Unidad y gobernabilidad

Por Valentín Varillas

 

 

Pertinente y políticamente correcto, parece el discurso que ha ensayado hasta el momento la gobernadora electa de Puebla, Martha Érika Alonso, en aras de sumar y conseguir la unidad de los poblanos para abonar a la resolución de los problemas prioritarios que enfrentamos como estado.

Lograrlo, sin embargo, supondrá para su grupo político un cambio radical en usos y costumbres.

Muchos de los que la acompañarán en el ejercicio de gobierno, se formaron en el servicio público en la administración de Rafael Moreno Valle: el sexenio que polarizó y dividió a los poblanos.

Bajo la lógica de “estás conmigo o estás contra mí”, Rafael no tuvo empacho en aplastar el disenso, perseguir a la oposición y criminalizar a quienes públicamente se manifestaban en contra de políticas públicas que afectaban directamente su patrimonio o bien sus derechos humanos.

Así, se fracturaron irremediablemente sectores sociales fundamentales para el desarrollo y el buen caminar de la vida pública poblana.

Las mismas instituciones gubernamentales fueron utilizadas facciosamente bajo ese esquema y sirvieron como herramientas jurídicas para ajustar cuentas a quienes, de manera unilateral, se les etiquetó de “enemigos del régimen”.

Tal vez, en esos tiempos, se podían excesos como estos.

Moreno Valle llegaba a la gubernatura poblana después de un triunfo inobjetable en contra de Mario Marín, quien en el 2010 era sin duda el villano favorito de la política nacional.

Rafael significaba en ese entonces el supuesto y tan anhelado cambio que Puebla estaba buscando.

Además, su contundente victoria en las urnas, había traído como consecuencia que sus incondicionales gobernaran los municipios más importantes del estado y fueran también una mayoría aplastante en el congreso local.

Pudo, a través del manejo de comprometedores expedientes, echar a andar un proceso inédito de sustitución de jueces y magistrados, que le permitió, en tiempo récord, hacerse del control absoluto del poder judicial estatal.

A través de la cooptación o la amenaza, desactivó a sus “opositores” enquistados en partidos políticos distintos al suyo y logró convertirlos en operadores propios, o bien en infiltrados que le suministraban información.

Fue fundamental también, el apoyo incondicional que obtuvo de dos personajes de enorme peso en la vida política nacional: Elba Esther Gordillo y el presidente Felipe Calderón.

Hoy, la realidad es completa y radicalmente distinta.

La elección tuvo que ser resuelta en tribunales, el congreso estatal tiene mayoría opositora, los alcaldes de los municipios más importantes del estado están en manos de Morena y por si fuera poco, el presidente de mayor votación y legitimidad, desde que los comicios se volvieron creíbles en México, considera que la elección poblana fue “fraudulenta”.

Peor imposible.

Así pues, en ese complejo contexto, nuevas formas tendrán que ser ensayadas desde lo más alto del poder político, en aras de no generar fracturas y divisiones adicionales a las ya existentes.

Va la gobernabilidad del estado de por medio.

Celebro el hecho de que Martha Érika así lo haya entendido, desde el principio.

Ojalá también lo entiendan quienes desde el encono y el enfrentamiento, ya tuvieron la oportunidad de servir a Puebla y hoy vuelven a la vida pública en circunstancias totalmente diferentes.

A ver si están a la altura de los nuevos tiempos.

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