19-10-2021 03:01:18 AM

Humillada por el placer (I)

 

Era viernes por la noche. Hugo y yo llegamos hasta la puerta de su departamento. Yo iba con mi atuendo de trabajo, pantalón y chamarra de piel y un collar de cuero alrededor de mi cuello. Del collar salía una cadena, que de momento y mientras nos abría Sara, permanecía escondido en mi chamarra.

Mi relación con Hugo es muy compleja. Para empezar no somos novios, ni amantes formales ni nada por el estilo. Entre semana trabaja para mi pero los fines de semana, bueno no todos, se transforma en mi amo, por lo que mi persona le pertenece, pudiéndome prestar a sus amigos, como en este fin de semana. Yo soy una atractiva empresaria que es dueña de unos laboratorios.

En mi trabajo soy todopoderosa y exigente con mis empleados. Varios cientos de familias dependen de mi, y de un plumazo puedo cambiar su futuro al despedir al sustento económico de ese hogar. Sin embargo, a pesar de mis logros laborales y económicos me sentía vacía, hasta que conocí a Hugo y la relación de dolor, sufrimiento y sumisión que me impone. Esos fines de semana en que me humilla y me castiga han servido de catarsis para mi vida.

Ahora, paradójicamente, sonrío más y soy más humana. Ya no estoy vacía. Es por esto que ahora estoy aquí, de servicio social, por llamarlo de una manera. Sara, que es amiga de Hugo, trabaja para una mujer odiosa y antipática que le hace la vida imposible. Su misma timidez provoca que su jefa abuse de ella, dando por resultado que ella se sienta más aplastada cada día. Yo voy a jugar el papel de su jefa y ella podrá gritarme, golpearme y castigarme a su antojo.

De esta manera desquitará su rabia y vencerá su temor a enfrentarse a la tiránica mujer. Si esto funciona como piensa Hugo, el lunes que Sara vuelva a la oficina podrá zafarse del yugo que la oprime. Era viernes por la noche. Hugo y yo llegamos hasta la puerta de su departamento. Yo iba con mi atuendo de trabajo, pantalón y chamarra de piel y un collar de cuero alrededor de mi cuello. Del collar salía una cadena, que de momento y mientras nos abría Sara, permanecía escondido en mi chamarra. Mi relación con Hugo es muy compleja. Para empezar no somos novios, ni amantes formales ni nada por el estilo.

Entre semana trabaja para mi pero los fines de semana, bueno no todos, se transforma en mi amo, por lo que mi persona le pertenece, pudiéndome prestar a sus amigos, como en este fin de semana. Yo soy una atractiva empresaria que es dueña de unos laboratorios.

En mi trabajo soy todopoderosa y exigente con mis empleados. Varios cientos de familias dependen de mi, y de un plumazo puedo cambiar su futuro al despedir al sustento económico de ese hogar. Sin embargo, a pesar de mis logros laborales y económicos me sentía vacía, hasta que conocí a Hugo y la relación de dolor, sufrimiento y sumisión que me impone. Esos fines de semana en que me humilla y me castiga han servido de catarsis para mi vida.

Ahora, paradójicamente, sonrío más y soy más humana. Ya no estoy vacía. Es por esto que ahora estoy aquí, de servicio social, por llamarlo de una manera. Sara, que es amiga de Hugo, trabaja para una mujer odiosa y antipática que le hace la vida imposible. Su misma timidez provoca que su jefa abuse de ella, dando por resultado que ella se sienta más aplastada cada día. Yo voy a jugar el papel de su jefa y ella podrá gritarme, golpearme y castigarme a su antojo.

De esta manera desquitará su rabia y vencerá su temor a enfrentarse a la tiránica mujer. Si esto funciona como piensa Hugo, el lunes que Sara vuelva a la oficina podrá zafarse del yugo que la oprime. Hugo llamó a la puerta y diez segundos después ésta se abrió.

Ante mis ojos apareció una linda morena de gafas y con una postura encorvada que delataba la opresión que sufría día a día. -Hola – dijo tímidamente con una medio sonrisa dibujada en su rostro.

-Lo prometido es deuda – dijo Hugo dándole un beso en la mejilla. Apenas Sara cerró la puerta yo me puse de rodillas y bajé la cabeza. Hugo tomó la correa y me condujo a la sala. Yo fui gateando por el lugar. Una fugaz mirada hacia Sara me permitió darme cuenta de lo asombrada y emocionada que estaba.

La tímida sonrisa con que nos recibió se transformó, y ahora llenaba todo su faz. Hugo y ella se sentaron en los sillones mientras yo permanecí en el suelo.

-Bueno Sarita – dijo Hugo- aquí te entrego a mi cachorrita. Los ojos de Sara iban de Hugo a mi y de vuelta a él.

-De aquí al domingo, como a las doce del día, es toda tuya. Le puedes hacer lo que quieras, siempre y cuando se respeten dos normas

– Hugo tomó un aire solemne-. Primero, no le puedes dejar marcas permanentes, y segundo, los golpes que le des en la cara deberán desaparecer para cuando venga a recogerla. Sara asintió. Su cara denotaba nerviosismo, pero a la vez excitación. Ya no miraba tanto a Hugo sino a mi cuerpo.

 -Te aconsejo – continuó Hugo- que empieces el juego de rol mañana. Hoy dedícate a domesticarla y disfrutarla. Dicho esto, Hugo se puso en pie, le entregó a Sara la correa y salió. Sara volteó a mirarme y una sonrisa de deseo se impregnó en su cara.

-Desnúdate – me ordenó. Yo me fui quitando poco a poco mi chamarra, las botas y el pantalón. Sara se acercó a mis nalgas y las empezó a palpar. Unas cuantas nalgaditas amistosas procedieron a un fuerte golpe. Su mano se estrelló contra mis glúteos, que debieron de quedar enrojecidos por el contacto. Mi cuerpo dio un respingo, más por la sorpresa que por el dolor, al que ya estaba acostumbrada. Sara se sintió satisfecha y volvió a nalguearme. Esta vez su golpe fue más fuerte. Dos, tres, cuatro veces más. Su mano se sentía caliente, al igual que mis nalgas.

-Vamos a la cocina – ordenó. Yo me fui gateando detrás de ella. Una vez dentro, ella me quitó el collar. Yo permanecía hincada y con la cara hacia abajo. A través de mi pelo echaba, de vez en cuando, alguna mirada hacia ella, para observar su reacción. En amos más experimentados, esta osadía la hubiera pagado caro, pero en Sara no. Ella sacó algo del refrigerador.

Mientras se preparaba la cena acercó un tazón con leche y lo puso en el suelo, junto a mi.

-Ándale, chiquita, aquí tienes tu lechita – me dijo como si le estuviera hablando a un gato. Yo me incliné, y sacando la lengua, empecé a cenar. Ambas terminamos juntas, yo mi leche y ella de preparar su deliciosa cena. Salió de la cocina y yo detrás de ella. Se sentó frente a la televisión.

-Ven, ponte aquí, hincada en cuatro – me ordenó. Yo me puse frente a ella y colocó su plato y su vaso en mi espalda.

-Más te vale que no tires mi cena – me advirtió. Una hora después yo continuaba en esa posición. Afortunadamente el cenar no le llevó más de quince minutos, tras los cuales retiró su plato y vaso para subir, cómodamente, los pies sobre mi. Las rodillas ya me dolían y tenía entumidos los brazos y las piernas, pero afortunadamente para mi, mis ligeros movimientos pasaban desapercibidos. Se paró para dirigirse a la cocina nuevamente. Sacó unos periódicos y me los restregó en la nariz antes de ponerlos en el suelo.

-Aquí vas a hacer tus necesidades. Si te haces en cualquier otro lado te voy a dar de periodicazos. –me dijo con tono amenazante. Ella salió y cerró la puerta de la cocina. Yo me eché a dormir sobre los periódicos, esperanzada de no tener ganas de orinar para no mojar el periódico. Con las primeras luces del amanecer mi vejiga no aguantó más y tuve que orinar. Como ya estaba mojado decidí quedarme ya despierta. Aprovechando que Sara debía de estar aun dormida, me levanté un poco para estirar las piernas y caminar un poco. Mi estómago rugía de hambre, pero creí que tomar algo sin permiso era abusar de mi condición, así que tuve que esperar hasta las diez de la mañana, hora en que Sara despertó.

-Veo que has sido una buena perrita – me dijo después de revisar que sólo había orinado en el periódico- recógelo y tíralo en la basura. Yo obedecí. Sara entró a preparar el desayuno. Mientras olía lo que estaba cocinando mi estómago empezó a gruñir muy fuerte, por lo que Sara pudo escucharlo, sin embargo lo ignoró. No fue sino hasta que tuvo su comida en la mesa, que se dirigió a la despensa para darme un plato rebosante de croquetas para perro.

-Aquí está, cachorrita, come, que debes estar hambrienta – me dijo sonriendo. Yo me acerqué al plato y empecé a oler. Realmente no era desagradable, pero no me apetecía la idea de comer alimento para perros, pero finalmente pudo más mi hambre y empecé a comer. Cuando terminé, aguardé en la cocina a que llegara Sara, pero un chiflido me indicó que quería que fuera.

-Bien, chiquita – me dijo en cuanto llegué- que obediente eres. A ver si eres cariñosa, se una buena perrita y lame mis manos. Yo lamí sus manos, metiéndome incluso sus dedos a mi boca, de forma sensual. Ella sonreía. De pronto me dio un empujón que hizo que cayera al suelo.

-Basta, basta. Es hora de que adoptes tu papel. Tienes diez minutos para arreglarte. En esa maleta está tu atuendo y una foto de mi jefa, para que hagas todo por parecerte a ella. Yo me dirigí al baño, donde aproveché para hacer mis necesidades cómodamente sentada. Bebí un poco de agua de la llave, y después me limpié la cara, las axilas y la vagina. Ya un poco más refrescada, procedí a vestirme como su jefa, poniendo especial atención al peinado y las expresiones de la cara. Diez minutos flat y yo ya estaba afuera.

-Muy bien, ahora eres Aurora, esa vieja antipática, grosera y burlona que es mi jefa. Supongo que ya sabes qué tienes que hacer – me dijo viéndome a los ojos. Yo sólo asentí, respiré hondo y empecé a actuar. Los nervios afloraron, ya que sabía que muy pronto estaría siendo castigada.

-Bien, Sara – dije con voz odiosa- tu desempeño en el trabajo ha sido muy deficiente.

-Pero Aurora – dijo Sara con verdadera cara de susto – es que yo…

-¡Nada! – grité interrumpiéndola- tus explicaciones no me convencen en absoluto.

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