Por Valentín Varillas
La inminente designación de Eric Cotoñeto como nuevo titular del ICATEP, es un ejemplo muy claro del tradicional pago de facturas políticas y no del talento o la capacidad necesarias para ejercer un cargo público.
El clásico”90% de lealtad y 10% de capacidad” que estableció como máxima a seguir para los gobiernos de la 4T, el ex presidente López Obrador.
Hay que reconocer que el ex perredista se la jugó con todo por el proyecto del hoy gobernador Alejandro Armenta, en aquellos momentos complicados en donde había que definirse.
Y así lo hizo, con toda contundencia y sin medias tintas.
El problema es que, en los hechos, la integración de este personaje al gabinete estatal puede abrir un frente innecesario de rebeldía y torpeza política que puede llegar a restar mucho más de lo que pudiera sumar.
En el remoto caso que sumara algo
Así sucedió cuando Miguel Barbosa gobernaba.
Infectado por las apresuradas y poco realistas calenturas electorales, Cotoñeto quiso jugar al operador político y le salió el tiro por la culata.
Le vendió a Melitón Morales, un perfil francamente menor de aquel de por sí muy menor gabinete, que el podía ser el elegido en el proceso sucesorio y terminó defenestrándolo.
Cotoñeto metió a la lumbre al entonces titular de la SEP.

Fue la sirena que entonó el canto perverso que los llevó al exilio.
Obviaron una de las la reglas fundamentales de la política real: el que está en la silla, es el que lleva las riendas de su sucesión.
Le puede salir o no, pero jamás se le debe de brincar.
Y ambos se brincaron a Barbosa.
Empezaron a moverse por la libre.
A operar una agenda propia.
A utilizar una de las dependencias prioritarias del gobierno estatal para sacar un beneficio político personal.
Eventos oficiales en donde se entregaban materiales para la construcción y mejoramiento de escuelas que no eran reportados en la oficina principal de Casa Aguayo.
Actos públicos en donde en ocasiones ni siquiera se hacía referencia al jefe del ejecutivo estatal.
Se personalizaba todo a favor de Melitón.
Como si fuera su lana.
Como si los recursos salieran de su cartera.
Pecado mortal, si tomamos en cuenta los estrictos códigos; los usos y costumbres de la política real.
Cotoñeto se vendió como lo que no era ni nunca será: un talentoso poder tras el trono.
Juraba que Barbosa le debía la gubernatura.
Que tenía derecho de picaporte para acceder a su círculo más íntimo.
Que sus opiniones y puntos de vista no sólo eran tomados en cuenta para la definición y operación de todo tipo de estrategias en materia electoral, sino que eran seguidos al pie de la letra.
Y el “profe”, nada sofisticado en sus procesos cognitivos, cayó en la trampa.
Redondito.
No se dio cuenta de la enorme tomada de pelo de la que estaba siendo víctima y pagó las consecuencias.
Lo corrieron del gabinete y lo peor: se llevaron a cabo una serie de auditorías a su gestión, que rebelaron enormes corruptelas.
Cotoñeto el simulador, el mentiroso contumaz, el operador de ornato, ya busca a algún incauto con proyecto para el 2027 para venderle que lo llevará a lo más alto de la cima del poder.
A ver quién es el que cae.

