Por Valentín Varillas
El único de los Riestra que no quería a Rafael Moreno Valle al momento de su muerte era Mario.
Jamás le perdonó el no haberlo nombrado alcalde interino cuando Tony Gali pidió licencia para competir por la gubernatura.
Se rebeló a los deseos del tlatoani, algo imperdonable en términos de los estrictos protocolos de disciplina que imponía el morenovallismo.
Abrió un frente innecesario al interior de la comuna, lo que afectó el clima de estabilidad y unión que se buscaba para que Luis Banck llegara en las mejores condiciones.
Es más, llegó a amenazar con romper con el grupo y el partido y buscar otros horizontes políticos en el Verde Ecologista.
Imagínese.
Después del fatídico accidente del día de Nochebuena del 2018, Mario siguió enojado.

En medios nacionales no tuvo empacho en calificar a RMV como un autoritario-antidemócrata, obsesionado con la acumulación de poder.
Una especie de narcisista empeñado en ejercerlo por los siglos de los siglos.
La molestia persiste, aunque jamás se reconocerá en público.
Es más, Riestra, como dirigente estatal del PAN poblano tuvo que cumplir con la obligación de asistir a la ceremonia religiosa conmemorativa a la muerte del ex gobernador y llenarlo de elogios ante los medios de comunicación que cubrieron el evento.
Ni hablar,
La institucionalidad antes de la congruencia.
La verdad es que Rafael nunca se equivocó en sus enroques.
Conocía de sobra a los suyos y sabía quiénes tenían espolones y quiénes no.
Por desgracia, ya no le tocó ver el papelazo que Mario hizo en las urnas en el 2024 cuando buscó la alcaldía de la capital y comprobar que, como ya se sabía, siempre tuvo la razón al no apoyarlo en sus calenturas políticas.

