¿Ganar elecciones o gobernar bien?

Por Rodolfo Rivera Pacheco

 

A un mes de que tome posesión el nuevo Presidente de la República y a cuatro de que  ganó indiscutiblemente las elecciones, Andrés Manuel López Obrador y su partido MORENA ya comienzan a enfrentarse a la realidad producto del más común dilema de las democracias contemporáneas: Una cosa es ganar una elección como resultado de obtener las simpatías mayoritarias y otra ejercer el gobierno bien y seguir teniendo el apoyo de esas mayorías.

Vamos, el eterno problema de que no es lo mismo ser excelente candidato que gana una elección –por el mismo hecho de serlo y combinado por el hartazgo hacia una gestión anterior- que excelente gobernante que siga teniendo el favor y apoyo de esa población mayoritaria que votó por él.

En nuestra muy joven democracia en México, eso ya nos pasó. En el año 2000 ganó indiscutiblemente Vicente Fox, por ese binomio de carisma (de él) y hartazgo (al PRI) que nos hizo pensar a muchos que finalmente nuestra transición democrática llegaba a buen puerto.

No fue así. Las ocurrencias de campaña de Fox le sirvieron para ganar, pero no para gobernar. La gente esperaba mucho más del gobierno panista, fundamentalmente en el ámbito del combate a la corrupción, pero desafortunadamente no ocurrió. El resultado fue una gestión muy cuestionada y en la siguiente elección, el candidato de su partido apenas ganó y de una manera que hoy sigue siendo cuestionada. Vaya, la gente (sobre todo los jóvenes) ya no votaron en masa por el candidato del PAN. Hubo un notable desencanto.

Y aunque en el ámbito macroeconómico tanto Fox como Calderón medio controlaron la situación del país (más por el grupo que controla las finanzas del país desde tiempos de Salinas de Gortari, que por ellos), la verdad fue que hubo desilusión por los gobiernos emanados de Acción Nacional y eso provocó que el PRI regresara al poder… con un buen candidato.

El resto de la historia todos lo conocemos… el guapo y carismático Enrique Peña Nieto, que ganó indiscutiblemente la elección a una mala candidata panista y a un Andrés Manuel López Obrador que no pudo entusiasmar tanto en 2012, realizó un gobierno plagado de ineficiencias y casos claros de corrupción.

No. No es lo mismo ganar elecciones que gobernar bien.

Y eso es lo que debe observar el hoy Presidente Andrés Manuel López Obrador. Nadie puede dudar de su apabullante triunfo electoral. La gente estaba hastiada de la incapacidad panista y el desprestigio priísta. Y él se dedicó toda la campaña a recordárselo a la gente. Sus frases sencillas y ataques a la “mafia del poder” fueron perfectamente entendidos por los mexicanos y por eso votaron por él.

El problema viene ahora. Tiene que gobernar bien. Tiene que haber resultados. Tiene que haber cero corrupción. Tiene que cambiar todo lo malo que él denunció una y otra vez, y con razón ciertamente.

Y ahora ya no vale decir que como todo estaba tan mal, ahora son incapaces de resolverlo. La gente está sumamente esperanzada en que todo será diferente… y no va a admitir ese argumento todo el tiempo.

El innegable bono de confianza y esperanza que López Obrador despertó en la gente es producto de su buena campaña y personalidad es cierto… pero también por el hartazgo de los malos gobiernos y la desilusión de que no cambiaron nada.

Efectivamente, López Obrador no ha tomado posesión sino hasta dentro de un mes. Pero en estos meses de transición ya ha entrado en un desgaste innecesario en varios temas, que puede presagiar un no muy buen ejercicio gubernamental… que siempre, invariablemente, termina por decepcionar a los mexicanos, poco acostumbrados a razonar bien en cuestiones políticas.

Vaya, justa o injustamente, tanto Fox, como Calderón y Peña, terminaron por desilusionar a muchos que en su momento confiaron en que harían las cosas diferentes y resolverían si no todos, al menos muchos de los problemas de la gente. Y olvidaron con el paso de los meses y años, lo buenos que fueron como candidatos (Fox o Peña) o el respaldo de un partido que prometía cambio (Calderón).

Reitero, aún no ha tomado posesión del cargo y hoy López Obrador ya se ha metido en problemas, desde mi punto de vista, en forma innecesaria. Sus cambios en opinión sobre la economía nacional, la boda de uno de sus colaboradores más cercano, su empeño en no continuar la obra del aeropuerto de Texcoco y someter la decisión a una muy cuestionada consulta popular, la construcción de un Tren Maya que tiene toda la pinta a ser un elefante blanco medio irrealizable, su pleito con periodistas que no hará más que martirizarlos (ellos felices), su no muy claro plan para acabar con la inseguridad en el país y un largo etcétera…

Quizás todo sea parte de un plan preconcebido por parte de sus “consultores” (no le vería yo el fin, pero puede ser), quizás todo sea parte de la reticencia de la vieja clase política a que todo va a cambiar, quizás todo sea producto de una perversa campaña de sus opositores a través de la prensa que ya no tendrá privilegios ni jugosos chayotes…

Quizás pues, todo sea parte de estos largos y confusos meses de cambio de gobierno y cuando él esté sentado en la silla y sus colaboradores de lleno en sus funciones, callen la boca a todos y realicen una magnífica gestión que haga que la gente vuelva a votar por ellos en el 2021, que será su la primera aduana electoral del morenismo lopezobradorista.

Porque en serio… lo que yo he visto es que del tamaño de las expectativas en un magnífico candidato o partido en campaña, es el tamaño de la desilusión de la gente cuando no se le solucionan sus problemas y todo sigue igual que antes. Y en la época de las redes sociales y una demandante –a veces injusta y poco informada- sociedad que todo reclama, esto suele ser bien pronto.

 

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