19-11-2019 05:15:58 PM

El ajuste de cuentas que viene

Por Valentín Varillas

 

No, no se vaya a confundir: la reconciliación que ofrece Miguel Barbosa como uno de los ejes centrales en el ejercicio de su gobierno no sugiere, ni de cerca, complicidad con aberraciones y delitos cometidos por quienes lo antecedieron en la gubernatura de Puebla.

De entrada, el candidato ganador de la contienda del domingo ha hecho pública su promesa de dar a conocer en los próximos días la realidad que vive el estado en materia de finanzas públicas.

Por fin se van a conocer los detalles de los famosos fideicomisos y de los Proyectos de Participación Social que operaron en el sexenio de Moreno Valle.

Y es que, en aquella administración, se ensayó una alquimia presupuestal que endeudó al estado a niveles históricos, siempre afirmando en el discurso que todo lo hecho en un sexenio fue “sin pedir un solo peso prestado”.

Qué bueno que se llegue a fondo en este tema, es un gran primer paso, pero no es suficiente.

Va a ser necesaria mucha voluntad y compromiso para abrir la auténtica Caja de Pandora.

Tela, hay de sobra de dónde cortar.

Hay elementos que deben de conocerse para explicar por qué Puebla fue, durante el morenovallismo, un ejemplo del más absurdo surrealismo nacional.

 

Un microcosmos que se regía bajo leyes particulares y una lógica muy específica que, siempre, invariablemente, acabó jugando a favor de los intereses de quienes ocuparon cargos importantes en la política, el servicio público y el mundo empresarial.

Una especie de macabra isla de lo bizarro y lo grotesco en donde los “raros”, los indeseables, fuimos los que nunca entendimos esta torcida naturaleza de las cosas.

A los que no nos cuadró jamás que la obra pública poblana costara 10 veces más que en el resto del país, sin un beneficio adicional tangible.

Que señalamos los proyectos faraónicos que colapsan con la primera lluvia de temporada y  las ciclovías de lujo mal planeadas que no fomentan el uso masivo de este medio de transporte, como alternativa al tráfico y a la contaminación vehicular.

En donde el agua es privada y se vende como un artículo de lujo, mientras en el resto del mundo es un derecho humano de acceso universal.

Aquí, lo común era desafiar las leyes de la física para encubrir a los asesinos de un niño indígena y garantizarles impunidad por los siglos de los siglos.

De paso, mentir y manipular para criminalizar a la víctima, utilizando facciosamente las instituciones públicas e inventar una versión oficial de los hechos, basada en cabezas de marranos.

Esas instituciones que sirvieron únicamente para darle salida a rencillas y odios personales, para ajustar cuentas con los que, desde distintas trincheras, se atrevieron a disentir y no como un medio para procurar y administrar justicia.

En aquella Puebla mágica, el concepto de seguridad tenía que entenderse a través de la infiltración de criminales en el servicio público y la política, viendo como natural esta perversa colusión que hizo crecer exponencialmente toda clase de delitos y que generó negocios personales con réditos que alcanzaron niveles insospechados.

Total, que se joda el tejido social.

Nuestro estado se convirtió en un extraño laboratorio donde, en nuestra vida pública, sucedían cosas únicas, inexplicables e irrepetibles en otro lugar.

El reto para el nuevo gobierno y para los que siguen, es que esto jamás vuelva a pasar y que existan consecuencias demoledoras para quienes saquearon el estado y lo entregaron gustosos a la delincuencia organizada, a la común y a la de cuello blanco.

 

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