22-10-2020 04:17:56 AM

Los vetos a Lalo

Por Valentín Varillas

 

Varios son los vetos que enfrenta Eduardo Rivera Pérez en su camino rumbo a la candidatura del PAN a la presidencia municipal de Puebla en el 2021.

De entrada, al interior de su partido, tendrá que remar contra lo poco que queda del grupo político de Rafael Moreno Valle, quienes lo siguen viendo como un auténtico enemigo.

Pero también en el gobierno estatal.

Aunque muchos han pronosticado que, ante el enfrentamiento político que existe entre la presidenta Rivera Vivanco y el gobernador Barbosa, se daría una alianza de facto para que desde Casa Aguayo se apoyara al panista, lo cierto es que para nada es bien visto por el jefe del ejecutivo estatal.

Sin embargo, la más férrea oposición a una potencial candidatura de Rivera Pérez viene de la oficina principal de Palacio Nacional.

Ahí, no lo quieren ver ni en pintura.

Su participación en el proceso electoral local del próximo año, sería interpretada como una afrenta personal al propio presidente.

Si bien, en teoría poco tendría que ver AMLO en la designación de candidatos de un partido opositor, existen valores entendidos en los usos y costumbres de la política nacional que si se trasgreden, existen consecuencias importantes.

Una de ellas, el mal entendido respecto a la figura presidencial y a su capacidad de veto a proyectos políticos de quienes son considerados como “enemigos”, ya no adversarios.

A esa lista, ha entrado Eduardo Rivera como consecuencia de la coyuntura electoral del 2018.

Antes de consolidar su amarre con el morenovallismo, tuvo la oportunidad de sentarse con lo más granado de los miembros de “la mesa de estrategia”, asentada en la colonia Polanco de la Ciudad de México.

Se trataba, nada más y nada menos, del núcleo de toma de decisiones políticas de Andrés Manuel López Obrador.

Fue llevado hasta allá por empresarios que formaron parte del llamado “grupo de los cien” y por otros representantes de distintos sectores, en ese entonces opositores a la continuidad del grupo de Moreno Valle en la gubernatura poblana.

El objetivo del encuentro era que Rivera fuera medido en la encuesta que se llevaría a cabo para definir al candidato de Morena a la gubernatura de Puebla.

Y es que, Lalo cumplía con todos los requisitos deseables para poder competir por la posición : amplios niveles de conocimiento, buena imagen y posicionamiento entre el electorado potencial, experiencia en el servicio público y sobre todo, enormes y aparentemente irreconciliables agravios con Rafael y sus secuaces.

La reunión, juran los testigos, se llevó a cabo en un inmejorable ambiente.

Más que diferencias, lo que existieron fueron importantes coincidencias entre uno de los más ortodoxos representantes de la derecha poblana y la mal llamada “nueva izquierda nacional”.

Uno de los temas centrales fue la persecución política que sufría Rivera, disfrazada de un procedimiento legislativo que, en ese momento específico, podía haber afectado su futuro político.

“Protección ante los abusos de Moreno Valle”, fue la petición concreta y textual que ahí se hizo.

El acuerdo primero fue que, de entrada, se darían tiempo para madurar la propuesta.

Que al cabo de unas semanas de madurar el asunto se haría otro encuentro para revisar las condiciones de un posible y más profundo entendimiento en lo político y tener ya una respuesta por parte de Rivera, a su posible participación en el proceso interno de Morena.

De paso, se consideró la posibilidad de que el ex edil fuera parte de la fórmula que competiría por el Senado de la República, por si el otro escenario representaba un cambio radical para él.

En el entretiempo, Lalo tendría contacto permanente con un selectísimo grupo de miembros y operadores en Puebla; gente de toda la confianza de López Obrador.

Todo caminaba, hasta que empezaron a filtrarse las reuniones.

Esto prendió los focos rojos del morenovallismo que, a su vez, comenzó a operar de inmediato.

Las ofertas de impunidad y  los típicos mecanismos de presión, característicos del ex mandatario y sus operadores, pegaron fuerte en el ánimo rebelde y opositor de Rivera Pérez.

Entonces decidió regresar al redil y sabotear su incipiente ensayo de mutación ideológica.

No hubo un segundo encuentro en aquella selecta pero poderosísima “mesa de estrategia”.

Ni tampoco se manejaron, de frente, las razones que lo movieron a desperdiciar una oportunidad histórica para cualquier político con aspiraciones.

Jamás imaginó que las consecuencias de su negativa lo perseguirían hasta ahora y pudieran ser un impedimento real para llegar al poder, otra vez.

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