Por Valentín Varillas
La construcción de la plataforma Audi, no estuvo ajena a irregularidades y actos de corrupción.
El proyecto fue parte de aquellos PPS que endeudaron por décadas las finanzas públicas estatales.
Su monto fue originalmente calculado en poco más de mil 800 millones de pesos, pero incluyó modificaciones a la alza por arriba de cinco mil.
En su realización, se autorizaron compras de materiales y pagos por concepto de mano de obra por arriba del 240%, de acuerdo con el costo comercial promedio en el mercado en aquella época.
El gobierno de Moreno Valle invirtió además 17 mil millones de pesos para darle forma a una megalópolis que acercaría todo tipo de servicios a los trabajadores de la planta alemana.
Se generó infraestructura educativa, comercial, habitacional y demás.
Al final, lo que iba a convertirse en un dinámico y atractivo polo de inversión productiva, terminó siendo un auténtico pueblo fantasma.
Y así pasaron los años.
Con miles de millones del erario tirados a la basura.
Lo que en el papel sería un símbolo de modernidad y atracción de inversión extranjera, terminó siendo una auténtica tomada de pelo.

Un triste ejemplo del tipo de irregularidades que caracterizaron a los más importantes proyectos de obra pública realizados en aquel sexenio y del permanente uso discrecional del modelo de Proyectos para Prestación de Servicios (PPS).
Una figura que terminó operando como mecanismo de endeudamiento encubierto y no como herramienta de desarrollo.
En este caso específico, comprometiendo el dinero del erario por un plazo de 15 años.
El PPS permitió diferir pagos, ocultar la deuda en el corto plazo, disfrazando los compromisos como “pagos multianuales de servicios”.
Se utilizó como caja negra en donde se diluyeron responsabilidades, se inflaron contratos y se traslado la carga financiera a futuras administraciones.
Este esquema resultó muy conveniente para aquel gobierno, pero sembró una bomba de tiempo a mediano y largo plazos.
Así, Moreno Valle intentaba vender que el desarrollo debía entenderse como grandes obras visibles y no como un bienestar estructural.
La llegada de Audi, sin duda fue histórica.
Nadie en su sano juicio puede estar en contra de los beneficios que genera la inversión privada de esta magnitud.
Sin embargo, es necesario cuestionar la falta absoluta de controles que permitió inflar las cifras y hacer millonarios negocios personales, sin que hasta la fecha haya consecuencias.
Los infames sobrecostos no fueron consecuencia de errores cometidos en el desarrollo del proyecto, sino de un diseño institucional sumamente corrupto y permisivo.
El tema de plataforma de Audi no es un escándalo del pasado.
Tiene que ser uno de muchos recordatorios de cómo la opacidad institucional se convirtió en política pública y en deuda heredada.

