22-01-2026 11:12:22 AM

Todas somos Clara

Por Yasmin Flores Hernández

Esta columna está dedicada a una gran mujer.

Una mujer que se tomó el tiempo de escribirme y de pedirme algo distinto.

Por una vez, me pidió que no hablara de política, ni de corrupción, ni de poder.

Me pidió que hablara de mujer a mujer.

Y acepté, porque también hace falta hacer silencio frente al ruido del mundo y escuchar lo que casi nunca se dice en voz alta.

Porque hay dolores que no aparecen en los titulares, pero pesan todos los días. Porque hay cansancios que no se denuncian, pero se viven en el cuerpo.

Quiero decir algo desde el inicio, con absoluta claridad: esta no es una columna contra los hombres.

No es una espacio contra el feminismo.

No es una competencia para ver quién es más fuerte.

Esta es una columna sobre empatía, sobre humanidad.

Sobre mujeres que han aprendido a ser fuertes porque no siempre tuvieron opción… pero que también se cansan.

Y quiero dejar una idea clara desde ahora, porque todo lo que sigue gira alrededor de ella:

Pasar la página sin leerla no es madurez, es evasión.

Durante mucho tiempo nos dijeron que había que seguir adelante, que no había que mirar atrás, que detenerse era perder el tiempo.

Y muchas mujeres lo hicimos: seguimos, resolvimos, funcionamos.

Pero no todo lo que se deja atrás se ha sanado.

A veces avanzar sin mirar es solo una forma elegante de huir.

Vivimos en una sociedad que no solo se endureció: se materializó.

Hoy importa más lo que se tiene que lo que se siente. Más la imagen que la verdad. Más la vida que se presume en redes sociales que la que realmente se vive puertas adentro.

Y en medio de todo eso, muchas mujeres parecen frías, distantes o acostumbradas.

Pero no es frialdad, es cansancio.

Comencemos…

Las mujeres sostienen mucho más de lo que se ve.

Sostienen hogares, sostienen hijos, sostienen trabajos, sostienen emociones ajenas y sostienen silencios.

Y muchas veces lo hacen sin emociones.

No porque no duela, sino porque aprendieron que quejarse incomoda.

Porque aprendieron que ser fuerte significa no detenerse. Porque aprendieron que siempre hay algo más urgente que ellas mismas.

Hay mujeres que se levantan todos los días resolviendo la vida de todos… menos la propia.

Que cumplen, que funcionan, que avanzan en automático. Que sacrifican tiempo, descanso, sueños, incluso amor, con tal de que todo siga en pie.

No lo hacen porque quieran ser mártires.

Lo hacen porque así las enseñaron.

Porque así lo exige una sociedad que
valora el rendimiento, pero no el bienestar.

Ser mujer, muchas veces, significa ser el pilar invisible. El que no se reconoce hasta que falla. El que no descansa porque “puede con todo”. El que no se permite caer porque no hay quién lo releve.

Pero hay algo que casi nunca se dice en voz alta: ser fuerte todo el tiempo también cansa.

Cansa sostener relaciones a medias, cansa explicar lo obvio, cansa justificar ausencias.

Cansa normalizar silencios que pesan más que las palabras.

Y aquí quiero decir algo importante, de mujer a mujer: ser resiliente no significa aguantar maltrato.

Ni el evidente, ni el que se disfraza de indiferencia, ni el que grita, ni el que desgasta poco a poco.

No estamos hechas para soportarlo todo.

Estamos hechas para vivir, para sentir, para amar… y también para descansar.

Si a veces parecemos frías, no es porque no sintamos.

Es porque nos acostumbramos a sobrevivir en una rutina que exige tanto, que ya no deja espacio para sentir sin culpa.

Dejeme relatarle a usted que me escucha y me lee, lo siguiente: por respeto, la llamaremos Clara.

Clara es una mujer como muchas, trabaja, resuelve, cumple.

No porque todo le resulte fácil, sino porque aprendió a no detenerse. Clara es de las que sostienen, de las que organizan, de las que siempre saben qué hacer cuando algo se desacomoda.

Durante mucho tiempo, Clara explicó lo que sentía. Pidió con palabras suaves.

Esperó respuestas que no llegaron.

Justificó silencios ajenos y minimizó los propios dolores.

Se dijo a sí misma que no era para tanto, que exagerar no servía de nada, que había que seguir.

Y siguió…

Con el tiempo, Clara dejó de explicar.

No porque ya no sintiera, sino porque se cansó de no ser escuchada. Dejó de insistir, dejó de pedir.

Aprendió a guardar lo que dolía en los espacios pequeños del día.

Desde fuera, Clara empezó a verse distinta, más seria, más callada y por supuesto más distante.

Algunos dijeron que se había vuelto fría.

Pero Clara no se volvió fría, solo se volvió cautelosa.

Aprendió que en un mundo donde todo corre tan rápido, detenerse a sentir incomoda. Que en un entorno donde importa más parecer bien que estar bien, las emociones sobran.

Y sin darse cuenta, empezó a vivir hacia afuera. A cumplir, a funcionar, a sonreír cuando tocaba y a seguir, siempre a seguir.

Como muchas mujeres.

Y es ahí donde esta historia deja de ser solo la de Clara y se vuelve la de muchas más. Porque no se trata solo de cansancio personal, sino de algo más grande: una sociedad que dejó de mirar al otro para mirarse solo a sí misma.

Una sociedad que no solo se endureció.

Una sociedad que se materializó.

La historia de Clara no es una excepción, es el reflejo de una época.

Vivimos en una sociedad que no solo se endureció con el paso del tiempo, sino que se materializó.

Una sociedad que empezó a medir el valor de las personas por lo que tienen, por lo que aparentan, por lo que proyectan, y no por lo que sienten.

Hoy estamos más atentos a la pantalla que a la mirada del otro. Más ocupados en documentar la vida que en vivirla.

Más preocupados por construir una imagen atractiva que por sostener vínculos reales.

Las redes sociales se convirtieron en escaparates de felicidad permanente.

Vidas bonitas, relaciones perfectas, sonrisas constantes. Pero fuera del encuadre, muchas historias se viven en silencio, con cansancio, con dudas, con una sensación profunda de no ser vistas.

Y en ese escenario, la empatía empezó a desaparecer.

Escuchar de verdad se volvió incómodo.

Acompañar sin juzgar se volvió raro.

Detenerse a entender al otro se volvió una pérdida de tiempo.

Así, poco a poco, dejamos de preguntar cómo está quien tenemos al lado.

Normalizamos el “estoy bien” automático y aprendimos a no profundizar, a no insistir, a no incomodar.

Muchas mujeres crecieron y viven dentro de esa lógica.

Una lógica que les exige fortaleza constante, eficiencia emocional y estabilidad permanente, pero que rara vez les ofrece un espacio seguro para mostrarse vulnerables.

Por eso, cuando una mujer deja de explicar, cuando deja de pedir, cuando deja de insistir, suele ser etiquetada como fría.

Pero no es frialdad.

Es agotamiento emocional.

Es el resultado de sostener conversaciones que nunca se dieron, de cargar con silencios que nunca se aclararon, de aprender que sentir demasiado no siempre es bien recibido.

Y aquí aparece una idea que duele, pero que es necesario decirla:

Pasar la página sin leerla no es madurez, es evasión.

Es negarse a mirar lo que dolió.

A escuchar lo que se quebró.

A hacerse cargo de lo que quedó pendiente en el corazón.

Muchas mujeres han escuchado frases como “ya pasó”, “no exageres”, “hay que seguir”, como si el dolor tuviera fecha de caducidad, como si sentir fuera un estorbo, como si entender lo que dolió fuera una pérdida de tiempo.

Y entonces la mujer sigue.

Funciona.

Sonríe.

Pero algo por dentro se queda en pausa.

No porque quiera quedarse ahí, sino porque nadie le enseñó que también se vale detenerse, nombrar lo que dolió y darse el tiempo de sanar.

El amor no debería sentirse como hartazgo constante, ni como ganas de esconderse bajo las cobijas para no sentir.

El amor, cuando es verdadero, abraza… no desgasta.

Esto no va de culpar a nadie.

Va de reconocer que vivimos en una sociedad que prioriza la apariencia sobre el vínculo, el tener sobre el ser, la prisa sobre la presencia.

Y en ese contexto, ser empáticos —hombres y mujeres— se vuelve casi un acto de resistencia.

Porque la empatía no luce.

No se presume.

Pero sostiene vidas.

Pero permitame decirle algo mas, sólo tenemos que darnos permiso de descansar y volver a elegirnos.

Después de sostener tanto, llega un punto en el que el cuerpo y el corazón piden algo distinto.

No más explicaciones.

No más pruebas de fortaleza.

No más aguantar por costumbre.

Y quiero decirlo claro, sin rodeos: también se vale descansar.

Se vale decir “no puedo”

Se vale decir “no quiero”

Se vale admitir que algo pesa.

Se vale tomar aire sin culpa.

Se vale cerrar los ojos un momento y dejar de responderle al mundo.

Durante mucho tiempo nos hicieron creer que descansar era rendirse. Que bajar el ritmo era fallar. Que pedir ayuda era debilidad. Y muchas mujeres crecieron con esa idea tatuada en la piel.

Pero no.

Descansar no es rendirse.

Descansar es escucharse.

Porque ser fuerte no debería significar estar cansada todo el tiempo.

Porque amar no debería doler como rutina.

Porque vivir no debería sentirse como sobrevivir.

Hay mujeres que siguen de pie incluso cuando por dentro están agotadas.

Mujeres que sostienen con dignidad, con amor, con responsabilidad… pero que olvidaron algo esencial: elegirse también es un acto de valentía.

Elegirse es decir basta a lo que lastima, aunque no deje marcas visibles.

Elegirse es no normalizar silencios que duelen.

Elegirse es entender que el respeto no se negocia y el amor no se mendiga.

Y no, esto no va de ser más fuerte que nadie.

No va de competir.

No va de banderas ni de discursos.

Va de humanidad.

Va de empatía.

Va de recordar —hombres y mujeres— que sentir no es un defecto, es una condición humana.

Quizá por eso hoy tantas mujeres parecen frías. No lo son.

Están cansadas de dar en un mundo que exige mucho y devuelve poco.

Están aprendiendo a protegerse.

Están despertando.

Y despertar duele.

Cansa.

Entristece.

Pero también libera.

Liberarse de la idea de que hay que aguantarlo todo.

Liberarse de la culpa por ponerse primero.

Liberarse del miedo a decepcionar cuando lo único que se está haciendo es cuidarse.

Porque al final, amar la vida no es tener más.

Es sentir mejor.

Es volver a mirarse con compasión.

Es recordar que la vida —con todo y sus grietas— sigue siendo lo único verdaderamente nuestro.

No lo que normalizamos

Tal vez el problema no es que las mujeres se cansen, el problema es todo lo que la sociedad ha normalizado.

Normalizamos relaciones sin presencia.

Normalizamos silencios que lastiman.

Normalizamos que una mujer tenga que explicar por qué está cansada.

Normalizamos que sentir sea visto como exceso y no como señal.

Hemos aprendido a llamar madurez a la evasión, fortaleza al aguante y estabilidad a la costumbre.

Y no.

Nada de eso es sinónimo de bienestar y mucho menos de felicidad.

Una sociedad que premia la apariencia sobre el vínculo, el rendimiento sobre el cuidado y la prisa sobre la escucha, termina produciendo personas desconectadas…

y mujeres exhaustas.

Esto no va de ideologías ni de bandos.

Va de algo más básico: la dignidad emocional.

De entender que nadie debería sentirse culpable por necesitar afecto.

Que nadie debería justificarse por pedir respeto.

Que nadie debería acostumbrarse a vivir a medias.

Quizá el verdadero cambio no empieza cuando gritamos más fuerte, sino cuando dejamos de aceptar lo que claramente nos lastima.

Cuando dejamos de normalizar el desgaste.

Cuando dejamos de romantizar el aguante.

Cuando entendemos que cuidar —al otro y a uno mismo— no es debilidad, es conciencia.

Y ahí, justo ahí, empieza otra forma de vivir.

Recuerden algo esencial: a la mujer no se le educa, se le ama, se le respeta y se le reconoce.

A ti que me escuchas y me lees por favor: quédate contigo, date permiso de bajar el ruido,de cerrar persianas, de escucharte sin culpa.

Mañana será otro día.

Y tú mereces un amor que lea la página completa, que no huya, que no minimice, que no evada.

Y si hoy el camino pesa, recuerda esto: no estás sola.

Gracias, Clara, por no rendirte, por sostener cuando parecía imposible
y por ser, sin saberlo, parte de esa red de apoyo que tantas mujeres necesitamos para seguir.

“Porque cuidar también es una forma de amar”.

Yasmin Flores 🤍

 

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