Por Valentín Varillas
El fantasma de huelga en Volkswagen puede ser apenas la punta del iceberg.
El verdadero problema no está en un mejor o peor aumento salarial.
Está en el futuro de la planta de Puebla.
El grupo está recortando costos, producción y empleos en distintas partes del mundo. Sus plantas compiten entre ellas por nuevos modelos e inversiones.
Y Puebla también está en esa pelea.
Por eso resulta simplista pensar que todo se resolverá cuando empresa y sindicato finalmente se pongan de acuerdo.
Una huelga no necesariamente sería el peor escenario.
No hay elementos para afirmar que la empresa la esté provocando, pero un conflicto prolongado puede servirle en un momento en donde resulta urgente bajar la producción, reducir los costos y llevar a cabo ajustes de personal.
Si los trabajadores dejan de cobrar el sindicato enfrenta presiones internas y la empresa gana argumentos para replantear sus propuestas.

Y es que, la discusión verdaderamente importante ocurre en otro lado.
VW está decidiendo qué plantas recibirán los proyectos, el desarrollo tecnológico y la prioridad en el presupuesto de los próximos años.
Y Puebla tiene que pelear por ellos.
Ahí es en donde entra el gobierno estatal.
Para hacer política industrial.
Sentarse con la dirección de Volkswagen y poner sobre la mesa nuevos esquemas y modelos de trabajo conjunto para no perder competitividad.
Existe un riesgo real de que la planta Volkswagen de Puebla comience a hacerse cada vez más pequeña sin que nadie se dé cuenta.
Menos turnos, menos producción, menos trabajadores y proyectos a futuro que nunca llegan.
Una realidad complicada, una tormenta perfecta que la economía de Puebla no puede ni debe permitirse.
