¿Dónde quedaron los votos?

Por Valentín Varillas

 

Según cifras oficiales, avaladas por los organismos electorales poblanos y por la mayoría de los magistrados de la Sala Superior del Tribunal Electoral federal, la panista Martha Érika Alonso obtuvo, en la elección a gobernador del 2018, poco más de un millón 150 mil votos, algo así como el 38% del total.

Lo anterior, la convierte en la aspirante al gobierno poblano más votada de la historia, tal y como se manejó en el discurso en pleno conflicto postelectoral.

Si los números siguen siendo fríos y los votos, votos, Acción Nacional tendría que ser un serio aspirante a alzarse con la victoria en la elección extraordinaria del próximo 2 de junio.

Si partimos del hecho de que en esta ocasión no aparecerá en la boleta López Obrador y su famoso “efecto de arrastre”, no sería arriesgado incluso señalar que, quien compitiera con semejante capital político detrás, podría ser considerado el enemigo a vencer en la contienda: el auténtico favorito.

Nada más lejos de la realidad.

Encuestas como la del diario El Universal, publicada ayer, colocan al blanquiazul apenas arriba del 14% en intención de voto.

Es decir, si este escenario es realista, el PAN obtendría 63% menos de la votación, en un período de tiempo menor a un año entre procesos electorales.

Increíble.

Sobre todo si se toma en cuenta que el esquema de alianzas ensayado hasta el cansancio por el morenovallismo, Acción Nacional era el que -por mucho- aportaba la mayor cantidad de votos en cada proceso.

Algo de plano no encaja.

¿De verdad vale tanto la figura del candidato, su popularidad y carisma?

De ser así, la legión de fieles seguidores de Martha Érika y Rafael, para mantener su legado y repetir el estilo de gobierno que tanto defienden, o bien por el simple hecho de honrar su memoria, tendrían que estar dispuestos a salir a votar de forma masiva por el partido que los llevó al poder.

No se ve dónde puedan estar.

Esta realidad se nota, no únicamente en las encuestas sino en el ambiente de derrota anticipada que se vive en las huestes panistas y de manera mucho más acentuada en los herederos del grupo político que forjó el ex gobernador Moreno Valle.

Hasta la posibilidad de no mandar candidato para la extraordinaria se ha manejado con seriedad, como escenario probable, pretextando que en Puebla se vivirá una elección de estado.

El mundo al revés.

Los partidos que apenas el año pasado se sumaron gustosos a competir en alianza con el PAN, tampoco ven la mínima posibilidad de triunfo.

Movimiento Ciudadano y el PRD, otrora incondicionales alfiles del morenovallismo, ya adelantan que irán con candidatos propios al proceso, descartando de antemano que vayan a repetir el esquema que tantas victorias políticas le dio a quien hasta hace muy pocas semanas era el grupo político hegemónico en Puebla.

Para nadie es un secreto que, para ganar elecciones, Moreno Valle y compañía echaron mano de una sofisticada estructura de operación electoral y de recursos, paralela a la de los partidos, y que fue fundamental en el proceso de obtención de votos desde el 2010.

¿Tanto pesaba?

Con sus operadores aparentemente fuera de la vida política local ¿se muere también semejante logística?

Si restamos el peso de la estructura, el modesto lugar que ocupa el blanquiazul en la encuesta ¿es lo que vale y ha valido realmente la militancia auténtica y los simpatizantes panistas?

Muchos de estos cuestionamientos tendrán respuesta en función de la manera en la cual se desarrolle el proceso electoral.

Mientras, me parece que Puebla ha sido cuna de una sofisticada alquimia electoral y del más aberrante y extremo surrealismo político.

Insisto, somos el Macondo nacional.

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