El rencoroso “barbosismo” de Armenta

Por Valentín Varillas

 

La animadversión que Alejandro Armenta siente por Miguel Barbosa no es nueva.

Se fraguó desde el génesis de la primera campaña, la del 2018, cuando el ex –priista imaginó que su llegada a Morena y la “aprobación” de López Obrador a su cambio de partido, significaban automáticamente un aval a su candidatura al gobierno estatal.

Los golpes y las patadas por debajo de la mesa, fomentados por Armenta y su secuaces, arreciaron en pleno momento de definiciones, cuando se daba por descontado que Barbosa ganaría la encuesta mediante la cual se elegiría al abanderado poblano.

El escenario se enrarecía en una coyuntura en donde la unidad de Morena era fundamental para enfrentar a un morenovallismo que en ese tiempo gozaba de cabal salud política.

Las señales llegaron de donde tenían que llegar, condenando a una inevitable muerte los apetitos imperiales del marinista.

Sabiéndose perdido, fue entonces cuando jugó su última carta, la de infiltrarse en el círculo más cercano del candidato y desde esa posición de privilegio, intentar no solo dinamitar la candidatura, sino hacerse de beneficios políticos y económicos con la medida.

En este contexto, Armenta hizo una petición muy seria, concreta y específica ya que no había sido el beneficiado con la candidatura: que fuera nombrado coordinador de la campaña de Barbosa.

Así como lo lee.

El marinista intentó llevar mano en el diseño y operación de la estrategia de obtención de votos y en el manejo de los recursos en el 2018.

El eje central de su autopromoción se basó en vender que ya tenía experiencia en derrotar al ex gobernador Moreno Valle en un proceso electoral.

Que su victoria en la federal del 2015 había sido “titánica”, ya que pudo vencer a Mario Rincón, uno de los consentidos de aquel grupo en el poder, quien además tenia a su favor los beneficios que supone la ayuda oficial –política y económica- a su campaña.

En la óptica de Armenta, el éxito obtenido en el microcosmos de su distrito podía replicarse a nivel estatal, si en Morena eran lo suficientemente inteligentes como para nombrarlo a él como cabeza de este esfuerzo.

Lo que nunca le dijo Armenta a quienes en ese tiempo eran sus nuevos aliados políticos, es que si bien su desempeño como candidato puede considerarse como bueno, su actuar como coordinador de campañas fue un absoluto desastre.

Ahí está el paupérrimo número de votos que obtuvo en el 2016 Blanca Alcalá, cuya campaña fue responsabilidad del todavía integrante de Morena.

Con él al frente, la priista no solo perdió la elección, sino que el nivel del voto tricolor en Puebla pasó de más de 883 mil sufragios en el 2010, a menos de 597 mil en el 2016.

Una auténtica catástrofe.

Casi 300 mil votos menos en un período de seis años, en donde la lógica más elemental supondría que, en el peor escenario, el partido hubiera sido capaz de mantener al menos en niveles similares su capital electoral.

No fue así.

Los yerros operativos y estratégicos, además de los dislates protagónicos de Armenta fueron la constante y explican en buena parte el desastre priista.

Un ridículo monumental que, hasta la fecha, en la vida interna del tricolor se sigue poniendo como ejemplo de lo que NO se debe de hacer en política si se pretende ganar un proceso electoral.

Con estos antecedentes, Armenta intentó coordinar la campaña de Barbosa y hacerse de un muy atractivo premio de consolación.

De paso, prometió también que así y solo así, dejaría de ser el factor principal de división en un partido que estaba urgido de unidad, elemento fundamental para enfrentar a un morenovallismo que en ese tiempo gozaba de cabal salud política.

No pasó ni lo uno, ni lo otro.

Armenta no fue el coordinador de la primera campaña de Morena a la gubernatura de Puebla y hasta la fecha, sigue golpeando desde adentro y con todo a Miguel Barbosa.

En política como en otros aspectos de la vida, no cabe duda que origen es destino.

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