28-11-2021 03:14:53 PM

La Cofeco y los mecanismos del fundamentalismo

Mi buen amigo, José Luis Escalera, dueño y creador del concepto Profética, uno de los proyectos más ambiciosos y exitosos en materia de acercamiento y promoción de la lectura en nuestro país, me envía la columna escrita por Alberto Ruy Sánchez, publicada  por el diario El Universal inmediatamente después del veto foxista a la Ley del Libro, en donde analiza la postura de la Comisión Nacional de Competencia en este asunto.

Ruiz Sánchez, además de escritor y editor, es director de la revistas Arte de México y El Mundo, casi al mismo tiempo del veto presidencial, recibió el VI Premio a la Excelencia de lo Nuestro que entrega la Fundación México Unido, que dirige Fernando Landeros Verdugo.

Por cierto, en la mismísima ceremonia de entrega de este premio, Ruy Sánchez le reprochó públicamente al entonces presidente Fox el veto a la referida ley.

Por supuesto, se trata de una de las voces más autorizadas en nuestro país para opinar sobre el tema.

Como complemento a lo aquí publicado ayer, trascribo la excelente columna de Ruiz Sánchez:

 

La respuesta de Cofeco a nuestras críticas es de agradecerse porque exhibe claramente una vez más algunas de las trampas y mentiras con las que han enredado a algunas personas, incluyendo a un presidente”.

 

1. ¿De verdad nos invita a argumentar Cofeco? ¿Por qué entonces en reuniones privadas se negó a examinar la evidencia que se le presentó sobre cómo en los países donde se ha aplicado una ley semejante, el precio de los libros estuvo por abajo de la inflación? (Alemania, Francia y España entre otros). Y las comisiones de competencia de esos países lo aprobaron. En un reporte de la Unesco sobre el tema se sostiene que, “en términos generales, el precio del libro en los países con este tipo de controles se mantuvo hasta un 50% por debajo de la inflación. Lo contrario sucedió en los países donde no había control de precios”. Para no ir tan lejos, aquí en México, lo mismo sucede con las revistas, donde se practica actualmente una política generalizada de precio único y los precios al público son benéficos para el lector y por debajo de la inflación”.

“Señor Cofeco, sus trampas mentales no son argumentos. Y no hay uno sólo de los que ha presentado que se sostenga”.
“2. Dice el estudioso de la mentalidad fundamentalista, L. Kolakowski, que la primera operación del inquisidor en sus textos de condena es acusar falsamente al candidato a la hoguera de atacar un bien que incluso pueda ser el más apreciado por el acusado. Es el método seguido por Calvino para quemar a Servent. Los funcionarios actuales de Cofeco han logrado incinerar esta ley en el cenicero presidencial, acusándola precisamente de actuar en contra de de lo que la ley defiende: el libro y el lector. Y de paso han levantado la enorme y caricaturesca falsedad de que a los avaros editores se les ha ocurrido la peregrina idea de atacar a los lectores para obtener un beneficio. Como si hubiera un solo editor tan incapaz como para no darse cuenta de que, sin lectores, no hay industria editorial. ¿En qué mentalidad cabe semejante aberración? ¿A quién se le ocurre que alguien con dos dedos de frente pueda desear un mundo editorial sin lectores y sólo con editores? Por lo visto, al Presidente, pero se le perdona porque fue orientado por la sabia opinión de Cofeco, cuyos funcionarios no creemos que puedan ser tan ingenuos como para creer eso, simplemente lo usan como argumento inquisitorial: el argumento de la hoguera”.
“Decía L. Kolakowski que la primera operación del inquisidor en sus textos de condena es acusar falsamente al candidato a la hoguera de atacar un bien que, incluso, puede ser el más apreciado para el acusado, lo cual parece ser la estrategia adoptada por Cofeco al intentar hacernos creer que la ley del precio único no es deseable y que es un atentado de los editores contra el lector. Esto ya fue desarrollado en los dos puntos anteriores, ahora vamos con el tercero”.
“3. El mecanismo fundamentalista complementario para justificar lo enorme de la falsedad anterior es descenderla al nivel de falta moral: La ley propuesta, según sus detractores, es un instrumento prácticamente para robar: los editores avaros la inventaron únicamente para inflar sus bolsillos en contra de los lectores. Por lo tanto, "doble condena". La mentalidad fundamentalista aceita sus engranajes, no importa de nuevo que la ley esté hecha para bajar el precio de los libros”.
“4. Tercer mecanismo fundamentalista: justificar la acusación anterior como una natural debilidad humana. No importa que sea falsa, se comprende la idiotez de los editores porque son humanos; se comprende su debilidad moral porque son humanos haciendo negocios. Y Cofeco se da el lujo, después, de cubrirlos de mentiras y falsas acusaciones, de perdonarles la vida negándose a "pensar que los actores de la industria editorial son diferentes -más puros, menos preocupados por su interés particular- que los demás seres humanos (…)". Qué bueno y comprensivo es el señor Cofeco que entiende y perdona el egoísmo suicida de los editores que, en su ataque de locura, quieren vender libros más caros para embolsarse los dineros del lector, alejarlo de los libros y, ya que se haya muerto la industria editorial, ser muy felices en algún otro trabajo, uno envidiable, por ejemplo, como el convertirse en funcionarios de Cofeco”.
“5. Cuarto mecanismo mental del fundamentalismo: despersonalizar. Es el mal quien actúa, el egoísmo gremial en este caso. Para eso, Cofeco sostiene que la ley es una iniciativa exclusiva del gremio editorial. Nada más falso. Dice que "los editores y los libreros, como cualquier otra industria, promueven sus intereses y buscan proteger sus márgenes de rentabilidad". Salvo que el grupo que se reunió desde hace tres años, para empezar, nunca fue una iniciativa del avaro gremio editorial y librero, como afirma Cofeco, sino de analistas de la industria, sobre todo, que se reunieron a examinar la situación actual del libro, pensando en la promoción de la lectura. Algunos de los mexicanos de ese grupo inicial son funcionarios de instituciones culturales y universitarias (¿ellos también quieren embolsarse su dinerito aplastando al lector?); otros dos son editores exclusivamente de poesía (¿se van a volver millonarios con la ley?); algunos son libreros, estudiantes de economía y de derecho, promotores culturales, periodistas, legisladores, promotores de la lectura, directores de ferias de libros en la República; algunos somos editores, ensayistas y autores de novelas (¿vamos a ganar mucho si se le corta la mano compradora al lector?, ¿por qué no los ojos?), y otros, los menos, editores de muy diferente tipo. Todo eso sin cobrar nadie nada, por supuesto. Lo único que tienen en común es que todos son lectores, saben que tenemos el peor índice de lectura y de librerías del continente y quisieran remediarlo. Ello a pesar de ser humanos comprensiblemente avaros, como quiere presentarlos el inquisidor .”
“6. Como si eso no fuera suficiente, cada uno de los presentes en el grupo se informó cuidadosamente y, durante largo tiempo, consultó con especialistas en lectura, en mercado del libro, y buscó experiencias exitosas en otros países. Y muchos de los consultados fueron lectores, grupos de lectores organizados con los que algunos autores tenemos contacto. No hay nadie de Cofeco en ellos, por cierto. Eso sí es seguro porque ya preguntamos”.
“7. Kolakowski enumera como quinto mecanismo de la hoguera mental fundamentalista llenar el pliego acusatorio de ese tipo de mentira que es la media verdad y los implícitos. Algo que funciona más por cantidad que por calidad. ¿Quién sostuvo, por ejemplo, que la ley está aplicada en absolutamente todo el continente europeo? Nadie, y no es importante, aunque Cofeco no señala que los casos de aplicación en otros países siguen aumentando y no disminuyen. Eslovenia es el más reciente. Pero Cofeco presenta sus prejuicios como verdades. Lo contrario merece la hoguera”.
“8. Son 10 los mecanismos principales de esta mentalidad que dice tener el monopolio de la verdad, descrita por Kolakowski, como si hubiera conocido personalmente y en la intimidad a quien o quienes escriben las cartas de Cofeco. Y aunque cumple con todos ellos, me detengo por lo pronto en uno: su falso argumento central que es la joya de la corona inquisitorial: presentar la acusación como prueba. Así, el señor Cofeco, se escuda ni más ni menos que en la Constitución, usándola como bumerán de sus mentiras. Acusa falsamente a los avaros editores, tontos y suicidas, de querer imponer precios altos para "embolsarse los descuentos", y su argumento es el texto de la Constitución que prohíbe "obligar a los consumidores a pagar precios exagerados". Como si precio único fuera sinónimo de precio exagerado, cuando es sinónimo, en los países donde se aplica, de precios controlados que no suben al ritmo de la inflación y generan aumento de la lectura. Es decir, sinónimo de precios que tienden a la baja”.
“9. El llamado "precio único" es un mecanismo de precios que ha servido exitosamente durante más de siglo y medio en algunos países para atacar una tendencia monopolista factual que produce el cierre de librerías y la disminución de lectores. Parte de su mecánica es frenar los márgenes de mediación inflacionarios. Bajo este mecanismo, el editor se ve obligado a fijar precios a la baja de acuerdo con librerías grandes y pequeñas, como en el caso de la venta de revistas”.
“10. La oferta de libros es más variada aún. Ninguna otra industria trabaja con productos tan diferenciados y en una economía de tal exceso. En español cada año hay 100 mil productos nuevos que compiten en contenido, tamaño, calidad, y precio. Ninguna otra actividad tiene un mercado tan lleno de opciones, y la ley quiere preservar esa diversidad y competencia. Resulta absurdo pensar que el editor puede fijar un precio exagerado y no sufrir las consecuencias. El mercado controla el precio del libro de manera muy agresiva. Eso hace que ninguna de las aseveraciones del señor Cofeco sean siquiera remotamente realizables”.
“11. Es una lástima que la Cofeco, en vez de estudiar la naturaleza de la actividad editorial, piense sólo en elaborar mentiras y hogueras para salvar su dogma cuando éste se aleje de la realidad. Es una pena que en la oficina de Cofeco no haya un economista que de verdad se preocupe por los lectores y ayude a frenar la situación de precios inflacionarios que tiene la industria editorial actualmente y que se esconde en descuentos falsos y precios inflados. Ojalá tal economista existiera y le gustara leer para que estudiara detenidamente los textos de algunos economistas neoliberales no fundamentalistas que en Europa están en favor de los controles verticales, y fuera capaz de ofrecer soluciones en vez de hogueras”.

latempestad@statuspuebla.com.mx

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