Gobernar sin contrapesos

Por Valentín Varillas

 

Las mañaneras del presidente López Obrador, además de marcar la agenda mediática diaria del país, se han convertido en la plaza pública donde se exhiben sin pudor las cabezas de quienes en la óptica oficial deben de ser considerados como “indeseables”.

Ahí, se juegan prestigios, honras, pero sobre todo, se define el futuro de quien o quienes tienen la desgracia de haberse convertido en involuntarios protagonistas del matutino evento.

Lo de menos es que haya pruebas o no, inclusive si existe veracidad en lo que ahí se asegura.

Basta con que el jefe del ejecutivo lo diga, para que se convierta en una realidad incuestionable.

A pesar de la importancia de los temas que se han tocado y de la gravedad de los señalamientos directos que se han hecho en contra de personajes de la vida pública nacional, jamás existen consecuencias legales para los aludidos.

Tal parece que la intención es aniquilarlos en términos de opinión pública y publicada.

Nada más.

Ex presidentes, empresarios, partidos opositores, medios de comunicación, dirigentes de órganos autónomos y prácticamente cualquiera que se ha atrevido a cuestionar alguna decisión tomada por el jefe del ejecutivo federal, han vivido en carne propia las consecuencias de ser señalado como enemigo de la 4T.

Es evidente que no se trata de un tema casual o improvisado.

Se busca ir quitando del camino a quienes representan un obstáculo en la consecución de los objetivos de este gobierno y sustituirlos por perfiles cómodos que, lejos de restar, sumen.

De paso, se intenta generar un efecto inhibidor que en los hechos resulta muy benéfico para quien ejerce el poder: que otros críticos y opositores pongan las barbas a remojar.

Tal vez, en términos de estrategia política, esta sea la necesaria que busca sentar las bases para lograr los radicales cambios prometidos en campaña y estar a la par de las enormes expectativas generadas a partir de la demoledora victoria obtenida el 1 de julio.

Ojalá.

De ser cierto esto, la beligerancia y polarización con la que se ensaya el discurso oficial serían temporales y una vez agotadas, podría iniciar -ahora sí- un proceso serio de inclusión y de reconciliación nacional, con la apertura y tolerancia necesarias para que la vida pública nacional se enriquezca con todo tipo de opiniones, con todas las voces y no únicamente las que endulcen el oído presidencial.

Y es que, hasta el momento, todo indica que para nuestro presidente únicamente existimos y contamos los más de treinta millones de mexicanos que votamos por él.

Hoy, por desgracia, en la óptica oficial, los demás son lo de menos.

No hay cabida para el disenso, todavía.

 

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