28-05-2020 07:42:59 AM

El ridículo garlito de la dimisión

Por Valentín Varillas

Erraron y feo, quienes la semana pasada manejaron en medios la posibilidad de que el presidente López Obrador dejará el cargo a finales de este 2020.

Según ellos, abrumado por las consecuencias sanitarias, económicas y hasta políticas de la pandemia generada por el coronavirus, el jefe del ejecutivo federal negociaría su dimisión con los poderes de facto.

Por supuesto no hay, ni hubo jamás alguna base real que pudiera justificar tal conclusión.

De entrada, por lo menos en esta fase de la epidemia, el apoyo popular y la confianza a la figura presidencial han sido patentes.

Más allá de lo que se maneje en círculos políticos o de opinión publicada, los números fríos reflejan un aumento en los niveles aprobación de AMLO.

El Financiero, por ejemplo, publica una encuesta en donde el indicador crece 8% en el último mes, después de quince semanas de bajas consecutivas.

Llama la atención el punto de quiebre en tiempos tan complicados, pero se trata de una percepción positiva mayoritaria sobre cómo el gobierno federal ha enfrentado la crisis sanitaria actual.

No hay que buscarle mucho.

Más allá de esto, adelantar una dimisión presidencial apenas con 17 meses en el gobierno, es apostarle a la debilidad institucional del país y las peligrosas consecuencias que esto traería.

Los presidentes en México deben, por mandato constitucional, terminar su periodo de gobierno, más allá de las opiniones, a favor o en contra de lo que se ha hecho y del pronóstico que se tenga de lo que en el futuro inmediato vendrá.

Así debe ser, nos guste o no.

Apostar a dejar incompleto un sexenio, por un tema de filias y fobias –personales o políticas- es querer que el país se desbarranque.

Si de logros y omisiones dependiera el termino de un mandato, ningún presidente anterior al actual debería de haber durado seis años al frente del ejecutivo.

Además, pensar que un hombre como López Obrador pudiera renunciar a ejercer el poder es de plano no entender nada de su personalidad y forma de ser.

Se trata de un hombre público por naturaleza, un adicto al poder, la definición más clara de un “animal político” en el sentido aristotélico.

Alguien con estas características no renuncia, mucho menos después de tres campañas presidenciales y 30 millones de votos a su favor.

Doce años buscando llegar a la meta no se anulan por el desgaste natural de gobernar y por tener en contra a buena parte del llamado “círculo rojo”.

Mucho más tendría que pasar para que un escenario así se concretara.

Es más, los que manejaron el tema de la dimisión, son los mismos que en campaña aseguraban que, de ganar AMLO la presidencia y tener el control absoluto del legislativo federal, se modificaría todo el entramado legal para garantizar su permanencia más allá del 2024.

¿Y entonces?

¿Se va antes o se eterniza en el poder?

No se ponen de acuerdo.

Lo cierto es que, no hay mucho que pensar en este tema.

Le guste o no; nos guste o no, va a haber y debe de haber 4T hasta la próxima elección presidencial.

Y ahí sí, cuando llegue el momento, que México decida.

 

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