Por Valentín Varillas
El 11 de junio de 2026, México abre por tercera vez un Mundial de futbol.
Y la presidenta Claudia Sheinbaum no estará ahí.
Con una aprobación histórica, cercana al 70%, la jefa del ejecutivo federal podría haber ocupado el palco presidencial del que en esa fecha será el estadio más emblemático del mundo.
Un baño de pueblo que para cualquier asesor de imagen y discurso sería una auténtica joya.
Una oportunidad única que sí aprovecharán los mandatarios de Estados Unidos y Canadá.
Ella, sin embargo, eligió no hacerlo.
En cambio, optó por presenciar la inauguración y el primer partido de la selección nacional en un evento que se va a llevar a cabo en el Zócalo capitalino.
La narrativa es la misma: la falsa austeridad republicana y una supuesta cercanía con el pueblo.
Vendieron como un aparente acto de congruencia el que haya regalado su boleto -a una joven futbolista que de otra manera “nunca habría tenido la oportunidad de ir”.
Sin embargo, en los hechos, quedan muchas dudas
¿Por qué la presidenta, tan amada y adorada por sus gobernados, empieza a evitar ya sistemáticamente los espacios públicos no controlados?
Y antes de cumplir siquiera dos años en el cargo.

Ahora bien, a simple vista podría pensarse que el Zócalo, la plaza pública por excelencia, es un espacio abierto que escapa del ámbito de dominio de la estructura oficial.
La realidad es que en los hechos no lo es, por lo menos no el día en que el gobierno convoca.
Este se convierte en un recinto administrado.
Los asistentes llegan en autobuses organizados por estructuras partidistas y dependencias federales.
Se aplican muchos filtros y hay acarreo.
Puede ser que, en parte, el entusiasmo sea real, pero el entorno está ya muy depurado.
El estadio, en cambio, es impredecible.
Ochenta mil personas que pagaron su boleto y que no le deben nada al gobierno.
Le pueden aplaudir, pero también la pueden abuchear.
Y todos los medios del planeta operarán como caja de resonancia de lo que ahí suceda.
Lo bueno y lo malo.
Ese riesgo es tan grande, que la presidenta decidió de plano no correrlo.
Desde el sexenio de López Obrador, los eventos masivos del gobierno se blindan contra la espontaneidad.
Las mañaneras también tienen públicos seleccionados.
Los actos oficiales que se llevan a cabo a lo largo y ancho del país, son convocatorias cerradas que se alimentan de incondicionales que asisten con la ayuda del transporte oficial.
La inauguración del mundial exhibe la paradoja de un gobierno que funda su legitimidad en la popularidad, pero que evita exponerla a cualquier termómetro auténtico, que no controle.
Una presdenta que realmente aprueban 7 de cada 10 mexicanos, no necesitaría elegir entre el estadio y el Zócalo.
Podria exponerse a ambos sin la mayor preocupación.
La contundencia de los números indicaría que, el costo político de estar en cualquiera de ellos tendría que ser muy bajo, pero el costo simbólico de ausentarse les va a resultar muy alto.


