
Un Presidente débil está obligado a interactuar con el Congreso y a buscar apoyos con quienes antes no miraba. Así mismo,si renuncia Peña, no quiero a Osorio Chong, a Gamboa o a Manlio o a alguno de sus súbditos de Presidente sustituto (esa sería la consecuencia de su renuncia: que el Congreso nombre a un Presidente para que termine su periodo).
Además, su renuncia no soluciona problema alguno. Si alguien busca un ejemplo similar, puede mirar la petición de licencia de Ángel Aguirre como gobernador de Guerrero. Cuando dejó la gubernatura, más de uno se alegró del “triunfo” de las redes sociales y la presión social, pero pocos repararon en que de nada servía para efectos de mejorar la calidad de las instituciones guerrerenses.
Lo que en realidad serviría sería un juicio político a Peña por el conflicto de interés en la Casa Blanca o por las acciones/omisiones de su gobierno en Ayotzinapa, Tlatlaya o Apatzingán. Pero ese juicio no se llevará a cabo porque el PRI cuenta con la mayoría de Diputados y Senadores. En ese contexto, insistir en un juicio político carece de realismo y alienta la demagogia.
Sin embargo, mi opinión está lejos de querer silenciar o denostar las voces que exigen la renuncia de Peña. Su derecho a pedirlo y lograr algo que no es deseable (según mi perspectiva), no quiere decir que niegue su derecho a expresarse y exigir lo que creen coherente y políticamente viable. Su demanda no carece de sentido.
Cosa distinta piensan los señores Pablo Hiriart y Jorge Fernández Menéndez, quienes critican al periodista Jorge Ramos por “alinearse con AMLO” y por pedir la renuncia de Peña desde la “comodidad” de la distancia. No es el PRI, no es la Presidencia ni algún político ligado a Peña Nieto quien se indigna porque un mexicano avecindado en Estados Unidos pide la renuncia del Presidente. Son dos comunicadores que critican a Ramos porque es fácil pedirlo, según ellos, estando lejos de México o porque eso significa alinearse con AMLO.
Resulta paradójico: Hiriart y Fernández son periodistas y ejercen una libertad de expresión que, sería lógico, tendrían que entender de manera más amplia. Sería interesante conocer su opinión sobre personajes que, desde el exilio, han sido críticos de sistemas dictatoriales o autoritarios. Y también sería importante saber si creen que todas las propuestas de AMLO son deleznables.
Hiriart y Fernández minimizan a dos colectivos (los mexicanos que simpatizan con AMLO y los que no radican en el país) no por las razones que sustentan sus demandas, sino por su coincidencia -mayor o menor- con las propuestas del tabasqueño y por su situación geográfica. Para ellos, la critica tiene dos requisitos esenciales: que no coincida con propuestas AMLO y que sea hecha en México.
Hiriart pide a Ramos pruebas de la corrupción, pero olvida que es al gobierno a quien debe exigir que investigue la compra de una Casa Blanca a un contratista del gobierno o la compra de una Casa de Malinalco al mismo contratista, sin intereses y pagada en efectivo. Y Fernández Menéndez critica el foro y la distancia desde donde Ramos exige la renuncia del Presidente, lo que resulta un contrasentido en un mundo moderno y globalizado, además de una lectura poco acertada de la constitución mexicana, que nunca exige ser mexicano y encontrarse en México para opinar sobre política mexicana.
Sus argumentos demuestran su visión centralista de la critica y del poder. No es extraño: siempre que sea por defender al Presidente, algunos los periodistas están dispuestos a defender el periodismo nacionalista.
¡Que viva Peña!, ¡Que viva México! (gritan)