Por Alejandro Mondragón
Tampoco había sido el peor de sus podcasts. Tenían cada aberración en redes sociales que alarmaría hasta al más liberal.
Lo que les falló fue el timing. Justo cuando la presidenta Claudia Sheinbaum lanza su Ley de Derecho a las Audiencias para radio, televisión y, sobre todo, redes sociales, aparece el escándalo del aroma a baúl en los adultos mayores.
Sí, las diputadas morenistas Nayeli Salvatori y Graciela Palomares, junto a la hermana de la primera, y una infumable exconductora de Televisa le lanzaron un bazucazo a la base electoral de Cuarta Transformación.
Y todavía se pusieron roñosas.
Entonces, dos agravios: atentar contra el cimiento de la 4T y descarrilar el derecho de las audiencias.
Ni siquiera por enteradas andan de su irresponsabilidad que llevó a la lideresa nacional de Morena, Ariadna Montiel, a exigir su suspensión de derechos partidistas ante la Comisión de Justicia del partido.
La mandataria Claudia Sheinbaum repudió su comportamiento racista, justo en víspera de una gira de reforestación por Puebla que hubiera sido un suplicio si antes no se ratificaba la sanción contra este par.
El líder del Congreso, Pavel Gaspar, todavía se atrevió a decir que podrían aún ser incluidas en las encuestas para el 2027, peeeero la Comisión Nacional de Derechos Humanos le enmendó la plana. Que el legislativo se pronuncie contra ellas y las capacite en garantías individuales, Mocos, por tibio.
Ellas fueron cavando su propia tumba, porque lo peor ya no era lo dicho en el podcast, sino en el manejo de la crisis, a cargo de esa cuenta en redes: Capital Puebla. Terminó por hundirlas, como los asesores a Mario Marín ante el escándalo de las grabaciones con Kamel Nacif sobre la periodista Lydia Cacho.

Por Salvatori y Palomares nadie salió a defenderlas, aunque ellas incluso se montaron en campañas de desprestigio de sus aliados contra críticos, como este reportero. Ahora al cadalso.
Se han metido en lo personal, posteando y calumniando campañas negras, sin voltear a ver lo que sus exparejas dicen de ellas, de cómo les roban, son infieles, amenazan y chantajean, como a aquel que un día una de ellas le dijo que quería un trio contra mujer, el marrano aceptó gustoso. Cuando le pidió participar, ella le dijo que prefería ver, eso la estimulaba más, al final lo videograbó y usó en juicio de divorcio para acusarlo de infidelidad y sacarle una jugosa pensión.
La que se ríe se lleva y se chinga.
Así se las gastaban, mientras la otra presumía formar parte del harem de varios exgobernadores y políticos con poder de ocasión. Hasta fotos y videos dice que tiene.
Cuando gusten exhibo las denuncias contra de este par, radicadas en diversas fiscalías del país.
Pero el punto no es que sean peores que otros morenistas ligados al narco, crimen organizado, corruptas o déspotas.
Fueron la gota que derramó el vaso. Sirven de mensaje para otros y otras. Jamás leyeron las señales de Coahuila porque tampoco les da, ni a ellas, menos a su alcohólico asesor:
Los perfiles de escándalos, como el de Antonio Anttolini, quien con su asesora la poblana Claudia Rivera Vivanca, fueron sepultados en votos por el PRI en la última elección.
La presidenta Claudia ya no quiere más desfiguros ni pillerías.
El electorado se cansó de tanta arrogancia y vulgaridad.
Al final, ellas fueron el eructo y el escupitajo que precede el hedor bucal tras una borrachera con charanda.
Ni sus protectores se metieron. Las dejaron solas, arrojadas al baúl de la ignominia.

