23-04-2021 08:45:00 AM

Yo, el supremo

Por Valentín Varillas

 

Cuando un gobernante fustiga a sus adversarios o bien, en el caso del presidente López Obrador, a quienes ha etiquetado unilateralmente como sus “enemigos”, por ir en contra de sus deseos, amparándose en el estado derecho, hay razones suficientes y justificadas para preocuparse.

Y mucho.

Con este argumento, hecho público en una de sus mañaneras, ha dejado claro que, en esta muy arraigada obsesión por imponer su personalísima voluntad, esta dispuesto a todo, inclusive a arrasar con la ley: la base del contrato social.

La decisión de un grupo de jueces de dar trámite a una serie de amparos en contra de la reforma energética, de plano lo desquició, a tal grado de que se atreve a renegar públicamente de este principio básico de orden al que todos, principalmente él como jefe del ejecutivo federal, estamos sujetos y obligados.

Es obvio que la silla, como a todos sus antecesores comienza a tener efectos negativos en su actuar.

El trono ha empezado a cegarlo y a obnubilar el más común de los sentidos.

También le ha generado un especial tipo de amnesia.

Muy selectiva por cierto, pero de la que también se infectaron quienes años atrás estuvieron en donde él ahora está.

Esa que tiene como consecuencia que se olviden de aquel romántico juramento que hicieron al llegar al cargo.

Uno que, de tanto escucharlo, parece un aburrido lugar común, pero que encierra una añeja y no lograda aspiración como país: que efectivamente, quien llegue a la presidencia, cumpla y haga cumplir lo que marca la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Nada más, pero nada menos.

Con todo lo que esto implica.

Y ahí está, precisamente, la esencia de ese estado de derecho que tanto le incomoda a López Obrador.

Demencial ¿no cree?

Sobre todo en estos tiempos, los del supuesto cambio; en donde ni por error se cometerían los mismos excesos de otros tiempos.

El principal, por cierto: el de buscar el poder absoluto, sin obstáculos ni contrapesos, tal y como se hacía en el régimen de partido único.

Del priismo autoritario.

De lo que en teoría repudiamos en las urnas y logramos desechar aquel primer domingo de julio del 2018.

No, esto no se parece nada a lo que parecía en el papel.

Ni de cerca.

El México actual luce como un interminable y oscuro dèjá vu, que nos remite y nos hace revivir una y otra vez el pasado, mostrándonos a la vez una muy preocupante cara de lo que puede depararnos el futuro.

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