AMLO-Claudia; realidades opuestas

Por Valentín Varillas

 

Andrés Manuel López Obrador y Claudia Rivera Vivanco, cada uno en su nivel y su ámbito de influencia, representaron en su momento la esperanza de un cambio radical en los usos y costumbres de la práctica política y la administración pública.

Ambos compitieron por la titularidad de un ejecutivo, aunque los niveles de gobierno sean distintos, y recibieron la confianza de la enorme mayoría de los votantes que les dieron su confianza en las urnas.

Sus triunfos son inobjetables desde el punto de vista de la legitimidad electoral.

Arrasaron con sus contrincantes en buena ley, aunque es evidente que el resultado que logró la alcaldesa de Puebla es consecuencia directa del enorme arrastre que tuvo el candidato presidencial en la contienda de julio pasado.

Sería muy interesante conocer el valor real que como producto electoral tiene Rivera Vivanco, al verla competir por un cargo de elección popular sin el manto protector de López Obrador.

A pesar de todas estas similitudes, existen enormes diferencias en los inicios del gobierno federal y el de la capital de Puebla.

Andrés Manuel ha sorteado con éxito, en términos de imagen y opinión pública, los primeros desafíos de su gobierno, que por cierto no han sido menores.

Canceló contra viento y marea el proyecto del nuevo aeropuerto en Texcoco, aplicó a rajatabla políticas de austeridad sumamente impopulares entre la alta burocracia nacional y enfrentó el robo de combustible asumiendo las consecuencias del desabasto que se generó en varios estados del país.

Tan solo por mencionar los más relevantes.

Todo esto, lejos de generarle un desgaste, que podría ser considerado como el precio normal a pagar por el ejercicio del poder, ha hecho crecer su popularidad y los niveles de aceptación a 9 de cada 10 mexicanos.

Impresionante.

Rivera Vivanco, por su parte, no ha sabido cómo enfrentar los retos más importantes que se le plantean en su nueva responsabilidad.

Sus planes y proyectos para combatir la delincuencia, no han despertado la confianza ciudadana.

Más del 90% de los habitantes de la capital, según encuesta del INEGI, no se sienten seguros en la ciudad, lo cual representa un demoledor referéndum a su gobierno.

Y lo peor, hemos sido testigos de auténticas historias de terror en donde policías municipales siguen estando involucrados en la comisión de actos delictivos.

El gobierno municipal de la capital mostró una absoluta falta de efectividad para dar pasos importantes hacia la resolución del tema del ambulantaje y fracasó enormemente en la organización y operación de los procesos electorales para elegir a autoridades auxiliares.

Al interior de la comuna, se vive también un conflicto derivado de intereses entre trabajadores sindicalizados, que puede convertirse muy pronto en una peligrosa bomba de tiempo.

Para justificar la falta de resultados, la alcaldesa y su equipo han optado por la victimización, la teoría del complot y el sabotaje.

López Obrador, pudiendo seguir la misma línea discursiva, ha preferido dar  resultados.

Como sea, pero cumple con los objetivos trazados.

Sin embargo, la principal y más obvia diferencia entre ambos personajes ha sido la capacidad de liderazgo.

Nadie duda de que López Obrador es quien lleva las riendas del gobierno federal.

Podrá haber conflictos entre los miembros de su gabinete, pero todos -sin excepción- se cuadran ante él y siguen al pie de la letra sus indicaciones.

Jalan para el mismo lado.

En contraste, frente a la falta de autoridad de Rivera Vivanco, al interior del gobierno de la ciudad se han formado células encabezadas por distintos capitanes, cuyo actuar no abona necesariamente a los intereses de la presidenta.

Al contrario.

En la comuna, cada quien trae su juego, como en el de Juan Pirulero.

Ya sea desde la sindicatura, o desde el cabildo, hasta en direcciones y puestos de menor rango en la administración pública municipal, se operan grupos de poder que, más allá de las jerarquías, en los hechos se mueven solos.

Arranques distintos y también perspectivas a futuro muy diferentes son las que enfrentan Claudia y Andrés Manuel; caras muy distintas de una misma moneda de esperanza, que en el caso concreto de Puebla capital, seguirá siendo una aspiración condenada, otra vez, a esperar mejores tiempos.

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