07-12-2019 11:03:07 AM

Los riesgos del poder absoluto

Por Valentín Varillas

 

Qué razón tiene aquella máxima de Lord Acton, que asegura que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente.

Pero también, el poder absoluto vuelve descuidado al que lo ejerce.

Mario Marín por ejemplo.

Prácticamente sin contrapesos, sin enemigos poderosos a la vista, jamás se le ocurrió pedirle a su equipo de seguridad que verificaran que la línea desde la que le estaba llamando Kamel Nacif fuera segura, o bien proponer otra vía de comunicación -de las muchas que tienen los gobernadores- para tocar un tema tan delicado como el de la periodista Lydia Cacho.

La publicación de las conversaciones entre estos personajes, fulminó cualquier futuro político que pudiera tener Marín Torres y de paso, modificó el escenario poblano para siempre.

La “estrategia” de control de daños echada a andar por los asesores del entonces mandatario estatal fue improvisada, de bote pronto, estuvo llena de errores y contradicciones, lo que generó su hundimiento irremediable y de paso, el de su grupo político.

Con la soberbia que da la ausencia de contrapesos, jamás pensaron estar en una situación como esa.

Algo parecido le pasó a Rafael Moreno Valle con el caso Chalchihuapan.

El ansia por encubrir a los asesinos del niño Tehuatlie Tamayo y la capacidad para manipular a su antojo a todas las instituciones estatales y medios de comunicación, se convirtieron en una combinación letal que generó la peor crisis de su administración.

Mintieron una y otra vez, hasta darle forma a una versión oficial de los hechos que terminó siendo una broma de pésimo gusto.

Una mentada de madre a la inteligencia más elemental.

Otro ejemplo de un sonado fracaso en términos de operación de estrategias de contención cuando se atraviesan tiempos difíciles, gracias a la enorme soberbia en el ejercicio de gobierno.

Nunca, Moreno Valle y sus operadores pudieron quitarse la etiqueta de autoritarios, abusivos y represores.

Chalchihuapan no modificó el escenario político local, pero no hay duda que se convirtió en un factor de peso específico real, para que no cuajara aquel proyecto presidencial que tanto obsesionaba a Rafael.

Sin embargo, el descuido máximo en la historia de la política poblana fue el hecho de que Martha Érika Alonso y Rafael Moreno Valle viajaran en la misma aeronave aquel 24 de diciembre de 2018.

El que dos personajes fundamentales en la conformación de una organización, grupo político, empresa o gobierno no compartan el mismo medio de transporte es considerado como un protocolo básico de seguridad que se aplica en todo el mundo.

De haberse cumplido, el accidente –fortuito o provocado- no hubiera aniquilado a un grupo político que ejerció hegemonía total por casi una década y no hubiera virado el derrotero de Puebla -otra vez- de manera radical.

Por cierto, la confianza en la permanencia eterna en la cima del poder, con la consecuente seguridad de protección del que va a llegar, hizo que el morenovallismo también se volviera descuidado en la aplicación de procedimientos considerados como elementales en el ejercicio de gobierno y la administración pública.

Y es que ahora, en varias dependencias estatales, aparecen a la menor provocación “cadáveres” y “pecados” cometidos por quienes en su momento ocuparon cargos importantes en el organigrama del gobierno estatal.

Seguramente habrá consecuencias: políticas y legales.

Y es que, si bien puede no haber un ánimo revanchista en quienes ahora ejercen el poder, la omisión es -de acuerdo al estado de derecho vigente- simple y llanamente un delito.

Sirvan estos ejemplos al presidente López Obrador, quien goza de un poder no visto desde aquellos oscuros tiempos del régimen de partido único y que no ha mostrado ser tolerante con quienes, por la misma definición de su cargo, deben de actuar como una contención efectiva para evitar potenciales abusos.

 

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