25-10-2021 11:53:58 AM

Amante desconocido I

Tumbada en la cama y con una ligera sonrisa dibujándose en mis labios, estirándome mientras los rayos solares de la mañana entran a través de las rendijas de la persiana recuerdo aquella agradable aventura que me sucedió hace un tiempo y que cambió para siempre mi vida sexual abriéndome a nuevos mundos hasta entonces completamente desconocidos para mí.

Soy una mujer madura de treinta y tantos largos años y cercana ya a traspasar la difícil etapa que suponen los cuarenta. Ya se sabe aquello de entrar en una nueva década de nuestras vidas y todo lo que eso supone para una mujer. Con el paso de los años y las preocupaciones familiares y laborales fui entrando irremisiblemente en carnes sobrándome algunos kilos de más que logré mantener a raya gracias a grandes esfuerzos en forma de ciertas dietas.

Algo bajita y de larga cabellera rizada y morena que me cae a media espalda, los ojos grandes y de un precioso tono verdoso y unos labios finos y bien perfilados, lo que más destaca en mi apenas metro sesenta son mis generosas formas, mi redondo trasero y esos grandes pechos que aún se mantienen firmes pese a la edad.

Como decía las preocupaciones del negocio familiar hicieron que me fuera abandonando poco a poco ganando los consabidos kilos de más a los que todas tanto tememos. El hecho de trabajar con mi marido hacía que las discusiones entre ambos fueran continuas alargándose incluso al llegar por la noche a casa con lo que ninguno de los dos dejábamos de lado el maldito trabajo un solo segundo. Unos meses atrás los problemas se acentuaron hasta límites insospechados pues varios de los clientes no nos pagaban y además se juntaron las facturas de unos proveedores a las que difícilmente podíamos hacer frente. Por suerte la situación mejoró algo relajándose la situación en la que nos encontrábamos.

Todas estas tensiones ayudaban al hecho de que las relaciones se fueran distanciando más y más. Llevábamos meses sin hacer el amor y llegábamos tan cansados a la cama que lo único que hacíamos era darnos la espalda y empezar a dormir como dos benditos. Pese a ello nos queremos como el primer día disfrutando de nuestros hijos y de nuestra monótona vida en común.

Mi marido es un wey que todavía se conserva bien y sé positivamente las muchas oportunidades que ha tenido de acostarse con alguna que otra vecina o con alguna de las guapas mujeres con las que se cruza a causa del negocio. Sin embargo, sé que nunca lo ha hecho confiando plenamente en él cada vez que tiene que marchar de casa. Con lo que yo le daba y, desde hace un tiempo, con las caricias matutinas con las que él mismo se tranquilizaba durante la ducha parecía tener bastante. Yo, por mi parte, también me masturbaba de tanto en tanto fantaseando con algún guapo actor de los que salían en la tele. De esa forma insulsa y tan anodina íbamos pasando los días, las semanas y los meses tan solo pensando en los problemas diarios que el negocio nos iba planteando.

Hasta que llegó un momento en que me subía por las paredes de las ganas de sexo que tenía. Y en vez de encontrarlo en mi marido no sé qué me pasó por la cabeza para ir a buscarlo fuera de casa. De ese modo y aprovechando una de las escapadas de mi esposo, por mi cabeza no pasaban más que turbias imágenes en compañía del guapísimo Denzel Washington, ese pedazo de actor que me ha gustado de siempre y que me ha acompañado en tantas y tantas de mis solitarias sesiones imaginándolo retozando allí junto a mí.

Conocía todas sus películas de pe a pa, es guapo, lo que se dice realmente guapo con ese atractivo elegante y una sonrisa y una mirada que pa qué? Vamos que cada vez que lo veía no podía menos que humedecerme incontrolablemente bajo las braguitas devorando aquella presencia imponente y el irresistible encanto que le otorga su aparente frialdad. Ese gesto serio que le acompaña y que se rompe en ocasiones con una espectacular sonrisa que me hacía perder absolutamente la razón.

Llevaba dos días masturbándome sin descanso y el furor uterino que me consumía por dentro no disminuía un ápice. Me masturbaba por la mañana al despertar en la cama, luego en la cocina, tumbada en el sofá viendo la tele, en la ducha fantaseando con la idea de ser amada por aquella gruesa herramienta que imaginaba enorme y altamente complaciente. También por mi cabeza pasaban tórridas escenas en compañía de alguna hermosa hembra con la que poder revolcarme entre las revueltas sábanas de mi cama hasta altas horas de la madrugada. Jamás había tenido relación con ninguna mujer pero ya desde bien joven era algo que me provocaba grandes orgasmos fantaseando con la feliz idea de estar en brazos de algún ejemplar de mi mismo sexo. Por supuesto, nunca me pasó por la cabeza contarle nada de esto a mi esposo manteniéndolo en secreto y únicamente para mí.

Al fin era tanto mi deseo que un día me decidí y, aprovechando unos días que mi marido estaba fuera, compré el periódico y me puse a buscar entre los anuncios algo que me pudiese interesar. Jamás había hecho una cosa así y debo reconocer que me sentí extraña aunque también muy excitada y nerviosa como cuando de pequeña hacía algo que sabía que a mamá no le iba a gustar. La mayoría de anuncios estaban dirigidos al género masculino tanto los de mujeres como los de hombres pero casi al final de la página encontré un anuncio que me llamó poderosamente la atención: Hombre negro atractivo y masculino se ofrece a mujeres insatisfechas y con ganas de sentir una húmeda lengua recorriéndoles todo el cuerpo.

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