26-11-2020 08:58:19 AM

Los niños cantores de Rosario

Por Valentín Varillas

Zebadúa ya entregó a Rosario Robles.

Quien por años fue su hombre de todas sus confianzas ha dicho lo que sabe a cambio de impunidad.

Siguiendo el ejemplo de Emilio Lozoya, se adhiere a la ambigua figura del “testigo protegido”, para no pagar ante la justicia las corruptelas que cometió.

Él, Robles y el resto de la pandilla.

Y es que en esta, como en otras historias de desfalco al erario, existieron complicidades al más alto nivel.

Complicidades muy rentables para todos los involucrados.

Y es que, robarse más de 7 mil millones de pesos a través de la famosa Estafa Maestra requiere de un trabajo conjunto, organizado, sistemático; no a la voluntad de una sola mujer.

Sin embargo, todo indica que las consecuencias jurídicas de semejante transa, se pagarán en lo individual.

Hay razones personales de por medio, por supuesto.

A Robles le están cobrando también los videos de Bejarano, su relación personal con Carlos Ahumada y una supuesta traición al grupo político de Andrés Manuel López Obrador que hasta la fecha no se olvida.

 

Pero lo que más llama la atención en esta historia es la facilidad con la que los incondicionales de Rosario la están traicionando, a pesar de que en lo individual también se beneficiaron con el sistemático desvío de recursos públicos.

Además de Zebadúa, traidor confeso, está también el caso del poblano Juan Carlos Lastiri.

Aquel que ha regresado a la política local, sin el menor cargo de conciencia.

Hoy al frente de la CNOP poblana y con miras a colarse a una diputación local en el 2021.

Acciones de este tipo, solo se explican a través de la confianza que da la impunidad.

Lastiri está seguro que su actuar en el caso de la Estafa Maestra no tendrá consecuencias legales para él.

Por eso, en su lógica, lo más normal es aspirar a puestos públicos sin el menor cargo de conciencia.

El poblano piensa que ya cumplió.

Que lo que en su momento le exigieron -por las buenas o por las malas- ha quedado saldado y que ya nadie le podrá reclamar nada, absolutamente nada.

Que ya cantó todo, absolutamente todo lo que le dijeron que había que cantar.

Que el trago amargo que vivió con aquella extraña, pero al final muy rentable desaparición, por fin valió la pena.

Y que volver a intentar figurar en el terruño, aunque sea a través de la más burda de las traiciones, es lo más normal del mundo.

Total, hoy más que nunca, los conceptos lealtad y política parecen ser mutuamente excluyentes, a pesar de que la historia nos ha enseñado con toda contundencia que, en la “cosa pública”, también existe el Karma.

Y de qué forma.

 

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