
Nos engañaron –y nosotros compramos a ciegas la idea- de que la humildad es hermana inseparable de la pobreza, del sufrimiento, del sometimiento, y bajo esa condición es el camino directo para ascender a los cielos.
Asumir aquella postura nos dejó inermes ante la idea de la superioridad de unos sobre otros por inercias históricas inmodificables, o por designio, o por origen racial, y nos alejó de nuestra verdadera dimensión interna y social.
Presentar a la humildad de la forma anterior no sólo sirvió como un auxiliar en la conducción de generaciones, sino al parecer ocultó su poder liberador de los halagos, de los autoengaños, la trampa más difícil que nos pone la autocomplacencia en la poca valoración, la soberbia o la corrupción
En medio de una entrevista previa a la final de Roland Garros, realizada por Juan José Mateos para El País, al tenista Novak Djokovic, se lanza una pregunta en el ámbito deportivo que eclosiona en el humanismo:
“¿Qué superhéroe querría ser para ganar la final?”
La pregunta de Mateos echa mano de un elemento de la cultura popular, los superhéroes y sus superpoderes, originaria del siglo XX, para meterse en la mente de un hombre que no sólo es atleta de alto rendimiento, sino de un sobreviviente a los sangrientos pasajes que desgarraron a la extinta Yugoslavia.
La respuesta no tiene pierde alguno e ilustra un acercamiento muy occidental:
“Me gustan los superpoderes, pero creo que el superpoder más grande que un ser humano puede tener es el de la humildad. Yo elegiría ser un superhéroe que ame a todo el mundo, con la capacidad de no tener miedo y de compartir su energía positiva con todo el planeta”.
Djokovic equipara a la humildad con un superpoder, por cierto, un superpoder que no se adquiere como el resto de habilidades y cualidades que caracterizan a los personajes de las historietas. A diferencia de las ilustraciones, la humildad no se apropia por motivos raciales, de experimentación genética, por aditamentos tecnológicos, ni por objetos o mutaciones.
La comparación de Djokovic no es por la forma como las personas se apropian de la humildad, porque los superpoderes son, según la cultura popular, habilidades excepcionales que ningún humano posee como son la teleportación, vuelo, fuerza descomunal, etc., a diferencia, la humildad es maestra en sí misma, que se aprende poniéndola en práctica, viviéndola.
No es inalcanzable la humildad por los humanos, pero es a veces tan escasa en sociedades como la nuestra, cimentada en el egoísmo, que pareciera algo inalcanzable y único.
Por otra parte, la humildad sin ser en sí una cualidad de acción, sí es condición necesaria para ejercer el poder que deriva del pensamiento lúcido, de la serenidad, de la búsqueda de la verdad y la sabiduría. En eso radica su poder liberador.
Como se puede ver, la humildad no es una cuestión de renunciamiento, porque renunciar implica propiedad, y en realidad de lo que se alejan las personas humildes es sólo de aquello que la soberbia y arrogancia les han hecho creer que es suyo o que eso son ellos.
Podremos estar de acuerdo o no con la comparación de Novak Djokovic, pero atraer un tema como la humildad, a un terreno tan distinto como son los superhéroes y sus superpoderes, nos permite por lo menos atisbar que sí es posible encontrar puentes de comunicación entre lo añejo de nuestras búsquedas existenciales y algunas de las temáticas de los más jóvenes ¿no le parece?