Por Jesús Manuel Hernández
Todos los gobernadores, al menos desde tiempos de Fausto M. Ortega, han tenido más o menos las mismas circunstancias para influir en la administración de la capital, la cereza del pastel, al estar en la misma ciudad los dos poderes ejecutivos, el estatal y el municipal.
Prácticamente las decisiones del PRI sobre a quién mandar como candidato a gobernador eran negociadas con los grupos locales, de ahí que el primer trienio, del sexenio, impedía que el gobernador impusiera candidato en la capital, asunto que se reservaba para la mitad de su gobierno, el siguiente trienio.
Podrían contarse muchas anécdotas sobre cómo, cuándo, dónde y quiénes, eran los candidatos ideales para los aspirantes a gobernador, casi siempre mandados desde el centro, donde las negociaciones entre los sectores del PRI, los grupos de poder en torno al Presidente y demás actores, como la Iglesia y algunos empresarios y banqueros, afinaban las listas.
Quizá los más recientes ejemplifiquen esta premisa.
Guillermo Jiménez Morales llegó por la influencia de Gustavo Carvajal y le puso como candidato a la Presidencia Municipal de la capital a Victoriano Álvarez, un poblano que había incursionado en la campaña presidencial y cuyos orígenes estaban íntimamente relacionados a la comunidad de comerciantes enraizados con la colonia española, el sector donde Guillermo no tenía todas las canicas, por así decirlo.
Guardó a su gente, Jorge Murad, para el siguiente periodo.
Mariano Piña Olaya le había prometido la candidatura de la capital a Marco Antonio Rojas Flores, en una negociación con un grupo empresarial local, pero los poblanos agrupados en torno a Guillermo Pacheco Pulido convencieron al delegado, Mario Vargas Saldaña, de darle el espacio a los poblanos contra la imposición de Piña Olaya. Marco Antonio entró en el segundo trienio.
Manuel Bartlett no intentó meter a nadie, simplemente negoció con los grupos locales bajo la premisa de “Los Hombres del Cambio” con Rafael Cañedo Benítez y Ricardo Menéndez Haces en la cabeza; el segundo trienio lo trabajo para Germán Sierra Sánchez, pero los poblanos le dieron el golpe y le quitaron la cereza del pastel con Gabriel Hinojosa Rivero.
Melquíades Morales Flores estuvo a punto de cambiar las reglas, pero la figura de Mario Marín, poblano, no era de sus cercanos, él hubiera preferido a otro. Y en el segundo trienio perdió Carlos Alberto Julián y Nácer, frente a Luis Paredes.
Mario Marín quiso imponer a Mario Montero, pero las negociaciones favorecieron a Enrique Dóger Guerrero, y en el segundo trienio Montero fue vencido en las encuestas por Blanca Alcalá a quien prácticamente mandó Marín a perder, pero ganó.
Con Moreno Valle no fue diferente, tuvo que negociar la candidatura del primer trienio con el grupo del PAN que le abrió las puertas y así llegó Eduardo Rivera Pérez.
El segundo trienio fue para Antonio Gali, cercano a RMV y con una misión que cumplir, brincar al mini gobierno para abrir el paso a Martha Érika.
En cambio con Barbosa, el primer trienio favoreció a Claudia Rivera Vivanco, ajena a Barbosa, pero sí identificada con Morena original, y quien padeció la persecusión de Barbosa que al final decidió para el segundo trienio dejar ganar a Lalo Rivera para impedir la reelección de Claudia.
Para todos es conocido el tema del gobierno actual, Alejandro Armenta tuvo que aceptar a Pepe Chedraui y guardar sus cartas para el segundo trienio. Pero las condiciones no son ventajosas, el papel del ex presidente del Comité Municipal del PRI, revestido de MORENA, no ha podido consolidar el liderazgo en la capital.
El 2027 es un año clave para el movimiento, es la prueba de fuego para saber si mantendrán el dominio en el Poder Legislativo y en consecuencia los gobiernos de estados y municipios en el 2030.
Es decir, si Morena pierde la capital de Puebla, la cereza del pastel, pondrá en riesgo su permanencia en otros niveles de gobierno.
Quizá así se entienda el interés, la estrategia de Armenta al intervenir en la pavimentación de calles y el llamado de atención a quienes quieren reelegirse. O sea al buen entendedor, pocas palabras.
O por lo menos, así me lo parece.

