05-03-2026 09:43:39 AM

Marzo, sin falsas activistas

Por Yasmin Flores Hernández
 
Marzo no es discurso. Es coherencia.
 
Marzo no es un mes decorativo en el calendario político.
 
Es el mes en el que se conmemora la lucha histórica de las mujeres por sus derechos.
 
Es el mes en el que escuchamos palabras como igualdad, justicia, paridad, empoderamiento.
 
Es el mes en el que las instituciones se visten de morado y los discursos se llenan de compromisos.
 
Pero la verdadera prueba de una democracia no está en sus conmemoraciones.
 
Está en su coherencia.
 
Y esa coherencia se pone a prueba cuando una mujer en el ejercicio del poder denuncia violencia política.
 
En ese contexto se inserta el caso de la regidora Evelin Camela Hernández, integrante del Cabildo de Cuautlancingo por Movimiento Ciudadano.
 
La regidora ha denunciado públicamente que enfrenta obstáculos para ejercer su cargo.
 
Ha señalado la falta de condiciones materiales para desempeñar su función, la limitación en el acceso a información institucional, el retiro de espacios físicos y actos que, desde su perspectiva, constituyen violencia política en razón de género.
 
Y aquí el debate deja de ser partidista.
 
Porque, más allá de simpatías políticas, una regidora electa tiene derechos claros:
 
• Tiene derecho a participar en sesiones con voz y voto.
 
• Tiene derecho a acceder a la información necesaria para deliberar.
 
• Tiene derecho a contar con condiciones mínimas para ejercer el cargo que le otorgó la ciudadanía.
 
• Tiene derecho a no ser obstaculizada ni deslegitimada por su condición de mujer.
 
Estos derechos no son concesiones administrativas.
 
Son derechos político-electorales protegidos por la Constitución y por la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.
 
En México, la violencia política en razón de género no es un concepto retórico.
 
Es una figura jurídica reconocida cuando se limita, anula o menoscaba el ejercicio del cargo de una mujer.
 
Y este caso ocurre, además, en un mes donde el país entero habla de los derechos de las mujeres.
 
Escuchamos discursos.
 
Vemos pronunciamientos.
 
Presenciamos marchas y posicionamientos públicos.
 
Pero la coherencia democrática se mide en los hechos concretos.
 
Cuando una mujer electa denuncia obstáculos para ejercer su función, la pregunta no debería ser si cae bien o mal.
 
La pregunta es si sus derechos están siendo respetados.
 
También resulta inevitable preguntarse por el silencio de algunas figuras que han levantado la bandera de la defensa de las mujeres en el ámbito político.
 
Hasta ahora no se ha observado un posicionamiento claro por parte de Fedra Soriano respecto a esta situación.
 
Y la pregunta no es personal.
 
Es institucional.
 
¿La defensa de los derechos políticos de las mujeres es universal?
 
¿O depende del color partidista?
 
¿Se activa solo cuando conviene políticamente?
 
Si el “ México de la transformación” presume juventud, apertura y transformación, debe demostrar que la defensa de las mujeres en la política no es selectiva.
 
Porque cuando el debate se convierte en espectáculo, cuando el poder responde con desgaste, cuando la juventud entra a estructuras que aún operan con viejas prácticas, y cuando las denuncias de violencia política encuentran silencio, lo que se debilita no es solo una regidora.
 
Se debilita la credibilidad del discurso democrático.
 
Pero este caso no ocurre en el vacío.
Sucede en un país que arrastra un cansancio profundo.
 
México no está hoy dominado por la furia.
 
Está dominado por el agotamiento.
 
Agotamiento de vivir en crisis permanente.
 
Agotamiento de consumir escándalos diarios.
 
Agotamiento de escuchar promesas recicladas que cambian de forma, pero no de fondo.
 
Agotamiento de una polarización constante que convierte cualquier desacuerdo en confrontación.
 
La conversación pública no descansa.
 
El conflicto es permanente, la tensión es rutina.
 
Y el ciudadano —ese que vota, trabaja, paga impuestos y sostiene la estructura institucional— observa todo esto con una mezcla de incredulidad y saturación.
 
Ese cansancio no es apatía natural.
 
No es indiferencia cívica.
 
Es consecuencia.
 
Es el resultado de un sistema político que dejó de generar certidumbre y comenzó a producir ruido.
 
Cuando las instituciones no ofrecen estabilidad, cuando los debates no ofrecen soluciones, cuando la confrontación sustituye a la construcción,la ciudadanía se repliega.
 
Se distancia.
 
Se vuelve espectadora.
 
Y ese es uno de los riesgos más graves para cualquier democracia: no el enojo ciudadano, sino su desconexión.
 
Porque una sociedad cansada ya no exige con la misma fuerza.
 
Ya no cuestiona con la misma energía.
 
Ya no participa con la misma convicción.
 
Y cuando el ciudadano se cansa, inevitablemente surge otra pregunta:
¿qué está ocurriendo con el poder?
 
El desgaste del poder
 
Si el país está cansado, es inevitable preguntarse por qué.
 
Y la respuesta no está únicamente en la coyuntura.
 
Está en el desgaste del poder.
 
El poder, en una democracia, no se sostiene solo por ganar elecciones.
 
Se sostiene por mantener legitimidad.
 
Por generar confianza.
 
Por ofrecer resultados.
 
Pero cuando las prácticas se repiten, cuando la narrativa sustituye a la eficacia, cuando la confrontación se vuelve método constante, algo comienza a erosionarse.
 
El desgaste no siempre es visible de inmediato.
 
No se mide sólo en encuestas.
 
Se mide en la percepción de que las respuestas son repetidas.
 
En la sensación de que el discurso es más fuerte que los resultados.
 
En la idea de que cada crítica recibe descalificación, no explicación técnica.
 
Narrativas repetidas.
 
Descalificación constante.
 
Resultados que no convencen.
 
Necesidad permanente de control comunicativo.
 
El poder que se siente cuestionado responde con más narrativa, no con más institucionalidad.
 
Responde, defendiendo su versión.
 
Responde, polarizando.
 
Responde, reduciendo la complejidad a consignas.
 
Pero gobernar no es dominar la conversación pública.
 
Gobernar es fortalecer instituciones.
 
Es generar estabilidad.
 
Es permitir el disenso sin convertirlo en enemistad.
 
Cuando el poder necesita defenderse todo el tiempo, es señal de que su legitimidad enfrenta desgaste.
 
Y cuando la legitimidad se debilita, el recurso más inmediato no es la autocrítica.
 
Es el espectáculo.
 
La política convertida en escenario.
 
Cuando el poder pierde capacidad de persuadir con resultados, recurre a lo inmediato.
 
A lo visible, a lo viral, a lo espectacular.
 
La política comienza a medirse en impactos digitales, no en transformaciones institucionales.
 
Se privilegia el mensaje corto sobre la discusión profunda.
 
La reacción inmediata sobre la construcción de consensos.
 
La confrontación rentable sobre la deliberación incómoda.
 
La política deja de buscar convencer.
 
Busca viralizar.
 
Y cuando el ejercicio público se convierte en competencia de protagonismos, el debate se simplifica peligrosamente.
 
En ese escenario, algunas diputadas —más preocupadas por la visibilidad que por la construcción institucional— terminan desgastando no solo su propia credibilidad, sino también la marca partidista que dicen defender.
 
Porque la incoherencia no es neutra.
 
Cuando el discurso feminista se activa de manera selectiva, pierde fuerza moral.
 
Cuando la defensa de derechos depende del cálculo político, pierde legitimidad.
 
Cuando la confrontación sustituye al argumento técnico, la política pierde altura.
 
El espectáculo puede generar aplausos momentáneos.
 
Pero no construye instituciones.
 
Puede generar tendencias, pero no genera estabilidad.
 
Y la ciudadanía lo percibe.
 
Percibe cuando el debate se vuelve superficial.
 
Percibe cuando la indignación es estratégica.
 
Percibe cuando la postura pública no coincide con la práctica privada.
 
Ese desgaste no es solo individual, es institucional.
 
Porque cuando quienes ocupan espacios legislativos privilegian el protagonismo sobre la responsabilidad, el daño no se queda en una figura pública.
 
Se traslada al partido.
 
Se traslada a la institución.
 
Se traslada al sistema político.
 
Y entonces el ciudadano vuelve a cansarse.
 
Porque observa una política que parece más interesada en dominar la conversación que en resolver los problemas.
 
MARIANA, REJUVENECE AL PRI
Y en medio de ese escenario hipervisibilizado, llegan los jóvenes.
 
Jóvenes en la política del “nuevo México”
 
En medio de este escenario saturado de confrontación y espectáculo, aparece una narrativa que ha comenzado a cobrar fuerza: la renovación generacional.
 
Se habla del “nuevo México”.
 
Se habla de juventud.
 
Se habla de nuevas voces.
 
Y por primera vez en mucho tiempo, algunos partidos parecen haber entendido que los jóvenes no pueden seguir siendo únicamente discurso decorativo en campaña.
 
Después de años de relegar a la juventud a eventos protocolarios o a estructuras simbólicas, el Partido Revolucionario Institucional en Puebla ha dado un paso que no puede pasar desapercibido: abrir espacios reales de dirección a perfiles jóvenes universitarios.
 
La toma de protesta de Mariana Pérez Flores y Juan Carlos Quiroz Quintanilla en la dirigencia juvenil estatal no es un gesto menor.
 
Es el reconocimiento de que los jóvenes no son relleno generacional.
 
Son estructura.
 
Son presente.
 
Son responsabilidad.
 
Durante años se dijo que los partidos envejecían porque no escuchaban a sus nuevas generaciones.
 
Hoy, al menos en este caso, se reconoce que la juventud no es consigna, es realidad política.
 
Y eso importa.
 
Porque renovar no es cambiar de logotipo ni de slogan.
 
Es permitir que nuevas generaciones influyan en la toma de decisiones.
 
Sin embargo, el desafío no termina con abrir la puerta.
 
La pregunta clave es:
 
¿Las estructuras cambiarán con ellos o ellos serán absorbidos por prácticas tradicionales?
 
Porque gobernar no es sólo tener edad distinta.
 
La juventud en política enfrenta hoy un entorno mucho más complejo que el de generaciones anteriores:
 
Exposición extrema.
 
Polarización digital permanente.
 
Expectativas sobredimensionadas.
 
Violencia directa e indirecta amplificada en redes.
 
Cada postura se magnifica.
 
Cada error se viraliza.
 
Cada silencio se interpreta.
 
Y cuando esa juventud es femenina, la presión se duplica.
 
Se les exige capacidad, pero también resistencia.
 
Se les exige coherencia absoluta en entornos profundamente confrontados.
 
Por eso, abrir espacios reales a jóvenes como Mariana y Juan Carlos es una señal positiva.
 
Pero la verdadera transformación se medirá en algo más profundo:
 
• En si la política deja de ser espectáculo y vuelve a ser construcción institucional.
 
• En si la juventud puede ejercer liderazgo sin caer en protagonismos vacíos.
 
• En si las mujeres jóvenes pueden denunciar violencia política sin encontrar silencio.
 
La renovación generacional solo tiene sentido si viene acompañada de transformación de prácticas.
 
De lo contrario, no es cambio.
 
Es maquillaje.
 
Y un país cansado ya no cree en maquillajes. Marzo no puede quedarse en discurso.
 
Si hablamos de derechos de las mujeres, debemos defenderlos con el mismo estándar, sin importar nombres, cargos o colores partidistas.
 
Y aquí la congruencia institucional es clave.
 
PIERDE PALOMARES
Hace apenas unos meses, el caso entre la periodista Ruby Soriano y la diputada Graciela Palomares puso en el centro del debate la figura de violencia política en razón de género.
 
El Instituto Electoral del Estado de Puebla dictó medidas cautelares dentro de ese procedimiento, y posteriormente el Tribunal Electoral del Estado de Puebla resolvió que no se acreditaba violencia política de género.
 
Ese precedente demuestra algo fundamental:
 
Las autoridades electorales sí pueden actuar cuando consideran que existe riesgo a derechos políticos de las mujeres.
 
Si en aquel caso se activaron mecanismos institucionales, hoy corresponde aplicar el mismo estándar cuando una regidora denuncia obstáculos para ejercer su cargo.
 
La ley no puede ser selectiva.
 
La protección no puede depender del nivel de exposición mediática.
 
Si el sistema reaccionó ante una queja por presunta violencia en el ámbito de la expresión pública, con mayor razón debe reaccionar cuando una mujer electa denuncia limitaciones en el ejercicio directo de su función.
 
El caso de la regidora Evelin Camela Hernández, integrante del Cabildo de Cuautlancingo por Movimiento Ciudadano, exige análisis, pronunciamiento y, si procede, medidas de protección claras.
Corresponde al Instituto Electoral del Estado de Puebla evaluar si existen elementos para dictar medidas cautelares.
 
Corresponde a la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Puebla analizar si hay violación a derechos político-electorales.
 
Corresponde a la dirigencia estatal de Movimiento Ciudadano respaldar públicamente a su representante.
Porque en política, dejar sola a una mujer que denuncia violencia también debilita la confianza institucional.
 
De la misma forma, debe establecerse un límite firme a cualquier presidente municipal que incurra en conductas que puedan constituir agresión u obstaculización hacia mujeres en el ejercicio del poder.
 
La autoridad no es licencia para intimidar.
 
Y sancionar, cuando hay responsabilidad, no divide.
 
Sana.
 
También es momento de frenar el desgaste provocado por legisladoras y legisladores que han convertido el espacio público en escenario personal.
 
La política no puede seguir tolerando figuras huecas cuyo interés principal es monetizar visibilidad y no fortalecer instituciones.
 
Sancionar excesos, exigir congruencia y establecer límites no es persecución.
 
Es reconstrucción democrática.
 
Al mismo tiempo, es justo reconocer señales positivas.
 
Después de años en que la juventud fue tratada como consigna electoral, el Partido Revolucionario Institucional en Puebla ha entendido que los jóvenes no son discurso: son realidad.
 
La incorporación de Mariana Pérez Flores y Juan Carlos Quiroz Quintanilla en espacios de dirección juvenil representa una apuesta estructural.
 
Ellos simbolizan la posibilidad de abrir un nuevo camino.
 
Un camino donde la juventud no sea adorno.
 
Donde la renovación no sea maquillaje.
 
Donde las mujeres no sean toleradas, sino respaldadas.
 
Donde la política recupere profundidad.
Un país cansado necesita coherencia.
 
Necesita instituciones que actúen con el mismo rigor en todos los casos.
 
Necesita límites claros al poder.
 
Necesita jóvenes que construyan.
 
Necesita mujeres que no se queden solas.
 
Porque el “nuevo México” no se construye con discursos de marzo.
 
Se construye con decisiones de todos los días.
 
Y la historia siempre termina evaluando quién fue coherente…y quién solo habló de igualdad mientras miraba hacia otro lado.
 
La historia no recordará quién fue tendencia en marzo, recordará quién tuvo el valor de defender a una mujer cuando el silencio era más cómodo.

About The Author

Related posts