Por Alejandro Mondragón
Desde que Manuel Bartlett y su PRI perdieron las elecciones intermedias en la capital y zona metropolitana en 1995, la atención política en el municipio es clave para el gobernador en turno.
Ya con Mariano Piña Olaya había señales que perder la ciudad de Puebla era el peor referéndum para el mandatario. No hay que olvidar el monumental fraude electoral que se hizo para que ganara Jorge Murad en 1983.
Gabriel Hinojosa y el PAN demostraron al poderoso Bartlett y creador del Megaproyecto Angelópolis que los poblanos cifran su estado de ánimo electoral en dos temas: la seguridad y el bolsillo, no en las magnas obras. Le arrebataron la capital y jubilaron a Germán Sierra.
Melquiades Morales también perdió la capital con Carlos Alberto Julián y Nácer ante Luis Paredes. Ahí falleció su segundo delfín (el primero, Rafael Cañedo, había muerto) y, por ende, no pudo manejar la sucesión por Casa Puebla.

Mario Marín Torres retuvo la alcaldía, pero con un personaje muy ajeno a su grupo: Blanca Alcalá Ruiz, quien se convirtió en la primera alcaldesa de la historia de la capital.
Moreno Valle impuso a Antonio Gali como edil, a costa de la ruptura de su grupo con el nuevo alcalde. El equipo compacto se la cobró más tarde con el tema de la minigubernatura.
Luis Miguel Barbosa perdió la capital con la reelección de su enemiga política Claudia Rivera Vivanco, cuya gestión fue todo un desastre en todos los sentidos.
La intervención del gobierno de Armenta en temas claves en la capital, como el bacheo, seguridad y Cablebús, ahora demuestran, como en el pasado, que éstas se capitalizan a favor del edil en turno, aunque no guste.
En el pasado existe cada anécdota política de gritos y sombrerazos de gobernadores con ediles, que ya iré compartiendo.


