Amor y odio por los partidos

Por Valentín Varillas

 

Más allá de una súbita y seguramente cortoplacista afinidad política, Enrique Cárdenas y Gabriel Hinojosa comparten una relación de amor y odio con el sistema de partidos que rige las reglas del juego político en México.

Ya vimos cómo, después de despotricar contra ellos, condenar los protocolos, usos y costumbres de su vida interna y llamarlos “mafias” controladas por auténticos impresentables, Cárdenas sucumbió al canto de las sirenas y hoy compite electoralmente bajo la tutela, no de uno, ni de dos, sino de tres de estos partidos.

Algo muy similar le ha sucedido a Gabriel Hinojosa en su paso por la vida pública poblana.

El repudio del ex alcalde hacia los partidos  y a la política piramidal y estatutaria puede resultar entendible; la compartimos en diferentes grados y medidas millones de mexicanos desencantados de la política tradicional.

Sin embargo, en coyunturas pasadas, Hinojosa también buscó abiertamente el apoyo de institutos políticos -inclusive de aquellos que son completamente ajenos a la ideología en la que se formó- para obtener un beneficio político personal o bien poder competir en procesos electorales.

Previo a la elección local de 2007, el ex panista coqueteaba simultáneamente con el Partido Alternativa Socialdemócrata y con el Partido del Trabajo, la candidatura a la alcaldía de Puebla.

El PAS había anunciado con bombo y platillo que Hinojosa sería su abanderado, destacando hasta el cansancio las virtudes de quien fuera el primer alcalde emanado de un partido diferente al PRI en la historia de Puebla.

Por un lado se trató de vender que Gabriel había quedado en medio de un fuego cruzado entre dos personajes fundamentales en la toma de decisiones al interior del PAS: el dirigente nacional Alberto Begné y la ex candidata presidencial, Patricia Mercado.

 

Según esta versión, el primero de ellos habría realizado un muy profundo y sesudo análisis de la realidad electoral del estado y llegado a la conclusión que la candidatura de Hinojosa significaría hacerle el juego sucio al PRI dividiendo el voto panista, o por lo menos el voto opositor al tricolor.

Por su parte, Mercado era de la idea de que su partido apoyara una candidatura ciudadana, que descansara en un personaje con altos niveles de conocimiento y aceptable imagen entre buena parte del electorado, que le permitiera al PAS iniciar su trabajo político en Puebla con una oferta seria que le diera credibilidad al partido y facilitara su crecimiento electoral local en el corto plazo.

Fue entonces cuando Hinojosa recibió la llamada de “alguien” que le transmitió un mensaje muy claro y contundente de su primo hermano, Felipe, en el sentido de que, en Los Pinos, no verían con buenos ojos su participación en una contienda electoral por un partido político diferente al PAN y en un estado que era particularmente atractivo en la estrategia electoral de Acción Nacional en el mediano plazo.

El entonces presidente, Calderón, privilegió la institucionalidad partidista antes de las profundas diferencias históricas que mantenía con los “yunquistas”, grupo que en ese tiempo controlaba todavía las decisiones al interior del blanquiazul.

Para esto, se dice que las huestes del entonces candidato, Toño Sánchez Díaz de Rivera, se movieron hasta el cansancio y operaron con interlocutores de peso, que le pidieron al final al presidente su intervención para evitar que la candidatura de Gabriel dividiera aún más a los panistas poblanos.

Hinojosa, a pesar de lo anterior, acabó amarrando su candidatura por el PT.

Previo a la elección federal del 5 de julio de 2009 y luego de su reciente fracaso como “candidato tradicional”, Gabriel intentó otra vez vestirse de ciudadano apartidista y encabezó en Puebla el movimiento para invitar a los electores a que acudieran a las urnas a anular su voto.

El argumento era muy claro: los partidos no sirven para canalizar efectivamente las demandas ciudadanas.

Si bien la medida respondió en su momento a sus intereses particulares y fueron el resultado inmediato de la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de impedir que en nuestro país pudieran aprobarse las candidaturas ciudadanas, el hecho de haber promovido esta forma de abstención, le convino a un partido, el PRI, que en las urnas depende únicamente de su voto duro.

Así nació el famosos G2G, un movimiento que nunca tuvo claro si fomentar el voto nulo, si apoderarse de un partido insignificante para repartir candidaturas entre ellos o seguir enarbolando la ambigua bandera “ciudadana” para atraer potenciales simpatizantes.

Hoy, Gabriel encabeza los esfuerzos de “Sumando por Puebla”, una organización que se ha caracterizado por su crítica férrea a los institutos políticos y que recientemente –oh bendita congruencia- ha presentado ante las autoridades electorales poblanas su solicitud para convertirse en partido político local.

Esquizofrenia pura.

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