10-07-2020 07:13:21 AM

Polarizar desde la investidura

Por Valentín Varillas

 

Donald Trump vive hoy sus horas más oscuras.

Su discurso de fractura, división y rompimiento social, hoy le cobra la factura.

Un impresionante efecto boomerang.

El asesinato de George Floyd, a manos de policías de Minneapolis, es la gota que derrama el vaso del hartazgo social a los constantes abusos cometidos desde distintas instituciones e instancias públicas, en contra de minorías.

La tolerancia y en ocasiones el fomento implícito a estas acciones, desde la misma Casa Blanca, son un detonante claro de este ambiente hostil y las consecuentes agresiones.

Desde el inicio de su administración, el señor Trump no tuvo empacho en fomentar el odio racial y etiquetar a “buenos” y “malos” en función de sus características étnicas.

Un auténtico suicidio cuando se trata de la retórica oficial.

Y es que, sin duda, la investidura pesa y mucho, al momento de decir y hacer.

Aquí no caben, ni deben caber, las opiniones personales.

Existe una muy delgada línea que separa lo que un individuo piensa y una política institucional.

Por eso, con Trump, se reavivaron con particular intensidad los ataques sistemáticos en contra de minorías raciales.

Población de color, mujeres, hombres y niños con rasgos árabes o hispanos, han sido víctimas por igual.

El primer foco rojo se prendió cuando estudiantes de diferentes niveles académicos fueron atacados por sus compañeros y hostigados por algunos profesores.

Un esquema similar se replicó en distintos centros de trabajo.

En el caso de los hispanos, el clímax se dio con el tiroteo en un Walmart de El Paso, Texas, a principios de agosto del 2019.

El acto terrorista fue llevado  acabo por un joven, autodenominado como un “supremacista blanco”.

Información de seguridad del gobierno de los Estados Unidos, estableció que se trató de un ataque deliberado en contra de mexicanos y descendientes de mexicanos, al ser esta tienda un punto de concentración masiva de personas con características físicas específicas a esta minoría.

22 muertos y 24 heridos, fue el saldo total de este atentado.

Por todo esto, no extraña que algunos extremistas insertados en la fuerzas del orden de varios estados de ese país, interpreten el racismo y la discriminación como política de estado y actúen en consecuencia.

Que esta terrible realidad, nos sirva como espejo.

Aquí también, el fomento a la división y a la fractura, han estado presentes en el discurso público.

La retórica de López Obrador ha estado y sigue estando plagada de etiquetas.

A través de la diferenciación de quienes le aplauden, de quienes critican y cuestionan las acciones de su gobierno, el jefe del ejecutivo federal determina quiénes son los “buenos” y quienes los “malos” en estos tiempos de cambio en México.

Así, son señalados con dedo flamígero a los “amigos”, pero sobre todo a los enemigos del país.

Fifís, conservadores, señoritingos, derechistas, golpistas y demás, han sido parte de los epítetos que el presidente les ha endilgado a quienes se atreven a disentir y que son repetidos con espantosa frecuencia y radicalismo por sus feligreses, sobre todo en las redes sociales.

Preocupante el fomento a una mayor división, en una sociedad y de por sí muy dividida a partir del proceso electoral del 2018.

El presidente de cualquier país, el líder o la lideresa de cualquier nación, tienen como responsabilidad el generar condiciones de unidad y buena convivencia entre sus gobernados.

Sobre todo en tiempos difíciles como los actuales.

Que sirvan las acciones de Trump como ejemplo de lo que nunca, jamás, desde el servicio público y el poder político se debe de hacer.

Aquí, en México, creo que estamos todavía muy a tiempo.

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