26-01-2022 05:56:20 PM

Sucesión en Puebla, sin sabotajes

Por Alejandro Mondragón

 

Los tiempos de la sucesión por Casa Aguayo ya están en marcha. El gobernador Luis Miguel Barbosa reconoce públicamente que hay aspirantes en plena campaña:

 

El senador Alejandro Armenta Mier; el diputado federal Ignacio Mier Velazco; y el alcalde panista de la capital, Eduardo Rivera Pérez.

 

Y absolutamente nadie se los impide, bloquea o sabotea sus reuniones.

 

Qué nuevos tiempos se viven, después de que la sucesión por la gubernatura se convertía cada sexenio en un tema tabú, en el que los suspirantes sólo podía eso, suspirar, en espera de la línea que dictaba el mandatario en turno.

Mariano Piña Olaya hizo hasta lo imposible para impedir que el entonces senador, Ángel Aceves Saucedo o el exalcalde Guillermo Pacheco Pulido se convirtieran en sus sucesores. No los dejó moverse ni un milímetro.

 

Manuel Bartlett tampoco quiso que Melquiades Morales Flores lo relevara en el cargo, porque sería la ruptura de la continuidad que quería para sus megaproyectos Angelópolis. La sucesión presidencial que abría una rendija al entonces mandatario poblano hizo que soltara el proceso en una elección interna en la que salió derrotado.

 

Peeeeero a Melquiades le echó el aparato y siempre jugó su carta con José Luis Flores Hernández, entonces secretario de Finanzas.

 

Melquiades Morales no tuvo de candidato a Mario Marín Torres, quien se le impuso con una estructura a ras de suelo. El entonces gobernador vivió dos tragedias, porque sus dos cartas fallecieron, uno físicamente Rafael Cañedo Benítez, y el otro, Carlos Alberto Julián y Nácer perdió la alcaldía en la elección intermedia frente a Luis Paredes.

 

Ya después Marín quiso dejar a Javier López Zavala, quien perdió en las urnas frente al opositor Rafael Moreno Valle, gobernador que a su vez controló la mini sucesión con Antonio Gali y luego con Martha Érika Alonso hasta que el helicopterazo cambió todo.

 

Ahora se deja jugar a quien pretenda la gubernatura, no hay marcas personales, la buena o mala prensa es cuestión de cada uno, pero no hay línea para descarrilar a nadie.

 

Son otros tiempos de la sucesión en la que quizá falte la carta ciudadana que vendría a modificar escenarios, pero esa, sin duda, es otra historia.

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