30-01-2026 03:02:48 PM

La democracia en pausa, por la reforma electoral

Por Yasmin Flores Hernández

 

Cuando las reglas se cambian sin escuchar…

 

En México, cada vez que se habla de una reforma electoral, el país se detiene un momento.

 

No porque confiemos en que las cosas vayan a mejorar, sino porque sabemos que, cuando se tocan las reglas del juego democrático, casi nunca es para fortalecerlo, sólo para acomodarlo.

 

La historia nos ha enseñado que las reformas electorales no nacen del consenso ciudadano, sino del cálculo político.

 

No surgen de una reflexión profunda sobre cómo representar mejor a la sociedad, sino de la urgencia de quien gobierna por asegurar su permanencia.

 

Y hoy, una vez más, estamos frente a ese escenario, déjeme le cuento.

 

Una reforma electoral anunciada con grandes discursos, con promesas de austeridad, eficiencia y modernización, pero rodeada de dudas, fracturas internas y silencios incómodos.

 

Una reforma que, según han documentado varios medios, avanza con “escasos signos vitales”.

 

Una reforma que no termina de convencer ni siquiera a quienes deberían impulsarla.

 

Y entonces vale la pena preguntarnos:

 

¿Estamos ante una oportunidad histórica para fortalecer la democracia…

o frente a otro intento por debilitarla desde dentro?

 

Es sin duda una reforma sin forma.

 

Desde finales de 2025, el gobierno federal comenzó a hablar de una nueva reforma electoral.

 

El discurso oficial fue claro:

 

— Hay que reducir costos.

— Hay que hacer más eficiente el sistema.

— Hay que acercar la democracia al pueblo.

— Hay que acabar con excesos.

 

En el papel, suena bien.

 

¿Quién podría estar en contra de elecciones más baratas?

 

¿Quién podría oponerse a un sistema más austero?

 

Pero muy pronto quedó claro que detrás del discurso no había un proyecto sólido.

 

De acuerdo con el periodíco El País, a inicios de 2026 no existía todavía un documento final, una propuesta clara, un texto consensuado.

 

Había intenciones, había rumores, había filtraciones y había declaraciones.

 

Pero no había reforma.

 

Y cuando una reforma empieza así, normalmente termina mal.

 

Y se generan  grietas internas: porque  ni los aliados creen que pueda salir bien.

 

Uno de los datos más relevantes que ha documentado algunos medios son estos:

 

La principal resistencia a la reforma no ha venido sólo de la oposición.

 

Ha venido desde dentro, desde los propios aliados de Morena.

 

El Partido Verde y el  Partido del Trabajo.

 

Ambos han manifestado dudas, reservas, incluso rechazo.

 

¿Por qué?

 

Porque varios de los puntos en discusión afectan directamente su supervivencia política.

 

Especialmente:

 

La posible eliminación o reducción de los plurinominales.

 

La modificación del financiamiento público.

 

El rediseño del Congreso.

 

Para partidos pequeños o medianos, estas figuras no son privilegios: es oxígeno.

 

Quitarlas sin cuidado implica desaparecerlos.

 

Y entonces surge la primera gran contradicción: se habla de democracia, pero se reduce la pluralidad, se habla de representación, pero se limita la diversidad, se habla de justicia electoral, pero se fortalece al más fuerte.

 

¿Reducir costos o reducir derechos?

 

Uno de los ejes centrales del discurso oficial es el ahorro.

 

“Las elecciones son muy caras”.

 

“Los partidos reciben demasiado dinero”.

 

“El sistema cuesta mucho”.

 

Es cierto,pero también es peligroso reducir la democracia a un problema contable.

 

La democracia cuesta, la libertad cuesta, la transparencia cuesta.

 

Lo que sale caro no es votar, lo que sale caro es no poder hacerlo.

 

Cuando se prioriza solo el ahorro, se corre el riesgo de sacrificar:

 

Capacitación electoral.

 

Supervisión.

 

Profesionalización.

 

Autonomía.

 

Y sin eso, el sistema se vuelve frágil.

 

Una democracia barata puede salir carísima.

 

Y vuelve el INE a estar en la mira:  su autonomía bajo presión.

 

Otro punto sensible es el Instituto Nacional Electoral.

 

Desde hace años, el INE ha sido blanco de ataques constantes.

 

Se le acusa de: ser caro, ser burocrático, ser elitista, ser opositor.

 

Pero rara vez se reconoce que ha sido una de las instituciones que más ha contribuido a la estabilidad política del país.

 

El País ha documentado cómo, en esta reforma, existe preocupación real sobre el futuro del árbitro electoral.

 

No necesariamente porque se quiera desaparecerlo, sino porque se busca debilitarlo.

 

Reducir presupuesto.

 

Cambiar estructuras.

 

Modificar nombramientos.

 

Poco a poco.

 

Sin hacerlo evidente.

 

Porque en política, lo más peligroso no es destruir de golpe, es erosionar lentamente.

 

Y ahí es donde la democracia se vuelve moneda de cambio.

 

Quizá el aspecto más preocupante de todo este proceso es que la reforma electoral se ha convertido en una ficha de negociación.

 

No se discute por sus méritos, se negocia por conveniencia.

 

Se usa para:

 

Mantener alianzas.

 

Presionar partidos.

 

Intercambiar apoyos.

 

Acomodar intereses.

 

Gran parte del debate se da en privado, en mesas cerradas, lejos de la ciudadanía.

 

Mientras tanto, el discurso público es decorativo.

 

Se habla de pueblo, se habla de participación, se habla de transformación.

 

Pero las decisiones reales se toman sin nosotros.

 

Y esto se vuelve un espejismo del consenso.

 

Oficialmente, el gobierno insiste en que busca consenso, pero el consenso no se decreta, sino se construye.

 

Y hasta ahora:

 

No ha habido consultas reales.

 

No ha habido debates amplios.

 

No ha habido pedagogía pública.

 

No ha habido apertura total.

 

Lo que hay es prisa.

 

Y cuando las reformas se hacen con prisa, casi siempre esconden algo.

 

Y se genera un riesgo para 2027.

 

Todo este proceso ocurre con un reloj en cuenta regresiva, las elecciones de 2027 están cada vez más cerca.

 

Y modificar reglas electorales cerca de un proceso siempre genera sospecha.

 

Porque aunque sea legal, no siempre es legítimo.

 

Cambiar el campo de juego cuando ya empezó el partido nunca es buena señal.

 

Este no es un tema sólo del gobierno.

 

También es responsabilidad de:

 

La oposición.

 

Los medios.

 

Las universidades.

 

Los ciudadanos.

 

Callar hoy es pagar mañana.

 

Si permitimos reformas improvisadas, mañana no tendremos autoridad moral para reclamar.

 

La  Democracia es  frágil en tiempos de polarización

 

Vivimos en un país polarizado, donde todo se divide en buenos y malos, en patriotas y traidores, en pueblo y enemigos. En ese contexto, tocar las reglas electorales es jugar con fuego.

 

Porque cuando la confianza se pierde, no se recupera fácil.

 

Aquí quiero retomar una idea que he repetido muchas veces:

 

Pasar la página sin leerla no es madurez, es evasión.

 

Y eso está pasando con esta reforma.

 

Se quiere cerrar rápido, aprobar rápido, olvidar rápido. Sin discutir a fondo, sin entender consecuencias, sin escuchar.

 

La pregunta de fondo:

 

La discusión real no es técnica, es ética.

 

¿Para qué queremos elecciones?

 

¿Para legitimar al poder?

 

¿O para controlarlo?

 

¿Para simular participación?

 

¿O para garantizarla?

 

¿Para ahorrar dinero?

 

¿O para proteger derechos?

 

Pero a todo esto; ¿cual es el papel de la ciudadanía?

 

La democracia no se defiende sólo en las

urnas.

 

Se defiende:

 

Informándose.

 

Cuestionando.

 

Exigiendo.

 

Participando.

 

Si dejamos todo en manos de políticos, no nos sorprendamos del resultado.

 

Con base en lo que hemos documentado, hay tres escenarios:

 

La reforma se congela.

 

Se aprueba descafeinada.

 

Se impone sin consenso

 

Ninguno es ideal.

 

Pero el tercero es el más peligroso.

 

México no tiene una democracia perfecta.

 

Tiene una democracia frágil y por ello costó décadas construirla, costó vidas, costó exilios, costó persecuciones, costó luchas.

 

Y hoy, paradójicamente, corre peligro desde el poder.

 

No con tanques, no con golpes, no con censura abierta, sino con reformas mal hechas.

 

Con discursos vacios, con prisas sospechosas, con acuerdos en los oscuro, se pretende decidir el futuro democrático del país.

 

La democracia no se hereda, se cuida. Se defiende, se construye todos los días.

 

Y esta reforma electoral es una prueba, no sólo para el gobierno, también para nosotros como sociedad.

 

Porque al final, la pregunta no es si Morena ganará o perderá.

 

La verdadera pregunta es: ¿ganará o perderá México?

 

Hay que bajar la mirada a los Congresos locales.

 

A los espacios donde, en teoría, se traduce la voluntad popular en leyes.

Porque si en esos espacios reina la simulación, la frivolidad y el escándalo… entonces el problema no es sólo una reforma.

 

Es todo el sistema.

 

Y ahí, es donde aparece el Congreso del Estado de Puebla…

 

Un Congreso cuyo trabajo legislativo, siendo honestos, deja mucho que desear.

 

Sin iniciativas de fondo.

 

Sin propuestas reales.

 

Sin rendición de cuentas.

 

Sin evaluación pública.

 

Un Congreso que muchas veces parece más ocupado en vender, monetizar y ridiculizar el recinto… que en dignificarlo.

 

Hoy tenemos más diputadas y diputados del escándalo… que diputadas y diputados formados, informados y comprometidos con lo que significa legislar.

 

Más personajes virales… que representantes.

 

Más ocurrencias… que argumentos.

 

Más reflectores y vulgaridades… que responsabilidad.

 

Y mientras tanto, el país sangra.

 

Una familia, asesinada.

 

Nueve personas ejecutadas en un campo de béisbol en Querétaro.

 

Un joven confundido y asesinado en Culiacán por elementos de la Guardia Nacional.

 

Historias que deberían sacudir conciencias.

 

Casos que tendrían que provocar debates urgentes, comparecencias, reformas, posicionamientos firmes.

 

Pero no.

 

Desde el Congreso de la Unión, el silencio.

 

Desde muchos congresos locales, la indiferencia.

 

Porque hoy parece que interesa más el morbo que la tragedia.

 

Más el escándalo que la justicia.

 

Más el rating que la vida humana.

 

Más la foto que la verdad.

 

Prefieren comentar el chisme, la frase viral, la polémica del día… antes que enfrentar el dolor de un país que sigue enterrando a sus jóvenes.

 

Representar no es posar, no es improvisar, no es simular.

 

Representar es estudiar, cuestionar, proponer, fiscalizar y defender a quienes no tienen voz.

 

Y hoy, demasiados representantes han olvidado eso.

 

No por ignorancia, sino por comodidad.

 

No por incapacidad, sino por conveniencia.

 

La democracia no se mide sólo en elecciones, se evalúa en respuestas, en empatía, en compromiso y por supuesto en valentía.

 

Y hoy, tristemente, muchos de nuestros legisladores —federales y locales— están reprobados.

 

No por lo que hacen, sino por todo lo que no hacen.

 

Ese es el nivel de legisladores que México no necesita.

Y peor aún: el de medios aplaudidores que les celebran cada ocurrencia.

 

Resulta triste constatar que, en este país, la libertad de expresión ya tenga precio.

 

Que haya periodistas que se monten en discusiones con ciudadanos solo para defender a un legislador.

Que abandonen su papel crítico para convertirse en voceros disfrazados de analistas.

 

¿A eso cómo se le llama?

 

Yo lo llamo ridículo.

Yo lo llamo farsante.

Yo lo llamo traición al oficio.

 

Porque mientras millones padecemos la falta de información real, objetiva y honesta, algunos “comunicadores” prefieren volverse fans de quienes les pagan las cuentas.

 

Hoy se discuten reformas sin escuchar a la gente.

Se aprueban desde congresos desconectados de la realidad.

Se legisla entre aplausos comprados, mientras el país se desangra en inseguridad, violencia y miedo.

 

Las calles no tienen paz.

Las familias no tienen certeza.

Los jóvenes no tienen futuro.

Pero en el Congreso sobran discursos vacíos… y en los medios, aduladores.

 

Y entonces todo encaja:

Reformas sin debate.

Congresos sin dignidad.

Periodistas sin independencia.

 

Cuando el poder compra silencio, no hay democracia.

Cuando el periodismo se arrodilla, la sociedad queda sola.

 

Y hoy, tristemente, en México, muchos ya eligieron de qué lado estar.

 

Gracias por su generosidad para esta columna, la historia de Clara movio conciencias, y ese era el fin.

 

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