Por Alejandro Mondragón
Tres gobernadores poblanos soñaron con ser presidentes de México: Manuel Bartlett, Mario Marín y Rafael Moreno Valle.
La historia política cambió radicalmente, porque la arrogancia, el desdén ante las crisis locales, y los constantes viajes a la Ciudad de México para la grilla nacional, condujeron a Puebla al endeudamiento y valemadrismo.
Aunque Alejandro Armenta Mier ha dejado en claro que no tiene otra aspiración más que concluir su mandato como gobernador para retirarse de la política en 2030, extraña la aparición de encuestas -por encargo- que lo ponen como uno de los mandatarios mejor posiciones para suceder a Claudia Sheinbaum.
Al menos eso dicen los mensajes enviados a celulares con una encuesta de CE Research, donde ubican a Armenta en el top ten nacional. Sí, la misma que publicó en 2024 que los panistas Eduardo Rivera y Mario Riestra, gobernarían Puebla, estado y capital, respectivamente.
¿Cuántas veces Andrés Manuel López Obrador pidió darlo por muerto (políticamente hablando), después del 2006, en su primer intento por ser presidente?
Manuel Bartlett vino a gobernar Puebla para apantallar con su gabinete paralelo, megaproyectos y relaciones nacionales, a fin de encumbrarse en la puja por la presidencia del 2000.

Todo marchaba sobre ruedas hasta que en 1995 perdió la capital del estado y toda la zona metropolitana frente al PAN, así como la mitad de curules del Congreso del Estado.
El intocable Bartlett ya no lo fue, al grado de perder el control de su sucesión frente a Melquiades Morales Flores.
Mario Marín en sus primeros meses de gobernador era presentado como la imagen viva de la reencarnación de Don Benito Juárez.
Los suyos planeaban un periodo consecutivo de 24 años en el poder hasta que el escándalo de la periodista Lydia Cacho con Kamel Nacif convirtió el sueño en pesadilla.
Rafael Moreno Valle desde el primer día de gestión marcó su ruta: todo peso invertido en Puebla tiene que traducirse en votos.
Se lanzó a la cruzada nacional por la presidencia en 2018 con recursos, alianzas partidistas, acuerdos con empresarios y políticos del momento. Hasta operó a favor de Enrique Peña Nieto al interior del PAN.
Se atravesó el caso Chalchihuapan, luego el negocio del huachicol, y su arrogancia vestida de intolerancia en el PAN para imponer candidatos, traicionar acuerdos y creer que Ricardo Anaya sería su títere en Acción Nacional, lo llevaron a sólo poder negociar la candidatura de su esposa a la gubernatura y él quedarse como senador plurinominal. Ambos terminaron muertos.
En esas tres etapas, Puebla quedó a la deriva. Todo el dinero se usaba para la imagen de quienes soñaron con ser reyes.
Esa trilogía fílmica del poder ya la vimos en Puebla.
Sabemos en qué acabó: un mandatario apestado; uno encarcelado; y el otro, muerto.

