Por Yasmin Flores Hernández
¡Hola, hola!
Qué increíble y poderosa sensación es volver a encender este micrófono, ajustar los auriculares, mirar la señal de grabación parpadeando en rojo y saber que, del otro lado del dispositivo, están ustedes que me escuchan y me leen.
Estoy de regreso.
Oficialmente de vuelta después de dos semanas de ausencia que, le soy completamente honesta, se sintieron eternas.
Hacía falta este espacio, hacía falta esta trinchera y, sobre todo, hacía falta desmenuzar la realidad con usted.
Quiero empezar dándole las gracias.
Gracias de corazón por cada mensaje de apoyo, por las muestras de cariño, por la paciencia y por guardarme el lugar.
En un mundo digital que se mueve a mil por hora, donde parece que si te pierdes un par de semanas, el mundo te olvida, regresar y ver que esta comunidad sigue aquí, firme y esperando… eso no tiene precio.
Hoy no quiero perder el tiempo hablando de los motivos de mi ausencia; las pausas ocurren, la vida se atraviesa, pero lo que realmente define a las personas no es el porqué se van, sino la fuerza con la que regresan.
Y yo hoy regreso con el doble de energía, con la mente más clara que nunca y listos para poner los puntos sobre las íes.
El episodio de hoy lo he titulado:
Fiesta y Rabia
El México del Mundial entre el grito de gol y el grito de protesta.
Y es que el país que me encontré al reactivar el radar estos días es un escenario de contrastes brutales, casi cinematográficos.
Por un lado, la enorme e histórica fiesta del Mundial de Fútbol 2026 que está marcando nuestra agenda; y por el otro, la rabia, las demandas y el dolor de un México que se niega a ser silenciado por los reflectores del entretenimiento.
Estamos viviendo una dualidad impresionante.
El país vibra, se emociona y grita con los goles, pero a unas cuantas calles del festejo, las plazas vibran también con marchas, con plantones y con exigencias de justicia que llevan años acumulándose.
Ante esto, nos topamos con una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Podemos celebrar y exigir al mismo tiempo?
¿Es ético gritar un gol mientras hay miles de familias gritando por justicia?
Yo creo que no sólo podemos, sino que tenemos la obligación de hacerlo.
Así que acomódese, porque hoy vamos a desmenuzar este contraste con calma, con datos y sin anestesia.
¡Comenzamos!
Vamos por partes. Iniciemos con la cara de la fiesta, la que le está dando la vuelta al planeta.
El pasado 11 de junio, la Selección Mexicana debutó con el pie derecho en este Mundial 2026, logrando una victoria de 2 goles por 0 ante la selección de Sudáfrica, en el renovado Estadio Ciudad de México.
Los encargados de encender la mecha fueron Julián Quiñones, madrugando apenas al minuto 9 con un golazo que desató la euforia colectiva, y más tarde, al minuto 67, Raúl Jiménez selló el triunfo que todos estábamos esperando.
El ambiente en la capital del país fue de auténtica locura.
Un estadio completamente abarrotado, una lluvia que le dio un tinte casi épico al encuentro, banderas tricolores ondeando en cada esquina y, por unos minutos solo por unos minutos, un país entero que se sintió extrañamente unido bajo una misma camiseta.
Tras el pitazo final, las reacciones políticas no se hicieron esperar.
La presidenta Claudia Sheinbaum felicitó inmediatamente al equipo a través de sus canales oficiales, destacando el orgullo nacional y aprovechando el viaje para mandar un mensaje contundente al exterior:
“Todo está bajo control”.
Y es que para el gobierno federal, este Mundial es la vitrina perfecta.
Entre el desfile mundialista en la Ciudad de México, los fan fests repletos de turistas y las proyecciones económicas, se está vendiendo la narrativa de un boom histórico.
Estamos hablando de una derrama millonaria proyectada en hoteles, restaurantes, transporte y comercio formal.
Sedes como Monterrey y Guadalajara también se reportan listas para recibir al mundo, y el discurso oficial aprovecha esto como la prueba máxima de que México es un país fuerte, soberano y en pleno crecimiento, presumiendo incluso la reciente inauguración de grandes obras de infraestructura.
Y miren, seamos justos: es legítimo celebrar.
El fútbol tiene esa magia única de unir lo que la política divide; genera alegría, genera un respiro colectivo y una dosis de esperanza que, después de años tan complicados en materia económica y social, se siente muy bien.
Negar la felicidad que produce el deporte sería absurdo.
El problema no es el fútbol, el problema no es la fiesta… el problema es cuando pretendemos usar la fiesta como una cortina de humo.
Uno donde la violencia, la corrupción, las desapariciones, la crisis hídrica y la impunidad no se transmiten en cadena nacional, pero se viven todos los días.
Porque como siempre en la historia de este país… siempre hay un “pero”.
Mientras el Estadio Ciudad de México temblaba con el grito de gol de miles de aficionados, la realidad a unas cuantas cuadras del inmueble era radicalmente distinta.
En las avenidas aledañas, el ambiente no era de fiesta, era de resistencia.
Maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, la CNTE, mantuvieron sus plantones y marcharon firmes hacia las inmediaciones del coloso de Santa Úrsula.
¿Qué piden?
Cosas elementales que llevan semanas en la mesa de negociación sin resolverse: la abrogación de la reforma al ISSSTE, una basificación real para miles de docentes en el país, aumento salarial digno y condiciones mínimas para poder pararse frente a un grupo en las aulas de las comunidades más olvidadas de México.
Esto no es un capricho de unos días; es el resultado de un diálogo con el gobierno federal que simplemente no termina de cuajar.
Pero la escena se volvió aún más desgarradora cuando a esta marcha de los maestros se sumaron los colectivos de madres buscadoras.
Imagínense la estampa: de un lado, pantallas gigantes, luces led y patrocinadores internacionales; la crema y nata de la sociedad mexicana, todo aquel que pudo pagar boletos a precios exorbitantes, del otro, mujeres sosteniendo lonas con los rostros de sus hijos desaparecidos, pegando fichas de búsqueda en los postes y vallas alrededor del estadio, exigiendo que la prensa internacional y que los miles de turistas extranjeros volteen a ver la herida más profunda de nuestra nación.
Estamos hablando de una crisis humanitaria que, según cifras oficiales, ya supera los 130 mil casos de desapariciones.
Ellas lo dijeron claro:
“No queremos boicotear el Mundial, queremos visibilizar lo que duele”.
Por supuesto que el operativo policial fue inmenso.
Hubo contenciones para evitar que las manifestaciones empañaran la transmisión internacional, aunque hay que reconocer que, dentro de la tensión, se mantuvo cierto respeto al derecho a protestar.
La postura de la presidenta Sheinbaum fue la de señalar que su gobierno no caerá en provocaciones de grupos que, según su visión, solo buscan generar una imagen negativa del país de cara al exterior.
Sin embargo, este contraste cala hondo en el estómago.
De un lado, la opulencia de la FIFA, el negocio global y la felicidad efímera; del otro, el dolor crudo de familias que no tienen nada que celebrar porque les falta un hijo en la mesa, y de trabajadores de la educación que se sienten ignorados por el sistema.
El fútbol es hermoso, pero no puede convertirse en la anestesia social del México de 2026.
Es totalmente válido celebrar el triunfo de la selección, pero es inaceptable hacerlo pretendiendo invisibilizar nuestras heridas abiertas.
Y por si este caldero social entre el fútbol y la protesta no fuera suficiente, el terreno político de nuestro país terminó de sacudirse con una noticia de altísimo impacto directo desde el norte, específicamente en Nuevo León.
El pasado 12 de junio, la Comisión Anticorrupción del Congreso de Nuevo León aprobó iniciar formalmente un juicio político en contra del gobernador Samuel García.
Las acusaciones son sumamente graves.
Se le señala por una presunta triangulación de recursos públicos que va desde los mil millones de pesos, y algunas versiones periodísticas e investigaciones apuntan a que la cifra podría ascender hasta los 2 mil millones de pesos, presuntamente desviados hacia despachos jurídicos y empresas directamente relacionadas con su propia familia.
Esta solicitud de juicio político, impulsada originalmente por la bancada de Morena y respaldada de inmediato por el bloque del PAN y del PRI en la comisión, le da a Samuel García un plazo de 15 días hábiles para responder, fijando una comparecencia clave para este próximo 23 de junio.
Si el proceso avanza, la papa caliente llegará al Pleno del Congreso en agosto para decidir si procede o no el desafuero.
Esto, señoras y señores, es un terremoto político.
Samuel García es una de las figuras más visibles a nivel nacional de Movimiento Ciudadano, y el golpe llega en el peor momento posible para su proyección internacional, justo cuando Monterrey es una de las sedes estelares de este Mundial 2026 y los ojos del mundo están puestos sobre la capital neoleonesa.
Peculado, triangulación de fondos, uso indebido de atribuciones… son delitos graves que merecen una investigación implacable, con pruebas contundentes y respetando el debido proceso.
Pero aquí es donde tenemos que afinar la mirada crítica y hacernos la pregunta incómoda:
¿La justicia en México se aplica por convicción legal o por conveniencia política?
Hagamos una comparación obligatoria.
El caso de Adán Augusto López, actual senador de Morena, arrastra solicitudes de juicio político desde hace meses por presuntos nexos con grupos criminales durante su gestión en Tabasco el famosísimo caso que involucra a Hernán Bermúdez y la célula delictiva conocida como “La Barredora”.
Sin embargo, esas carpetas siguen congeladas, durmiendo el sueño de los justos en el Congreso de la Unión sin ningún avance significativo.
¿Qué nos demuestra esto?
La rampante selectividad de nuestra justicia.
Cuando el señalado es de oposición o un rival incómodo, los procesos corren a una velocidad impresionante; pero cuando el señalado pertenece al círculo cercano del poder actual, las investigaciones se congelan.
La rendición de cuentas en este país no puede seguir siendo un arma política de ocasión que se saca del cajón solo cuando conviene golpear a un rival.
La ley debe ser pareja, transparente y ciega ante los colores partidistas.
Este junio de 2026 nos está regalando una radiografía perfecta de lo que es el México profundo.
Por un lado, tenemos a un gobierno que legítimamente busca consolidar y presumir su narrativa de continuidad, mostrando estabilidad económica aparente, cifras récord de turismo y la consolidación de sus proyectos insignia.
Pero por el otro lado, la terca realidad nos demuestra que la llamada Cuarta Transformación, en esta nueva etapa, sigue chocando de frente contra las mismas tensiones estructurales que el país arrastra desde hace décadas: la crisis de seguridad que no cede, el rezago educativo, las desapariciones forzadas y la sombra de la corrupción que cambia de manos pero no desaparece.
El Mundial de Fútbol es una oportunidad de oro, sí, pero sobre todo es un espejo incómodo.
¿Qué vamos a hacer con los reflectores internacionales que hoy nos alumbran?
¿Los usaremos únicamente para maquillar la realidad y presumir una postal perfecta de un México que no existe, o aprovecharemos la atención para obligarnos a enfrentar lo que nos falta por resolver?
Hay un hartazgo ciudadano real y comprensible; los comerciantes están asfixiados por los bloqueos de las marchas, los ciudadanos están cansados del tráfico de los plantones, pero en el fondo, existe la madurez para comprender que detrás de cada manifestación hay un dolor real que no ha sido atendido.
El gran desafío de este gobierno será demostrar que puede dialogar y resolver de fondo, y no limitarse a contener los daños para cuidar la foto internacional.
Por todo esto, hoy quiero terminar este análisis volteando la mirada hacia nuestra casa, hacia Puebla.
Después de estas dos semanas en las que estuve ausente y me dediqué a observar las cosas con la cabeza fría, he pensado mucho en la palabra resiliencia.
México es un país que tiene una capacidad casi sobrehumana para levantarse de las cenizas, un país que celebra a pesar de la tragedia, pero que urge que empiece a sanar sus fracturas internas.
No podemos seguir postergando lo esencial.
Por eso, ojalá que aquí en Puebla las cosas empiecen a cambiar y veamos procesos de rendición de cuentas con la misma seriedad y contundencia que hoy vemos en otras latitudes.
Que las denuncias por desvíos, por irregularidades o por el mal manejo de los recursos públicos de los poblanos no se queden en el olvido, ni se guarden para usarse únicamente como banderas de extorsión en la próxima temporada electoral.
Puebla se merece ver que nadie absolutamente nadie, venga de Morena o venga de la oposición está por encima de la ley.
Que la inmensa fiesta del Mundial no nos distraiga de lo verdaderamente importante.
Construyamos un país donde el día de mañana podamos gritar un gol con la frente muy en alto, sabiendo que en las calles también hay justicia, que hay verdad y que hay dignidad para todos.
Muchísimas gracias por escucharme en este mi regreso a los micrófonos.
Cuídense mucho, sigamos la conversación en redes y nos escuchamos muy, pero muy pronto.
¡Abrazos fuertes y mucha, mucha fuerza para todos!
