Conciliar Puebla

Por Valentín Varillas

 

 

“Conciliación”, fue el término más socorrido antes, durante y después del proceso legislativo en donde fue nombrado como gobernador interino a Guillermo Pacheco Pulido.

Es evidente que eso es precisamente lo que el estado necesita.

Un proceso serio, bien pensado, de cicatrización de heridas y de acercamientos efectivos entre posiciones que en la última década han permanecido en los extremos del espectro político, social, económico, empresarial y hasta periodístico.

También resulta lógico pensar que el perfil de Pacheco Pulido es el ideal para que, por lo menos previo a la realización del proceso electoral extraordinario, se tenga la experiencia y capacidad de generar las condiciones de tranquilidad y paz social óptimas para llevar a cabo la elección.

Hasta ahí, muy bien.

Sin embargo, en lo que a política se refiere, el verbo conciliar tiene muchas y muy convenencieras acepciones.

Sugiere de entrada la consecución de acuerdos a través del sacrifico y la conquista de determinadas posiciones.

Intereses y reivindicaciones hay de lo más diverso.

No nos debemos espantar, se trata de la esencia misma de la actividad política.

Lo interesante de todo esto será ir viendo, con el paso del tiempo, cuáles son las motivaciones reales de estos pactos, algunas veces inconfesables.

¿Por qué y para qué se celebran?

Si realmente se va a privilegiar el bien del estado, bienvenidos.

Si se lo van a repartir políticamente como si se tratara de un complicado tablero de ajedrez, entonces, otra vez, se estaría ensayando una gran puesta en escena que ataja la forma y no el fondo de la problemática local.

A través del crisol y la óptica de estas dos posibilidades, debe analizarse la contundencia y el sentido de la votación legislativa con la que se ungió a Pacheco.

¿Realmente nuestros representantes populares han alcanzado, en tiempo récord, la estatura política necesaria, el nivel de estadistas como para sacrificar apetitos personales en aras del bien común?

Imposible.

No, tomando en cuenta sus posturas, señalamientos y declaraciones hechas apenas hace unos días.

Lo terso del proceso, inserto por cierto en una lógica y una dinámica de acuerdos nacionales al más alto nivel, sugieren que hubo temas de interés específico para cada uno de los involucrados que al final pudieron llegar a ser planchados.

Por eso, adelantar ganadores absolutos o decretar certificados de defunción anticipados, a quienes aparentemente pierden con el nombramiento, me parece sumamente arriesgado y poco realista.

Esta historia, la que decantará el futuro político de Puebla para los próximos años, apenas empieza a escribirse y quedan cientos de páginas por llenar.

De entrada, lo que sí se vale, es que haya muerto por fin la polarización, la filosofía del “estás conmigo o estás contra mí” como política de gobierno.

Esa que enfrentó a los poblanos, los dividió y los fracturó, aparentemente de manera irreversible.

Nadie, de ninguna ideología, color o partido, puede jamás volver a ensayar siquiera algo similar.

En las nuevas condiciones que rigen el juego democrático local, hacerlo sería un auténtico suicidio.

A ver si aprendieron la lección.

 

 

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