Por Valentín Varillas
Hay una frase que se ha convertido en la favorita del poder político, cuando intentan evadir responsabilidades en temas polémicos y controvertidos que afectan su imagen.
No importa el partido, no importa el nivel de gobierno, no importa la magnitud del escándalo, recurren al patético “yo no sabía”.
Tres palabras con las que presidentes, gobernadores y secretarios pretenden lavarse las manos frente a lo que ocurre en sus propias narices.
Felipe Calderón dice que ignoraba que su Secretario de Seguridad, Genaro García Luna, le entregó el país al Cártel de Sinaloa en su sexenio.
El mismo hombre que nombró, defendió y mantuvo en el cargo más importante de su gabinete.
AMLO asegura hasta la fecha que no tenía idea de que su amigo personal, Ignacio Ovalle, desviaba miles de millones de pesos en Segalmex mientras él construía su falsa narrativa de honestidad.
También que ignoraba que su Secretario de Gobernación, Adán Augusto López, infiltraba la seguridad pública de Tabasco con perfiles ligados al CJNG.
Claudia Sheinbaum dice que “no tiene pruebas” del vínculo del gobernador Rubén Rocha Moya con el narco, a pesar de los expedientes legales en los Estados Unidos y de que su propio gobierno, a través de la UIF, ha congelado sus cuentas bancarias.

Y en Puebla, el vicealmirante Francisco Sánchez , Secretario de Seguridad, jura que no sabía que el hombre con quien convivía en el palenque de la Feria era un famosísimo personaje que había sido encarcelado, acusado de homicidio múltiple.
El problema con el “yo no sabía” es doble: o es mentira, o es incompetencia.
Ambas, igual de graves e inaceptables.
Un funcionario que miente para protegerse traiciona la confianza pública.
Uno que realmente ignora lo que ocurre en la esfera de sus responsabilidades, no es apto para ejercer el cargo.
No hay de otra.
Esta estrategia de negación sistemática tiene un costo enorme que los políticos subestiman: hace pedazos la credibilidad institucional de forma contundente e irreversible.
Cada “yo no sabía” es, en los hechos sinónimo de impunidad.
No hay que buscarle más.
Vuelve hueco el discurso oficial y convierte al ciudadano en espectador de una farsa que ya ni siquiera se molestan en volver creíble.
Cuando evaden sus responsabilidades con esta vergonzosa frase, no solo nos engañan, sino que demuestran lo que todos sabemos: que en México el poder existe para protegerse a sí mismo y no para rendir cuentas.
Y esta realidad, repetida gobierno tras gobierno, más allá de colores, logos e ideologías, al final resulta ser la más peligrosa de todas.

