Barbosa, el ungido

Por Valentín Varillas

Ni duda cabe.

La candidatura de Miguel Barbosa al gobierno del estado de Puebla es el mejor escenario para los intereses del Movimiento de Regeneración Nacional.

De entrada, en términos de la siempre fría rentabilidad electoral.

Encabezó, de principio a fin, todas las encuestas que sobre preferencias electorales fueron llevadas a cabo por serias empresas privadas, especialistas en la aplicación de este tipo de sondeos y con varios años de experiencia en el gremio.

Fue siempre el más conocido, el de mayor intención de voto entre los votantes potenciales y los simpatizantes de Morena, además de que, en los careos planteados con sus adversarios, de manera sistemática fue el que perfilaba el triunfo con más amplio margen.

Por todo esto, era lógico adelantar que el ejercicio llevado a cabo por el partido para elegir a su abanderado en Puebla, tuviera resultados muy similares a los ya previamente publicados.

Hubiera sido por demás sospechoso que la encuesta aplicada para determinar al candidato, la oficial, arrojara números distintos a los adelantados de antemano, situación que le hubiera restado legitimidad a quien resultara ganador del proceso interno.

Pero además, en términos de justicia, la nominación de Barbosa es impecable.

En la complicada coyuntura previa a la elección del 1 de julio, Miguel no tuvo empacho en decidir enfrentar con todo a Rafael Moreno Valle y su grupo.

Eran los momentos en donde ellos ocupaban la cima del poder político poblano y controlaban de manera absoluta a partidos, sindicatos, organismos empresariales, medios de comunicación y sobre todo, al Instituto y el Tribunal Electoral poblanos.

Una auténtica elección de estado.

No eran, ni de cerca, las mejores condiciones para competir.

Una lucha política a todas luces desigual, que no todos los supuestos aspirantes estaban dispuestos a encabezar.

Tal vez por estas razones, en ese momento, nadie puso en tela de juicio el proceso interno para elegir al candidato.

No hubo quien cuestionara que el propio partido fuera el encargado de aplicar la encuesta y procesar estadísticamente la información recabada, hasta llegar a un resultado final.

Tampoco se habló de “dados cargados”, “dedazos”, ni otros términos similares con los que se pudiera desconfiar de la transparencia y honestidad del proceso.

Mucho menos se atrevieron al interior de Morena a poner en duda la legitimidad de Barbosa.

Es evidente que, ya muerto Moreno Valle y  con el virtual desmantelamiento de su grupo político, a varios le salió lo valiente y en un triste despliegue de oportunismo, descalifican todo y a todos, por el simple hecho de que anticipaban que no iban a resultar beneficiados con la candidatura.

Tal vez de esta forma, a través del dedazo, el compadrazgo y el amiguismo, se hicieron con las candidaturas priistas que en su momento les obsequió el entonces presidente, Enrique Peña Nieto, al que le rendían una lambiscona pleitesía y de cuyo gobierno fueron parte.

Defendían, en ese tiempo, todas las medidas tomadas por aquel grupo de “grandes hombres y mujeres” que, como funcionarios públicos, se comportaron igual que una auténtica pandilla que saqueó al país.

Sí, el león cree que todos son de su condición.

Hoy, ante su pueril amenaza de no apoyar al candidato, bien haría el partido en tomarles la palabra.

No son activos que sumen.

En los hechos, por sus pactos inconfesables con los adversarios de Morena, son una pesada losa que pesa.

Y mucho.

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