Por Valentín Varillas
Empezó la guerra intestina al interior del oficialismo, por los cargos de elección popular que estarán en juego en el 2027.
Aunque todavía se cuidan mediáticamente las formas, los tambores ya suenan con toda intensidad.
Y ya quedó claro por donde se van a ir, quienes tienen proyecto y ven muy pocas posibilidades de aparecer en la boleta.
La estrategia tiene como eje central el deslegitimar el método de selección de candidatos.
Sí, la supuestamente infalible encuesta.
Esa que, en teoría, es un reflejo fiel del deseo de la militancia y evita que manos externas influyan en la decisión final.
La misma que, en la coyuntura del 2024, todos alababan y vendían como el único proceso abierto, claro, transparente, además de cien por ciento democrático.
Parece que ya no.
Los eternos perdedores empiezan ya a curarse en salud del inminente futuro que les espera, pidiendo a gritos que se respeten su congruencia ideológica y los años que le han dedicado al partido, aunque en términos de política real sean absolutamente incapaces de generar votos en las urnas.
Y eso, al final, es lo único que realmente vale en una contienda política.

Ganar lo es todo.
Aquí de nada sirven las medallas de plata ni los premios de consolación.
Los segundos lugares pasan a la historia sin pena ni gloria.
La presidenta Sheinbaum ha tenido reuniones en palacio con quienes llevan las riendas del partido en el poder.
Juran los enterados que desde su oficina ya se diseña y opera la estrategia con la cual competirán contra sus opositores el próximo año.
Y se trata de una táctica integral que involucra a liderazgos de todo el país.
Los mismos que por diferentes vías han recibido una sola indicación: vencer con toda contundencia y quedarse con la enorme mayoría de las posiciones en disputa.
Gubernaturas, municipios, congresos estatales, pero principalmente y por encima de todas las cosas, amarrar las diputaciones federales que garantizarían que la aplanadora legislativa siga operando a conveniencia en la segunda mitad del sexenio.
En este contexto de altísima competencia electoral, aunque les duela, atributos como los años de militancia y la consistencia doctrinaria, quedan relegados a segundo términos, condenados a ser simples adornos discursivos de la más estéril narrativa política.
Por cierto, en su más burda ingenuidad, al cuestionar la encuesta ponen en duda la legitimidad de personajes como la presidenta Sheinbaum y el gobernador Armenta.
¿O era esa la intención?
¿Hasta ahí están dispuestos a llegar?
Les va a ir muy mal.


