¿Y los votos de Martha Érika?

Por Valentín Varillas

 

En la elección a gobernador de Puebla, apenas hace un año, Martha Érika Alonso obtuvo, según el PREP, más de 950 mil votos.

En el mismo proceso, su competidor, Luis Miguel Barbosa, tuvo un nivel de votación de 861 mil.

La participación ciudadana en ese proceso fue histórico, por arriba del 67%.

El domingo pasado, Enrique Cárdenas, el candidato de la misma alianza de partidos con los que compitió la ex gobernadora, obtuvo, según el mismo PREP, cerca de 507 mil sufragios.

Por su parte, el ganador de la contienda, Luis Miguel Barbosa, pudo alcanzar los 682 mil.

En la elección 2019, votó apenas el 33% de los inscritos en la Lista Nominal.

El bajo porcentaje de poblanos en las urnas le costó a la alianza que encabezó el PAN más de 440 mil votos.

En contraste, al candidato de Morena, el abstencionismo le significó la pérdida  de apenas 179 mil.

La primera coalición de partidos se vio afectada en un 47% por este fenómeno.

La segunda, vio mermado su capital electoral en 21%.

¿Cómo entender lo anterior?

Si partimos del hecho de que en esta ocasión, no apareció en la boleta López Obrador y su famoso “efecto de arrastre”, además de que existe un natural costo político en el ejercicio del poder, tanto a nivel presidencial, como en los municipios gobernados por Morena en Puebla, con un nivel apenas cercano a lo obtenido el año pasado, el candidato del PAN-PRD-MC tendría que haber sido el claro ganador de la contienda.

Sobre todo si se toma en cuenta que en el esquema de alianzas ensayado hasta el cansancio por el morenovallismo, Acción Nacional era el que -por mucho- aportó siempre la mayor cantidad de votos.

En este contexto, la legión de fieles seguidores de Martha Érika y Rafael, para mantener su legado y repetir el estilo de gobierno que tanto defienden, o bien por el simple hecho de honrar su memoria, tendrían que haber salido a votar de forma masiva por el partido que los llevó al poder.

No fue así.

Los estrategas de campaña y dirigentes partidistas jamás se plantearon seriamente lo anterior.

El ambiente de derrota anticipada se vivió desde el inicio de la contienda en las huestes panistas y de manera mucho más acentuada, en los herederos del grupo político que forjó el ex gobernador Moreno Valle.

Para nadie es un secreto que, para ganar elecciones, Rafael y compañía echaron mano se una sofisticada estructura de operación electoral y de recursos, paralela a la de los partidos y que resultó fundamental en el proceso de obtención de votos desde el 2010.

¿Tanto pesaba?

Con sus operadores aparentemente fuera de la vida política local, los números indican que murió también semejante logística.

Ahora, el PAN poblano y sus aliados -si es que mantienen la unidad después de la derrota del domingo- tendrán que refundarse y plantear un nuevo esquema de competencia electoral, basado en candidatos y méritos propios, que se aproveche además de la descomposición acelerada del bono democrático del que todavía disfrutan sus rivales en el poder.

Sí, estos son los nuevos tiempos y retos de la política poblana.

 

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