03-04-2025 12:50:02 AM

México, un cementerio

Por Jesús Manuel Hernández

 

Ninguna persona que haya visto las fotografías divulgadas sobre el cementerio clandestino del rancho Izaguirre en Jalisco puede no sentirse afectado por lo que está pasando en México.

Hace décadas se decía que, en el país, “donde se rascara, aparecía petróleo”; hoy, se afirma con mucha veracidad, que “donde se rasque aparecerán restos humanos”.

La cifra de desaparecidos alcanza los 120 mil, según reportes oficiales, pero los expertos dudan que esa cantidad sea suficiente para contabilizar a los mexicanos asesinados bajo el tema del llamado “crimen organizado”.

Tres hornos crematorios subterráneos con restos humanos calcinados, miles de huesos, objetos personales, zapatos, mochilas, anillos, adornos, todo posando junto a la “santa muerte”.

Las fotografías fueron comparadas de inmediato con las aparecidas en los carteles alusivos a Auschwitz. Le han dado la vuelta al mundo, aparecieron en todas las agencias informativas y sirvieron para subir las sospechas de que el gobierno de Jalisco sabía del asunto y guardó silencio.

Un editorial del “Semanario Desde la Fe” afirma con acierto: “Un niño o un adolescente portando un arma nos debe de indignar. Un grupo de criminales golpeando con tablas a transportistas nos debe de indignar. Una persona muerta a causa de la violencia en el país nos debe de indignar. El hallazgo de una fosa común, en el lugar o la región que sea, nos debe de indignar. La desaparición forzada de una sola persona nos debe de indignar”.

“Observar a miles de madres, padres, hermanos, hermanas, abuelas, abuelos, buscando a sus familiares secuestrados por la delincuencia nos debe de indignar… Hemos escuchado de un muerto aquí y allá, los dos de Cerocahui, 72 en San Fernando, 43 en Ayotzinapa, 29 en Culiacán, y un gran número de desaparecidos en México”.

La tarde del sábado se efectuaron varias vigilias y protestas en varias ciudades del país por la localización de los restos de Teuchitlán, una de ellas en la capital del país, donde una pancarta llamó la atención de los corresponsales extranjeros: “México no es un país, es una fosa”.

Quizá sea una de las afirmaciones, premisa, de lo que verdaderamente está pasando en el país, independientemente del color del partido que gobierne.

A los colectivos de las llamadas madres buscadoras se han unido otros que denuncian la presencia de cementerios similares en Puerto Vallarta y en Quintana Roo, donde al menos hay siete sitios identificados.

¿Cómo se originó este escenario tan inhumano en un país cuyo gobierno profesa un “humanismo mexicano”?

¿Cómo ha sido posible que oficialmente se reconozca que hay al menos 120 mil desaparecidos?

Si algunos de esos ”desaparecidos” hubiera sido miembro de una familia de notables, ¿acaso la reacción de los gobiernos hubiera sido la misma?

Los muertos, los desaparecidos, eran jóvenes con pocas posibilidades económicas que buscaron trabajo y encontraron ofertas en las redes sociales, en Facebook según ha relatado alguno de los sobrevivientes, donde los salarios ofrecidos eran muy superiores a los convencionales.

¿Cómo fue posible que la policía cibernética no haya detectado nada de esto?

Es evidente que los pobres, los más pobres de este país, son la mercancía de los grupos del crimen organizado, y más evidente que los gobiernos, de todos los colores, no han sabido, no han podido resolver el gravísimo problema que ha expulsado mano de obra a Estados Unidos y puesto en charola de plata a la fuerza trabajadora para los cárteles asentados en México.

O sea, que eso de “primero los pobres” quedó en una simple frase de campaña.

O por lo menos, así me lo parece.

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