyecto.

Luego llegó la encuesta y los resultados que no le favorecieron.

También la oferta de sumar, integrarse al trabajo político del Movimiento en Puebla a través de alguna candidatura, esperando mejores tiempos para volver a competir por la jefatura del ejecutivo estatal, la cual rechazó de manera rotunda.

Firme en su cometido de ser gobernador a como diera lugar, exploró la vía independiente.

Vivió en carne propia la frustración de ver cómo Puebla, es uno de los estados del país que con más dureza impiden la participación de candidatos ciudadanos a cargos de elección popular, favoreciendo así que el monopolio de la competencia política siga en manos de los partidos.

La imposibilidad de cumplir con los requerimientos de ley, lo hizo endurecer su discurso en contra del sistema político nacional.

Lo criticó todo y a todos.

Principalmente a aquellas “mafias” con logos y colores, que lo habían –injustamente, de acuerdo con su muy personal óptica- despojado de su legítimo derecho de participar en una contienda electoral y culminar con éxito un proyecto de vida.

Y es que, en ese momento, parecía que a Cárdenas se le iba la vida en la nominación.

Sus dichos y hechos así lo demostraban.

Hasta al presidente López Obrador lo salpicó con demoledoras críticas.

Sí, el mismo que meses antes había visto con buenos ojos su acercamiento con Morena y su participación en el proceso interno de selección del candidato poblano.

Para Cárdenas, ya no había regreso: era todo, o nada.

Y al final, fue la nada la que marcó el destino de su novel estreno político.

Hasta aquel 24 de diciembre, que todo lo cambió en la vida pública local.

Ante la falta de astucia en la operación política, aquel morenovallismo que dependía única y exclusivamente de la voluntad y el talento de un solo hombre, se rindió abruptamente, retirándose de facto de la contienda extraordinaria.

Así, Enrique Cárdenas sucumbió ante un nuevo canto de sirenas, esta vez, entonado por aquellos mafiosos indeseables líderes partidistas que únicamente utilizaban a sus institutos políticos como medios para conseguir inconfesables fines, políticos y económicos.

Sí, el apetito personal muy por encima de la elemental congruencia.

¿Cómo saber que no será nuevamente así?

¿Cómo creer en el discurso, cuando ya ha sido pisoteado anteriormente?

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